8
Una hora antes del amanecer, el doctor Petrov subió al coche y marchó a casa de su paciente temiendo encontrar una tragedia.
Golpeó varias veces, pero nadie contestó a pesar de la luz encendida y la radio a todo volumen. Al recorrer el exterior de la casa, advirtió la salida trasera.
El médico estaba habituado a visitar mundos paralelos y tenía el instinto ejercitado para percibir lo que era invisible a los demás. Ahora vio el fantasma de Nikolai caminando hacia el río. Transportaba la esfera en el bolso y en la otra mano una maleta con ropas y algunos alimentos.
— Me agrada saber que toma en serio la atención de sus pacientes.
No había escuchado llegar al detective
— Soy médico y cumplo con mi deber, detective Sanchís.
— Doctor Petrov, usted sabe que soy un admirador suyo, pero en este momento estoy en mi trabajo y debo preguntarle qué tiene que decir a la policía sobre Nikolai Sokolov y su esposa
— Debe saber que hay una ley que protege el secreto profesional. Yo también busco a Nikolai y a Yelizaveta. Estoy tan desorientado como usted Esperaba encontrarlo en su casa, pero está vacía.
— Doctor, es evidente que Sokolov se marchó por la puerta trasera. Reconozco que logró burlar nuestra vigilancia.
— ¿Y por qué lo vigilan, detective? ¿De qué lo acusan?
— A él no. A su esposa. Es pública la noticia que la vincula al crimen del comisario Carrasco.
— Si la veo le diré que se presente. No tengo dudas que la señora Sokolov cumplirá con la ley. Si me disculpan, me esperan mis pájaros y mis plantas. Debo alimentarlos…
Bajo la mirada inquisidora de los policías, el médico subió al coche y volvió a su casa. Allí buscó las varas de radiestesia.
— Deben estar listas muchachas — susurró — Buscarán aquello que aparezca en mi mente.
Las varas contestaron con un canto entusiasta de afirmación.
Mientras conducía hacia el río, Petrov rogaba que no fuera tarde. Tenía como norma respetar la iniciativa de sus pacientes, pero en este caso el peligro de muerte era seguro.
Llegó al puente que se extendía al oeste de la ribera. Calzado con gruesas botas, seguiría a pie por la orilla cubierta de barro y arena. Las varas de radiestesia detectarían a Yelizaveta y Nikolai, en quienes Petrov no dejaba de pensar.
El sol ascendía cuando llegó al extremo este, donde el muelle con forma de dragón penetraba en las aguas. La marea alta dejaba ver tan sólo la cabeza del ofidio orientada al sur. Las varas estaban atentas. De vez en cuando vibraban, procurando descubrir los contenidos del pensamiento de Petrov.
— Niñas, tienen que ayudarme.
El médico las dirigió sin resultados al norte y al oeste. En dirección al sur, cantaron jubilosas.
Petrov entró a las aguas. El horizonte se llenaba de nubes amarillas, rojas y de un azul profundo. Las varas en sus manos parecieron sollozar. De pronto hicieron silencio.
El médico creyó escuchar un ronroneo y en un momento el río trajo a sus pies el par de esferas. Una era rosada y la otra de un gris pardo. Petrov las observó atentamente: los rayos azules vibraban en las superficies, como el ronroneo de un gato; como si dialogaran.
Las tomó con cuidado, salió del río y caminó hacia su coche, mientras el sol subía en el horizonte.
Ricardo Iribarren
Registro Nacional de Derechos de Autor Nº 10-199-335. Fecha 01-Dic-2008
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