LOS QUE NO HABLAN
- El dolor no siempre se calla. A veces se disfraza
Aquel jueves, Clara había llegado antes que ellos y ya tenía el círculo formado. La caja de voces esperaba, como siempre, en el centro. Una pequeña herida de madera abierta para quien se atreviera.
Los once fueron llegando sin orden, sin prisas. Algunos se saludaban con la mirada, otros ni eso. No era hostilidad. Era ese modo adolescente de entrar en los lugares sin entrar del todo.
Luna se sentó al lado de Ana, sin hablar. Rubén llevaba los auriculares puestos, pero sin música. Martín traía el ceño más fruncido de lo habitual. Nuria miraba su móvil con la pantalla apagada. Paula hojeaba su cuaderno de dibujos sin dibujar. Leo entró el último, y se sentó como si el aire fuera frágil.
Clara no tardó en notar que algo había cambiado. Algo distinto.
—¿Queréis empezar vosotros? —preguntó, suave.
Un par de cabezas se movieron en negativo. Ainhoa se encogió de hombros. Y entonces fue Iker quien rompió el hielo.
—Yo he leído lo que dejasteis en la caja. No sé quién escribió qué, pero… me jodió. En el buen sentido. Me removió. Sentí cosas. Me vi reflejado.
—Yo también lo he leído —añadió Sara—. Y me hizo pensar que… quizá deberíamos hablar de lo que no parece grave, pero lo es. Lo que disimulamos. Lo que se nos cuela entre las bromas.
Clara ladeó la cabeza. Eso no venía de ella. Venía de ellos.
—¿A qué te refieres?
—A reírse de uno mismo todo el rato. A hacer chistes sobre el cuerpo, sobre estar mal, sobre no querer levantarse de la cama. Como si fuera gracioso. Como si quitara importancia. Pero en realidad… es una forma de decirlo sin que te miren raro.
Martín, que solía lanzar alguna burla para evitar que lo tocaran, bajó un poco la mirada.
—Yo hago eso. Hago bromas de mierda. Sobre que no me importa nada, sobre que si me muero no pasa nada. Pero a veces… no son bromas. Solo que no sé decirlo de otra forma.
—Yo también —dijo Paula, muy bajito—. Digo que soy invisible y luego me río. Pero no siempre me hace gracia.
—Y yo hablo de mi ansiedad como si fuera un personaje —añadió Rubén—. “El Rubén histérico”, lo llamo. Como si ponerle nombre me ayudara a no tener miedo. Pero la verdad es que tengo mucho miedo.
—Yo no me río —intervino Leo—. Pero me callo. Y eso también disfraza. Hacer como que nada pasa es otra forma de ocultarlo.
—A mí me dicen “intensa” —dijo Ana—. Que exagero, que dramatizo. Así que cuando siento cosas grandes, me las trago. Y luego… me estallan por dentro.
Hubo un silencio largo. Pero no incómodo. Era el tipo de silencio que escucha.
—Yo uso la ropa como armadura —dijo Ainhoa—. Colores chillones, estampados raros, maquillaje fuerte. Para que nadie mire más allá. Para que no se note que me da miedo salir de casa.
—Yo finjo que tengo muchas amigas —dijo Nuria, por primera vez abriendo algo más que sus notas—. Que quedo con gente, que me escriben. Pero la mayoría de veces soy yo hablando por WhatsApp y borrando antes de enviar.
Sara apretó los labios.
—Nos estamos volviendo expertos en fingir. En camuflar lo que sentimos para no incomodar.
—Pero aquí no —dijo Luna—. Aquí podemos dejar de hacerlo.
Clara inspiró hondo. No para interrumpir, sino para sostener. Era hermoso verles así. Crudos. Verdaderos.
—¿Y si hoy —propuso— nos quitamos el disfraz? Solo por un rato. Solo aquí. Podéis decir algo que soléis callar, sin filtro, sin adorno, sin bromas.
Uno a uno, fueron hablando. Sin prisas. Sin presión. A veces con lágrimas, a veces con pausas largas, con palabras torpes o con frases exactas.
—A veces sueño que no me despierto, y me da alivio —dijo Martín.
—Me siento insuficiente hasta en los abrazos. Como si no supiera darlos bien —apostilló Paula.
—No soporto los gritos. Me duelen en la piel —continuó Rubén.
—Tengo miedo de que se me note el miedo —soltó Ainhoa.
Leo escribió en su cuaderno y luego lo leyó en voz baja:
—No quiero ser fuerte. Solo quiero que me dejen ser débil sin que me digan que ya pasará.
—Echo de menos a mi hermano aunque siga vivo. Echo de menos a quien era antes —murmuró Ana.
—Quiero gustarme. Pero aún no sé cómo se hace eso —cerró Luna.
Iker, Marcos, Sara y Nuria no hablaron en alto. Pero sus miradas estaban ahí. Enteras. Presente su escucha, su temblor, su humanidad.
Cuando el timbre sonó, nadie se movió. Clara los miró a todos y dijo algo que se les quedó colgando dentro, como una frase sin punto final:
—Cada uno de vosotros está construyendo un lenguaje nuevo. Uno donde no hace falta gritar para que os oigan. Donde no hace falta disimular para que os quieran. Donde hablar no es debilidad, sino derecho.
Salieron del aula despacio. Distintos. Más conscientes. Más rotos, quizás, pero también más juntos.
Y el aula 2B quedó otra vez en silencio. Pero un silencio lleno de verdad. De las que ya no se esconden. De las que ya no necesitan disfraz.
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