lunes, agosto 31 2026

Las múltiples vidas del héroe trágico. Séptimo volumen by Nacho Valdés

Nadie hubiese podido vaticinar el punto presente. Como mucho, y como sucede en la mayoría de ocasiones, se esperaba un lento declive conducente a la anomía y la indiferencia para, por último, ofrecer un último estertor vinculado a la desaparición. El pneuma abandonaría el cuerpo, al menos en su dimensión política, y la vida seguiría discurriendo sin mayores reparos ante una pérdida hace tiempo amortizada. No obstante, y como es el caso singular de los héroes trágicos, la caída debe darse de manera escandalosa y terrible. No caben medias tintas para el individuo singular enfrentado a las moiras, pues, convencido como está de sus capacidades, obvia el hecho irrebatible de que solo los inmortales son capaces de batir al destino con el que somos señalados. Ahora bien, las grandes gestas, destinadas a unos pocos, dado que el resto de los mortales nos contentamos con un tránsito menos aparatoso por la existencia, también van acompañadas de espantosos problemas pavimentados sobre la desgracia contemplada por el resto de humanos anodinos. Aquí encontramos el consuelo brindado por la posibilidad de la rebelión frente a nuestra naturaleza efímera que, sin embargo, termina por manifestarse de la peor de las maneras posibles.

Son innumerables los ejemplos ofrecidos por el cosmos griego en el que los lestrigones, las sirenas, el minotauro, las quimeras o las gorgonas son batidas por el brazo del héroe trágico armado con el bronce. Los seres fantásticos, pergeñados por la mente divina, se erigen como obstáculos inverosímiles que, sin embargo, los individuos singulares son capaces de superar para situar al humano en lo más alto de la jerarquía existencial. Por un momento, que más bien parece una eternidad, pues nuestros anhelos fecundan nuestra imaginación, nos dejamos llevar sobre los relatos maravillosos de victorias inverosímiles. El propio héroe trágico no repara en lo pírrico de la gloria alcanzada y no se prepara para los vaivenes venideros. Baja la guardia, se envanece y comete los pecados de la distracción y la soberbia por entender que no hay nada más alto a superar. Se confía, pues, ufano en su triunfo y olvida la inmisericorde sentencia: eres una simple mortal. Las moiras, no obstante, siguen con su trama y urden y entrelazan los hilos del destino con la seguridad de quien se sabe con la última palabra. El humano, sin embargo, no termina de vislumbrar el futuro y se mantiene impertérrito en la que entiende es una situación ventajosa. Aquí, por supuesto, es donde se va fraguando, en el crisol de nuestras limitaciones, el desastre final. Desconocemos el momento justo, pero queda clara la imposibilidad de esquivar la desdicha que terminará por situar todo en el lugar que realmente le corresponde.

Los inmortales, aunque cargados por la suficiencia y la impaciencia, saben esperar su momento debido a que juegan en el tiempo eterno. Cuando comprueban disgustados que ni las harpías o, ni tan siquiera, Escila y Caribdis son capaces de doblegar la potencia humana entienden que la peor de las venganzas llegará de la propia condición humana. No hay más que esperar, dejar pasar el tiempo para consumar el triste sino ofrecido como única salida a la mundanidad. Con todo, no es cuestión de vender todo a la lenta e irremisible temporalidad. El héroe trágico, como es bien sabido, necesita de un severo correctivo para servir de escarmiento al resto de individuos tentados por la posibilidad de erigirse contra su propia naturaleza. Los ejemplos son múltiples, pero, a pesar de los Edipos, Ulises, Aquiles, Antígonas o Heracles, insiste en su propia perdición para así consumar su periplo vital de la peor de las maneras posibles dado que la caída siempre resulta horrenda.

El enemigo más poderoso se encuentra en el interior del héroe trágico. Los seres mitológicos, dispuestos a despedazarle, resultan risibles frente al verdadero problema al que se enfrenta: la propia perversidad humana. Son, de esta manera, las debilidades del protagonista las que le sentencian y le conducen al aciago fin. La autocomplacencia y el exceso de confianza, la traición derivada de la egomanía cultivada desde el éxito, abren la puerta a compañeros de andanzas poco aconsejables. El personaje se deja arrastrar por la adulación y baja la guardia, no termina de comprender el peligro encerrado bajo la apariencia de banalidad y confunde lo anodino con la imposibilidad de hacerle daño. Sin embargo, los dioses se mantienen agazapados y las moiras terminan de componer la urdimbre que acabará con la aventura de manera precipitada. Cuando nadie esperaba un cambio de dirección se produce el giro que deja boquiabierto al espectador de la tragedia, aunque satisfecho gracias a la catarsis que le recuerda lo insignificante de su existencia. Toda una garantía para evitar las profundas complicaciones enfrentadas por el humano singular.

En nuestro caso concreto, el héroe trágico ha sido marcado por la corrupción de los allegados. Después de vencer complicaciones inauditas da la apariencia de que el entorno de aspecto sólido no era más que un territorio inestable abonado a la calamidad. Es pronto para aventurar el fin de sus andanzas, pues nos tiene acostumbrados a movimientos realmente osados que culminan en una salida inesperada. No obstante, este caso se ofrece con una apariencia definitiva debido a que la descomposición contra la que comenzó su andadura presidencial, de la mano de una moción de censura, se ha instalado en sus propias filas. Después de derrotar a fuerzas poderosas parece que su impericia, al menos para rodearse de colaboradores, va a ser la culpable de su conclusión. Veremos si esto es así o si, por el contrario, y como ha venido sucediendo, los acontecimientos vuelven a girar para esquivar a las imperturbables moiras.


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