La tienda de las verdades y las mentiras por Joaquín Lourido

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En un pueblo sin nombre, perdido entre montañas y ríos, existía una tienda muy peculiar. No vendía pan ni ropa, tampoco libros ni herramientas. En su escaparate se leía un cartel: “Aquí se venden verdades y mentiras”.

El dueño era un anciano de mirada brillante, tan brillante que nadie sabía si en ella había sinceridad o engaño. Cada cliente entraba con la incertidumbre de no saber qué iba a llevarse. Las verdades eran pequeñas piedras luminosas que se guardaban en bolsitas de terciopelo. Al sostener una en la mano, uno sentía un peso especial: la certeza de algo revelado. Había verdades dulces —“alguien te ama en secreto”— y verdades amargas —“ese amigo te ha traicionado”—. El anciano las ofrecía sin adornos.

Las mentiras, en cambio, se vendían en frascos de cristal con tapas doradas. Eran hermosas, chispeaban como estrellas atrapadas. Una mentira podía ser embriagadora: “tendrás éxito sin esfuerzo”, “jamás envejecerás”, “el dolor nunca te tocará”. Los frascos se abrían y, al aspirar su brillo, el cliente se dejaba envolver por un calor dulce que le borraba las dudas.

Con el tiempo, el pueblo empezó a dividirse. Quienes compraban verdades caminaban con paso firme, aunque a veces sus rostros estaban marcados por la tristeza. Quienes compraban mentiras reían, pero sus risas sonaban huecas, como ecos en una sala vacía.

Un día, un niño entró en la tienda. Preguntó al anciano:

—¿Cuál cuesta más, la verdad o la mentira?

El anciano sonrió.

—La verdad siempre cuesta más, aunque a veces no quieras pagarla. La mentira es barata: te cobra después, cuando ya no puedes devolverla.

El niño salió sin comprar nada. Comprendió que, en realidad, la mayor riqueza era aprender a reconocer, en su propio corazón, cuándo una palabra era piedra luminosa y cuándo era solo chispa pasajera.

Reflexión

La historia de la tienda nos recuerda algo esencial: la verdad no siempre es agradable, pero sostiene. La mentira, en cambio, se disfraza de luz para seducirnos, aunque después nos deje a oscuras. Vivimos en un mundo donde ambas circulan como monedas de cambio: la publicidad, la política, incluso los diálogos más íntimos. Tal vez la verdadera tarea no sea escoger entre verdad o mentira, sino educar la mirada para distinguirlas y tener el valor de pagar el precio de la verdad.

@Joaquín Lourido

@Imagen Pinterest


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