Carta 16: Umberto Eco by Félix Molina

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Como llevaba casi diez años confundido con aquella argamasa celestial, tardó su tiempo —él que se pensaba rápido de entendederas— en interpretar la misiva. Lo citaba a distancia más dos de su ámbito. Así funcionaba la cosa en el lugar.

Se pertrechó (extrañado de disponer aún de todo ello) de lo mínimo necesario en su utilitario: un bocadillo, un mapa —que de nada iba a servirle—, una petaca de whisky (al que había retornado otra vez) y un puro apagado que llevaba siempre muy cerca, para quitarse del tabaco, incluso allí. Recorrió unas cuantas verstas (le gustaba llamar así a los kilómetros) escuchando solo la música del motor. Luego se aprovechó de una pendiente y el punto muerto del vehículo y, mientras descendía, divisó con amplitud el hito: la colina, y encima el castillo. Y dentro la biblioteca.

Más de mil metros cuadrados de vestíbulo, con un pasillo de cerca de un kilómetro que llevaba a las puertas. Era hermoso ver oscilar la llama de las antorchas, que flanqueaban el camino mohoso a cada momento. Le sorprendió el alabastro de las jambas, con motivos de sus novelas: la enorme bola del péndulo famoso, los legajos de El Cementerio de Praga, los harapientos hábitos franciscanos… Entretenido, ensimismado casi en su urdimbre, no advirtió su rotunda soledad. Nadie más que él en todo ese espacio, aunque ya se había topado, desde su llegada, con conocidos (editores, otros novelistas, amigos incluso) que le reprochaban su ateísmo:

— Anche se pensavi di essere ateo, sei qui, caro Umberto…

Llevaba muy mal esa contradicción, pero ahora la soledad sin tacha parecía ingresarle en un paraíso distinto, donde el sarcasmo jamás pasaba de ironía. Tembló ante él la puerta, con una musiquilla como de pasar de hojas, tenues hojas de papel de biblia.

Le esperaban. El primero en estrecharle la mano fue Jorge Luis Borges. Luego llegaron Calvino, Conan Doyle… Hasta Guillermo de Ockham. La galería parecía infinita, toda llena de manos, de dulces elogios, de libros que dejaban ver los orillos de sus lomos por encima de las testas.

Era la medianoche del 19 de febrero de 2026, habían pasado ya diez años del suceso terreno de su muerte y, sí, ahora sí, incluso en el Cielo podía recibir un homenaje.

 

Umberto Eco (1932-2016) es el fabulador que da vida con sus novelas a la inteligencia y la cultura europeas. Sus mundos son una excusa para plantarnos ante los ojos las eternas discusiones filosóficas de la vieja o la nueva Europa, ya tomen el cariz de una historia detectivesca (El nombre de la rosa), esotérica (El péndulo de Foucault) o política (El cementerio de Praga). Su estilo discursivo, filosófico casi, no impide un bello disfrute de todo lo que narra, apresando ambientes (el Medievo, el siglo XIX) donde somos siempre protagonistas, no meros espectadores. Sí, es cierto: impidió cualquier tipo de homenaje antes de que transcurriera una década. Incluso en el Cielo.

 


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