La distancia alude a lo lejano en el espacio o el tiempo; alguien o algo lejos en el planeta, o un momento ocurrido en la lejanía de décadas, siglos, milenios. Pero hay otra forma de lo lejano, que no necesita una escala espacial o temporal: la distancia entre las personas o los animales con los que cohabitamos en la cercanía.
Puedes respirar junto a otro ser, intimar por el contacto de la piel; intercambiar bienes o palabras, compartir miradas o recorridos, ascensos por escaleras o montañas, rutas o caminos de brumas y recuerdos; y, sin embargo, la sensación de distancia nunca desaparece. Al fin de cuentas, como pensaba Jakob Johann von Uexküll, cada uno vive en su propio «mundo circundante».
El alejamiento activo entre los seres humanos. Y los animales. La distancia intersubjetiva o inter-especie. Levinas insistió en el rostro como epifanía ética de la singularidad e infinitud del Otro: una respuesta a ese rostro es la compasión a su especial vulnerabilidad sufriente. Pero la otredad del Otro o la Otra es distancia infranqueable. El amor genuino construye algún modo aceptable de reducir esa sensación, pero sin nunca suprimirla.
La distancia inter-especie es vívida cuando abrazamos al perro, al gato, al caballo, al tigre, al lince o guepardo amansados en una confianza cotidiana. Pero esto no suprime la radical lejanía. Lo que percibe e intuye el animal es enigma indescifrable.
La distancia nace también de una previa sensación de proximidad. Al perderse ese estado puedes hablar de un «estamos distanciados». Pero la distancia no es solo perder intimidad o familiaridad; es, asimismo, una forma de la separación respecto a lo que nunca se percibió como cercanía o unidad. Somos y estamos dentro del mundo físico dado como naturaleza; sin embargo, ¿no nos percibimos solo como sujetos separados, es decir distanciados, de la roca de cuarzo en las manos del río, o de la pasión estallada del sol que, de continuo, regala vida?
Entonces, la distancia, es primero disonancia que cruje al nunca ver los ojos del semejante, al no sospechar la intuición de la vida del animal, y al no darse cuenta de que todo en el planeta Tierra es parte del rizoma. Esa especial planta que se ramifica desde el corazón de la galaxia.
Esteban Ierardo

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