La primera vez fue en una fiesta de julio de 1920, André y Ezra ya estaban borrachos, pero James, sobrio y temeroso de tanta gente ruidosa, se apartó al rincón de los libros, mientras los anfitriones se desgastaban con las bromas y el alcohol. Las manos pálidas toqueteaban, casi sin mirarlos, volúmenes de poesía francesa: Valéry, Éluard, el propio André… Joyce sentía el traqueteo de los alejandrinos mezclado en su cabeza con el deambular prefigurado de Stephen, pequeño dios en su exilio de una playa dublinesa. Y de pronto, Sylvia, irrumpiendo en la esquina silenciosa, allanando el espacio entre la fiesta y la contemplación.
Hablaron muy poco. Apenas la mutua presentación, el elogio a él y ella dejando caer el nombre de su librería (entre otras cosas): Shakespeare & Company. Después, de un rojo encarnado, volvieron a fluir el chianti y el borgoña en la garganta de James.
*** *** ***
La última vez antes de decidirse, Sylvia se reponía de un reciente sablazo de James. Francos y más francos que apuntaba en una libreta, aun sabiendo que no iba a revisarla, bajo una doble jota, JJ. Joyce remoloneaba entre los títulos nuevos que llegaban, perdido en un párrafo de This Side of Paradise de Fitzgerald. James arrastraba su vida de zapatos gastados y un gabán con manchas (para preservar impoluta la chaqueta añil) entre los anaqueles manoseados de Shakespeare & Company. El único rayo de sol de esa hora, filtrado por las letras de los cristales de la librería, se posaba en las lupas que hacían de lentes para el autor de Dubliners.
Sylvia Beach se decidió. Harta de ser la playa parisina de James, pensó que más le valía dedicarle un tiempo, si no una vida, a aquel mamotreto de mil páginas manuscritas que se apilaba contra un póster de Picabia. Después de muchos cafés, de innumerables copas, de conversaciones que acababan casi siempre en otro sablazo, ya era hora.
—James, ya sé cuando va a ser un libro tu Ulysses, quizá en febrero. Qué mejor cumpleaños.
Joyce abandonó sin cuidado alguno el Homenaje a Sexto Propercio de Ezra, I ask a wreath which will not crush my head, y se bañó nuevamente en los ojos de la atenta Sylvia. Solo dijo una sonrisa leve, como un gusanillo que brillara bajo los puntos de su bigote.
—Y se vestirá de azul vinoso, como las aguas del Egeo.
Y James, hasta que, más feliz que nunca, salió de la librería no pudo apartar ni un momento de su mente la apostilla. Y como las bragas de Nausica.
James Joyce (1882-1941) es quien se inventa, allá por 1922 (en los instantes que rememora esta troquelación), la nueva forma de contarnos que es su Ulises. Hubo de sentirse desvencijado y desamparado, en aquel París de jóvenes que se revolucionaban cada día, para dejarnos una epopeya del no ser siendo, del transcurrir apenas. Eso que nos acercan Stephen, Leopold y Molly, y antes personajes tan desastrados como la señora Emily Sinico en el doloroso caso de Dublineses, sigue siendo hoy nuestra esencia. El narrador omnisciente del siglo XIX, titiritero de sus personajes, es para Joyce lo que Dios para Nietzsche: ha muerto.
Además de sus artefactos novelescos (Ulises con sus precuelas y secuelas y la chistosa Finnegans Wake), de sus demoledores cuentos y de su aportación a un teatro (Exiliados) cuya ambigüedad que quien sabe si adelanta la de su secretario Beckett, no perdió jamás el humor al titular como Chamber Music un bello libro de poemas, lo que nos proyecta sobre la terminología musical, pero también (chamber pot) sobre la especial sonoridad de las escupideras.
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