

Es domingo, final de septiembre, cuando penetro (como he hecho cientos de veces) en el Jardín del Buen Retiro. Antes he acabado de leer – en esa biblioteca en la que paso gran parte de mi vida: la del Círculo de Bellas Artes – el más que interesante relato (o novela) de H.G. Wells: La máquina del tiempo. Cuando termino de leerlo, me dispongo a hincarle el diente al “Introito”, que curiosamente no va firmado. Nunca leo una introducción, o notas sobre una obra, antes de leer el texto original. De otro modo, a uno le “revientan” la trama, o lo predisponen frente a ella. Y leyendo esa introducción, me encuentro con algo que me deja verdaderamente estupefacto. Quién escribe esas líneas, menciona de manera continuada la autobiografía de Wells: Experimento en autobiografía. En una de esas menciones, extracta algo que el escritor escribe en una de sus páginas: “La influencia de Karl Marx ha sido una absoluta rémora para la organización progresista de la sociedad humana. Si Karl Marx no hubiera existido, hoy estaríamos mucho más cerca de un mundo sanamente organizado…” ¡Y se queda tan pancho! Lo digo, porque en La máquina del tiempo, habla de comunismo, y utiliza esa palabra con todas las letras. Y lo hace alguien que se definía, así mismo, como socialista utópico, y que, además, tuvo el privilegio de entrevistarse, primero con Lenin, y años después con Stalin. Lo que me sorprende, sobremanera, es que una persona inteligente y leída (como lo era H.G. Wells), se atreva a escribir semejante tontería. Esa autobiografía que he citado, la escribe en 1934. Aún no se han producido los procesos de Moscú (llevados a cabo, fundamentalmente, durante los años: 1936 y 1937, en los cuales el régimen estalinista fulmina por completo – los asesina – a la vieja guardia bolchevique) Me parece muy inquietante, que Wells se dejara arrastrar por la idea de que el régimen soviético tuviera algo que ver con la teoría de Marx. Ni esa experiencia, ni las posteriores del llamado bloque del este, ni la experiencia maoísta, ni la cubana, ni la boliviana, ni… tienen que ver con Marx. Nada de todo eso que esos regímenes pusieron en pie, está en Marx. La única experiencia histórica que puedo salvar mínimamente, y que tal vez estuviera más cerca de algunos postulados del filósofo alemán, es la de la Unidad Popular chilena del presidente Salvador Allende. También podría hablar de los espartaquistas de Rosa Luxemburg, de las colectividades libertarias en Aragón y Catalunya, durante la guerra civil española de la CNT, o del POUM de Andreu Nin y Joaquín Maurín. Pero esas experiencias, desgraciadamente, no tuvieron una continuidad suficiente en el tiempo. Pero no pretendo hablar ahora de la magnífica novela de Wells (ya lo haré en otro momento), ni tampoco de Karl Mar, sobre el que ya he escrito en diversas ocasiones. Por lo tanto, volvamos al parque del Retiro donde me sorprende la ausencia de gente de todo tipo: ni siquiera la masa de corredores y corredoras que inundaban cualquiera de los días precedentes el parque, impidiendo a los paseantes poder transitar con tranquilidad (sin ser atropellados, literalmente, por esas masas que practican ese deporte). No, el parque, en toda su inmensidad, aparece vacío: a pesar de que son solo las 21 horas. La temperatura ha disminuido algo, y se puede respirar algo mejor que en días anteriores cuando la canícula seguía castigando con dureza, incluso a altas horas de la noche. Sin embargo, cuando me acerco a las inmediaciones del lago, sus aguas oscuras y mansas me producen, de inmediato, una cierta inquietud. Me viene a la cabeza la extraordinaria novela de Conrad: El corazón de las tinieblas, que leí hace unos meses. Esa oscuridad del agua, y el silencio amenazador que lo invade todo, anuncia la llegada inminente del período sombrío del invierno. Al menos, es lo que me parece a mí. Ha anochecido ya, y la luminosidad que los días aún exhibían apenas una semana atrás, hasta casi las 22 horas, ha desaparecido por completo. La ciudadanía ha debido de intuir algo parecido; de otro modo, no hubieran desaparecido del parque de manera tan drástica.
No voy a hablar tampoco, ahora, de la novela de Conrad, que sigue resonando (por muchas razones) dentro de mí. Quiero hacerlo con calma en otro momento. Tengo, incluso, pendiente la realización de una serie de cuadros dedicados a lo que esa novela produjo dentro de mí: estoy a punto de comenzarla. No obstante, esta noche algo fría de finales de septiembre me hace pensar en la precariedad humana y en la estulta soberbia que pretende soslayarla. El verano (demasiado largo este año) ayuda a que muchas y muchos apuesten, ingenuamente, por eludirla.
Desde los lejanos tiempos de la prehistoria (el Paleolítico superior e inferior), los seres humanos – los neandertales y los sapiens – saben que el contacto con el otro es primordial: de hecho, su ausencia predispone a un acortamiento del propio ciclo vital. No obstante, desde el siglo XV, más o menos, y tal vez incluso podríamos cifrar ese cambio, ya desde el Neolítico, el capitalismo trata de destruir ese contacto humano primordial. Y lo hace utilizando antiguas o nuevas herramientas. El viejo modo de producción capitalista (que para nada está en crisis, a pesar de lo que escriben ciertos filósofos), necesita romper esa solidaridad humana primigenia, para poder aislarnos como individuos: convertirnos en juguetes mecánicos, cuya cuerda (la que hace que nos movamos autónomamente) ya se ha roto.
Sostengo, desde hace ya algún tiempo, que la última – o una de las últimas – esperanza que nos queda es que cuando lleguen (no van a pasar más de diez años) los humanoides de silicona – no muy diferentes de nosotros, por lo que resultará muy difícil discernir quién es y quién no – puedan convertirse en un nuevo sujeto político que lidere la sublevación contra el capital y pueda, de ese modo, liberarnos de sus garras. Cuando he planteado esta hipótesis en alguna conferencia, el personal no ha querido ni oír hablar de los humanoides: siguen instalados en la tan cacareada AI, e incluso se atreven a desligar una cosa de la otra. La robótica (la AI, y más) es una de las dos acumulaciones originarias del capitalismo que están en curso: la otra es la investigación espacial a gran escala. Soslayar esto es hacer como los avestruces: allá cada cual.
Por el medio, está también la estulta afirmación de que el AMOR, con mayúsculas, es algo que se ha inventado el patriarcado y el propio capitalismo, y que por lo tanto hay que superar. A mí (frente a esa estupidez), me gusta recordar lo que decía Pietro Metastasio, el libretista de La clemenza di Tito, una de las últimas óperas de Mozart (compuesta en 1791, y estrenada en septiembre bajo la dirección del propio compositor, que moriría en diciembre de ese mismo año): “El amor es la mayor de las delicias de los seres humanos”, o lo que decía Arthur Schnitzler, tal vez cansado de “vagabundear” de una mujer a otra: “El sexo sin amor, no es sexo”. E incluso el tierno y adorable Frankenstein de Mary Shelley, que leía con sumo interés: Las penas del joven Werther, la obra de Goethe. Hablando del amor, vuelvo a acordarme de Wells, que en ese campo si parece haber obrado con suma inteligencia: dos esposas y siete parejas a lo largo de su vida: toda una experiencia amorosa.
Tal vez, mientras estoy detenido, apoyado en la mínima barandilla, frente a las aguas oscuras, oscurísimas, del estanque, interiormente grito contra cualquiera de los nihilismos que nos circundan y afirmo mi optimismo: ese que me coloca del lado de la vida, en oposición a los que, a menudo, se colocan del lado de la muerte.
Me topo ahora (quién sabe por qué), mientras sigo escribiendo, con el magnífico álbum: Tapestry, de Carole King, publicado en el muy lejano 1971, cuando casualmente mis huesos dieron con una entidad financiera donde empecé a vender mi fuerza de trabajo, aunque por aquel entonces mis escasos diecisiete años no tuvieran la menor idea de qué demonios era eso de la fuerza de trabajo. La voz muy especial, y el piano, de la cantante estadounidense (que sigue viva, y dando conciertos a sus 83 años) me atraparon ya en aquel lejano verano de 1971, donde la dictadura gris y criminal de Francisco Franco dejaba pocas posibilidades a la libertad, a la vida y al amor. Ahora, mientras vuelvo a escuchar los temas de ese disco, una extraña tranquilidad se apodera de mí. Sin embargo, para nada me dejo atrapar por la melancolía de mi juventud ya perdida, porque sigo amando la vida (esa que decían los griegos que es un desastre, porque se nos va enseguida) con la misma pasión de aquel adolescente de diecisiete años.
La imagen de la izquierda, sacada con la cámara de mi teléfono móvil, da buena cuenta de esa soledad de la que hablaba anteriormente. A lo largo de la mínima barandilla que – algo ingenuamente – pretende disuadir de que alguien pueda arrojarse a las aguas oscuras del estanque, cosa bastante fácil de hacer, nadie aparece asomada a la barandilla o sentada en el escalón sobre la que está fijada.
La imagen de la derecha, que realizo también con la misma cámara, resalta la oscuridad profunda de las aguas del estanque, rota por unos diminutos puntitos de luz al fondo.
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