Nada escapaba a su aguileña vista. Divisó, desde su ubicación en las alturas, un corrillo de jovencitas que molestaban a una preciosa pelirroja que no quería problemas con aquellas chicas. La vio tan perdida que se apiadó de ella, descendió desde las alturas y espantó al grupo de señoritas, que corrieron asustadas por el bravo joven lobo, que con tan solo mostrar su dentadura las hizo huir despavoridas.
—¿Estás bien? —dijo el joven lobo.
—Sí, gracias. No quería problemas con ellas —dijo ella, todavía sobrecogida por el imponente porte del joven lobo.
—Puedo acompañarte, este no es un buen barrio al anochecer —se ofreció el joven licántropo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó ella, quizás inquieta por curiosidad.
—Adelante, pregunta —respondió él.
—¿De dónde has salido?
—De las alturas. Tengo una base en las nubes donde me sitúo para vigilar.
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