ʻōʻō de Kauaʻi u ʻōʻōʻāʻā by Anabel García

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¿Uno es consciente cuando se es el último?

Tal vez se nota una presión en el pecho, en las sienes, llega un presentimiento incómodo o puede que sepa mal la comida de esa mañana.

También cabe la posibilidad de que no se perciba nada de nada. Uno se levanta con el terror de la ignorancia, la ingenuidad de un nuevo día y se actúa como siempre. El vestirse, el salir a la calle, el ruido de los pájaros, ese vivirse lleno de inconsciencia hasta que te llega la hora, el último de los últimos y simplemente te esfumas. Extinción. Un libro de más de mil páginas en caída libre hasta chocar con contundencia ¡PUM! Para ser luego…Nada.

En tu caso diría que te despertaste temprano, con el remoloneo habitual de los primeros instantes, hasta que el sol dio de lleno sobre la mesa que ya nunca usas. Con los buenos hábitos aprendidos ejecutas el ritual ante el espejo, una ducha rápida, la barbilla bien rasurada, el desayuno en una bolsa para disfrutarlo al atravesar el parque.

Saliste de casa con los cascos a tope, y el paso tranquilo te llevó al taller. Como lo tenías cerca te permitiste tomártelo con tranquilidad, el tiempo que usaste para ordenar las tareas que tenías que hacer, primero el coche de tal, luego revisar los frenos de cual, y de paso pensar en una película para ver luego, esa misma tarde. Estabas tan ensimismado que no fuiste consciente de que no te cruzaste con nadie. Más raro aún, llegaste el primero, y el último, como luego comprobarías. Menos mal que tenías una copia de la llave para entrar por el lateral del taller, y encendiste las luces, y pusiste en marcha el ordenador de la administrativa, porque te gusta hacerte el majo, y ver por adelantado si había reservas de clientes de última hora. Pusiste en funcionamiento la cafetera, para luego compartirlo, bien calentito, con los compañeros.

Con el mono de trabajo puesto te pusiste manos a la obra, no sólo cambiaste el aceite de tal, el asunto de los frenos de cual al final fue poca cosa y seguiste con las ruedas nuevas que habían llegado el día anterior para el 4×4 del pijo.

Nadie llamó por teléfono. Nadie se personó en el taller y de tan concentrado se te pasó la hora de descanso y entre unas bujías y unos limpias acumulados en el suelo, comprobaste la hora, y tuviste que comprobarlo varias veces porque no te lo pudiste creer. ¿Ya las dos de la tarde? ¿Y sin nadie? ¿Sin llamadas ni quejas? ¿Dónde estaban los compañeros? ¿Y el metomentodo de Enrique? Fuiste corriendo al teléfono, llamaste a los pocos números que tenías memorizados antes de tirar de agenda. Y nada, mejor dicho, nadie. Nadie contestó. Nadie devolvería la llamada ¿Todos los teléfonos estaban como aquellos árboles, cayendo sin público que los oyeran y confirmarán su derrumbé?

Debe ser lo mismo a cuando se es el primero, o ni siquiera, entonces, se puede decir eso, porque aún se es una prueba, un ensayo de la selección natural que te deja probar el «y si…» para ver si la cosa cuaja y tira para adelante.

 No sé qué decirte más que en 1987 se grabó por última vez el canto del ʻōʻō de Kauaʻi u ʻōʻōʻāʻā en una isla de Hawai.  ¿Su trino fue lastimero? ¿Absurdo? Se sabe que llamaba a una hembra, lanzaba un «hola, estoy aquí» y que no obtuvo respuesta de otro.  ¿Supo, de alguna manera, que era el último? ¿Insistió mucho? ¿Hubo pena, resignación, esperanza? ¿Se murió sin más, sin darse más cuenta de su soledad?

No lo sé. Tal vez eso es lo que me pasa, que te he inventado para que le pase a otro, y no a mí, y que este hilo de pensamientos fluye, canta, como el ʻōʻō de Kauaʻi u ʻōʻōʻāʻā, para que nadie lo escuche por mucho que sea en voz alta.


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