sábado, junio 13 2026

Tus flores raras by Joiel

Imagen de artículo Olga Smirnova – Fotografía de Darian Volkova

Para escribir los últimos versos, escúpeme tu nombre como hace la lluvia eterna. Hunde tus uñas pintadas de rojo lascivo en el vórtice de mis heridas a letra cursiva, quebrando las ramas y sus huesos, también hojas en el bosque de cristal. Condéname a muerte con el brillo de tus ojos en otro anochecer sin consecuencias. Aparta la llave que improvisa cien fantasías por segundo y entiérrala bajo tu lengua. Quiera ser vendaval mi garganta cuando estos labios se nieguen a responder por qué callaban tus paredes sin pintar. Al fin mis sueños aprendieron a no ser montañas cuando nevabas a gemidos.

Me elevo a través de laberintos hasta lugares que desconfían de la realidad porque a esta prisión de noches le han arrancado las esperanzas, pronto el olvido desplegará sus alas tenebrosas entre ausencias y espinas, arterias desangrándose durante nuestro brindis de adiós sin más latidos que los derramados en los minutos finales del vals, renuncias del paraíso. Repetimos el último baile infinitas veces en una sola canción. Rendidas las palabras a los silencios en clave de luna, un funeral de buenas intenciones abrazando los cuentos que nos creímos; eras princesa y yo sangre de dragón. Olvidé nuestro idioma hasta saberme extranjero en las demás fronteras y sus abismos. Tu voz se convirtió en todos los amaneceres sustituyendo con hilos invisibles los alambres de espino bajo mis párpados. Dieron noches a mis días tus susurros, convertidos desde entonces en…

Solo soy una imaginación que se olvida y se olvida y se olvida.

 Las olas mastican corazones a la deriva.

 Las burbujas se ahogan fuera de su boca.

 Los peces son de colores cuando abre los ojos.

 Las pompas de jabón experimentan cinco vidas en cuatro segundos.

 Naufragan los poemas que no inspiran.

 Las lenguas solo se aprenden en un beso.

 Me fascinaba su lluvia antes del diluvio.

 Sin razones para no enloquecer.

Nuestras ganas no bastaron para que a lo imposible se le rompiera el corazón de madera. Cuando prescriba el primero de tantos inviernos idénticos nos volveremos a intentar. Hasta entonces te amaré en los subtítulos proyectados por las sombras en blanco y negro. Vuelves a ser la chica de las fotos escondidas, un amago de felicidad nebulosa, reflejo fúnebre de lo que fuimos, réquiem resumido en un suspiro infinitesimal. Hablé de ti a mi yo del cementerio para poder descansar en paz mientras el fuego del precipicio quiera. Mis ojos olvidaron que existen otras sonrisas inventando finales. Nadie como tú entre ocho mil millones de personas.

William Herschel – Sinfonía nº 8 en do menor

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