En mi barrio en los 60-70 había muchos niños, de distintas edades y la misma condición, todos éramos pobres, hijos de trabajadores y amas de casa. La infancia siempre tiene la facultad de empastar anhelos, o maltratar a los congéneres haciendo mofa de sus defectos físicos o diferencias intelectuales.
Eran tiempos en que no se hablaba de política abiertamente, debido al miedo de las repercusiones que pudiera tener la opinión, vivíamos en plena dictadura franquista, en un barrio de casas tan pequeñas como diminutos eran los sueldos de sus habitantes, el barrio empezaba en una explanada dominada por un monolito de granito, dedicado a la Obra Sindical del Hogar y coronado por el yugo y las flechas.
Las personas con capacidades diferentes eran relegadas a juegos auxiliares, o eran las últimas que eran pedidas para algún equipo en cualquier otro entretenimiento que fuera competitivo. Así ocurría con Vicente, era algo mayor que el resto pero uno más entre los pequeños, tenía una peculiaridad que nos llevó a ponerle un mote; Vicente Moquitos de Oro, no hacen falta explicaciones.
Era un adolescente que vivía en una casa de 36 metros cuadrados, como todos, con sus padres y tres hermanos y cuya labor en ella, era encargarse de cortar la leña para alimentar la cocina, fue una de las últimas casas en quitar esa cocina, yo no la recuerdo en mi casa que era idéntica a la suya.
Bueno a lo que vamos, él bajaba con un hacha y la leña que traía de no sé dónde, la cortaba en la puerta de su casa ante la mirada absorta de la chiquillería del lugar. La inconsciencia infantil nos llevaba a provocar a Vicente mientras sostenía la herramienta con una soltura digna de un leñador de Oregón.
Entonces no teníamos móviles, ni tabletas, ni ningún artilugio diabólico con qué entretenernos, nos teníamos unos a otros para jugar al rescate, el escondite, el bote bolero, el balón prisionero, etc., y por supuesto a Vicente que nos deleitaba con sus enfados cada vez que desde lejos le gritábamos ¡saque “usté” el pañuelo señor presidente!
Él sacaba un pañuelo usado varios días y salíamos todos corriendo, mientras blandía el hacha y corría hacia la pandilla de descerebrados infantiles en los que nos convertíamos cuando decidíamos que era el mejor juguete del momento.
En esos tiempos no había leyes que protegieran a los más desfavorecidos, ni a las personas diferentes, era un poco el sálvese quien pueda y detrás del último no va nadie, por lo tanto Vicente y sus iguales, eran utilizados como muñecos de pim pam pum en los juegos infantiles.
No había nada políticamente incorrecto porque no había que corregir nada, salvo si eras de izquierdas o ponías en duda el Régimen franquista, pero nosotros éramos aún niños y niñas que jugábamos y copiábamos lo que veíamos hacer a los mayores y de Vicente se mofaba todo el mundo, pero le quería todo el mundo, todavía vivía su madre claro.
Pasados los años, ya adolescentes todos, unas más que otros, cuando ya empezábamos a tontear con nuestros amigos del otro sexo, cada quién tenía su favorita o favorito, Vicente también, y como era la época de los trogloditas, o de los príncipes y princesitas, la manera más primitiva de llamar la atención de un espécimen macho siempre fue la de coger de los pelos a la hembra, en eso era un alumno aventajado del Cromañón.
Así un día jugando al rescate, juego interactivo donde los haya, y que consistía en correr detrás de alguien hasta que lo cogías, lo ponías pegado a un árbol hasta que venía otro y lo salvaba, o el perseguidor lograba capturar a todos, Vicente me captura a mí, me agarra del brazo para llevarme al árbol en cuestión, mientras yo le aviso de que no me coja que voy sola.
Haciendo caso omiso, no me suelta el brazo del que yo tiraba como si me fuera la vida en ello y comenzamos un tira y afloja que terminó en una patada monumental que le doy en la espinilla, lógicamente, me suelta y huyo a mi casa, un tercer piso desde donde le provoco a que suba a pillarme si tiene narices.
Mientras, fuera de sí y sujeto por un amigo (Julián el chico que me gustaba) y Susana (mi mejor amiga) él juraba que como bajara me mataba, ni que decir tiene que esa tarde para asombro de mi madre yo no volví a salir de casa, porque la amenaza de Vicente me parecía de todo menos un juego.
Al día siguiente como todos los días laborables, iba a buscar a mi amiga para ir al instituto, y como todos los días ella me hacía esperar sentada en el poyete de su escalera. En ello estaba cuando por una esquina apareció Vicente, el corazón se me aceleraba por momentos, es estómago me daba vueltas sin parar y yo me desgañitaba llamando a Susana.
Cuando Vicente llega a mi altura el ritmo sinusal era aterrador, al igual que mi imaginación que no paraba de repetirme “me mata, sin remedio”, en esto se sienta en el otro lado de la escalera y me dice: no tengas miedo, no voy a hacerte nada y en un movimiento brusco que me saca el corazón por la boca; me enseña su amoratada espinilla de un color indefinido y una contusión importante, mientras alza la voz para decirme “mira, mira lo que me hiciste ayer.
Mi vida pendía de un hilo, o eso pensaba yo que humildemente y agachando la cabeza le pedí perdón por si acaso, no estaba arrepentida, tenía miedo, a que él fuera un chico normal de su época y de diera un mandoble que con su envergadura no sería flojo, o que cualquier día se le escapara el hacha mientras le insultábamos como niños crueles de una época en que las capacidades diferentes no tenían cabida.
Se enamoró de chicas que no le correspondieron, yo fui una de las primeras, siguió viviendo con su madre hasta que falleció y bebió, bebió mucho, su alcoholismo le hizo enfermar de cirrosis, que superó tiempo después, en esto yo visitaba a mis padres con frecuencia y eran quienes me daban noticias.
De vez en cuando, nos sentábamos en una terraza a tomar algo y aparecía él, mi madre que siempre fue generosa, pero que no sabía mucho del alcoholismo, le invitaba a una cerveza y después escuchaba mi regañina “mamá, no hay que dar nunca alcohol a una persona alcohólica y mi madre respondía “me da tanta pena ver como se bebe los culines que dejan los clientes en los vasos”.
En mi generación hubo muchos Vicentes maltratados por la sociedad, recibiendo la crueldad de los niños y de los adultos, si no tenías recursos, como era el caso, no podías acceder a la educación necesaria según tus aptitudes y su familia no las tenía.
Con este relato quiero rendir homenaje a todas las personas que no pudieron desarrollar sus habilidades por falta de medios, llamar la atención de todas las familias sobre la importancia de la diversidad, de aceptar a cada persona como es y ayudarla si no tiene las mismas oportunidades que nosotros.
@Pilar García Torres
@Imagen Pinterest
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