El otro día, leyendo la biografía de la filósofa griega Hiparquía, caí en la cuenta de que el feminismo ha existido desde siempre. Fue la primera ola, en Inglaterra, impulsada por la Ilustración, la que hizo que este movimiento se tornase mundial, consiguiendo mucha más reivindicación de la que lograban las obras aisladas de varios hombres y mujeres.
Estuviese o no extendido, fuese la época que fuese, el feminismo siempre ha sido repelido. En Inglaterra, a principios del siglo XX, la propaganda anti-sufragista advertía de que, si las feministas triunfaban, el hombre tendría que encargarse de las tareas del hogar y de la prole. Hoy en día, en 2023, un estudio de la divulgadora Laura Sagnier asegura que el feminismo genera rechazo al 62% de los españoles y al 42% de las españolas. Sin embargo, este mismo estudio afirma que existe una clara desigualdad entre hombres y mujeres en varios ámbitos de la vida cotidiana, así como demuestra la vulnerabilidad de las mujeres respecto a delitos sexuales. Por tanto, ¿por qué el feminismo, un movimiento cuyo objetivo es reducir las diferencias entre ambos sexos y procurar el bienestar de la mujer, resulta algo dañino para la sociedad? ¿Por qué, tras tantos años, da vergüenza considerarse a una misma “feminista”? Aunque hoy en día no resulte tan disparatado como era antes, la visión que la sociedad tiene del feminismo sigue emponzoñada.
Los autores del estudio antes mencionado (“Las mujeres y los hombres, hoy ¿Igualdad o desigualdad?”) creen que debemos «dejar de lado el concepto de “feminismo” y centrar el foco en trabajar para resolver las desigualdades entre hombres y mujeres». Es decir, que el verdadero problema reside en la concepción que se tiene de esta lucha, la fachada del movimiento, no de sus fines: como mencionaba antes, la visión y la imagen del feminismo, sobre todo por parte de las nuevas generaciones.
Daniel, un chico de dieciocho años, considera el feminismo como «una introducción poco significativa y bastante ambigua si lo que se pretende es extender este ideal a toda la sociedad. (…) ¿Qué papel no tendría el feminismo en nuestra sociedad? (…) Nos lleva a recaer en reduccionismos, abstraccionismos y en falacias de falsa dicotomía en las que ofrecer dos únicas posibilidades: o sí o no, o bien o mal. (…) Esta especie de «etiqueta» llamada feminismo actualmente se ha convertido en un negocio».
En cambio, Lucía, de la misma edad, cree que «el feminismo, dejando a un lado las múltiples voces disidentes que pretenden hacernos creer lo contrario, es un movimiento que lucha por la igualdad de derechos entre géneros. (…) Espera que todos nos pongamos las llamadas “gafas violetas», con origen en un libro de Gemma Lienas. (…) Según un informe de la ONU Mujeres, con fecha en septiembre de 2022, harían falta 300 años de acciones para la plena igualdad de género. Aunque suene imposible, no podemos rendirnos y debemos mostrar tolerancia cero hacia aquellas actitudes machistas que nos hagan retroceder».
Siendo estas dos opiniones aleatorias, desde mi punto de vista son un reflejo de la juventud actual, que se divide en personas con duras (y, muchas veces, ciertas) críticas hacia el feminismo y personas que siguen creyendo en que este movimiento procurará el avance hacia la igualdad. Aunque, por supuesto, he obviado aquellas personas cuyas críticas no son razonadas, sino alteradas por el odio.
En mi opinión, hay varios motivos por los que el feminismo está tan mal visto. En primer lugar, podemos mencionar algunas creencias erróneas (bulos, gran parte divulgados por la ultraderecha), como, por ejemplo, respecto a la ley de violencia de género, que, según se tiene entendido, destruye la presunción de inocencia del hombre. Esto provoca que la sociedad, en especial los jóvenes, crean que el feminismo busca perjudicar a los varones. En segundo lugar, los estereotipos respecto a la figura feminista: descuidamos nuestro cuerpo, somos histéricas, extremadamente liberales, odiamos a los hombres, somos homosexuales… Y, por último, pero no menos importante, las polémicas y los problemas reales del feminismo actual que habría que mejorar. Y es que este movimiento abarca tantas ramas y opiniones que son habituales las confrontaciones entre las propias feministas, lo que sugiere una imagen de poca unidad dentro de la misma corriente, aspecto en el que hay que trabajar. Por no hablar de aquellas mujeres que se consideran feministas y que, en realidad, promueven la misandria, lo que debería ser denunciado por el propio movimiento. Y, por supuesto, el hecho de otorgar cargos políticos -que deben luchar por la igualdad- a personas sin conocimiento ni formación para abarcar las verdaderas dificultades de las mujeres y que se limitan a dedicar dinero público a actividades y campañas que, a veces, son innecesarias, además de crear polémicas que no representan la igualdad y equidad que el feminismo siempre ha buscado, no más.
Contribuye a que el feminismo esté mal visto la errónea creencia de que la ley contra la violencia de género destruye la presunción de inocencia del hombre, buscando perjudicar a los varones; los estereotipos sobre las mujeres feministas que nos tachan de que descuidamos nuestro cuerpo, somos histéricas, extremadamente liberales, odiamos a los hombres, somos homosexuales,…; y también las polémicas y los problemas internos que se dan actualmente entre las diferentes ramas del feminismo (…)
Por ello y por muchas más razones, yo, como joven feminista, creo que debemos hacer autocrítica (una autocrítica bastante profunda y tajante) y procurar hacer de este eterno movimiento, el feminismo, una lucha sana, justa y que mire por todas las personas (hombres y mujeres) que se vean perjudicadas por cuestiones de género. Que acepte y respete opiniones, que denuncie y dé visibilidad a todas las desigualdades de género, que sea un grupo unánime que centre su atención en unas mismas metas.
Para ello, para poder alcanzar estos objetivos, el odio, tanto dentro del feminismo como hacia el propio feminismo, debe ser condenado, y se debe intentar modificar la mancillada imagen que se tiene de esta lucha, para así obtener todo el apoyo posible. Aún así, el feminismo seguiría viéndose muchas veces como algo nocivo, sea la época que sea, por lo que, imitando a las primeras feministas, hacer caso omiso al rechazo y seguir luchando por mantener nuestros derechos y responsabilidades debería ser la respuesta.
Y la respuesta ahora reside en nosotros, los jóvenes.
MARA AMO. (Aceuchal, Extremadura. 2007)
Estudiante. Escritora en ciernes
Comencé a escribir acerca de brujas y licántropos, por diversión, pero he descubierto que la literatura es, además de arte, una forma de transmitir mis inquietudes o de contar historias ya olvidadas. En 2022, gané el concurso infantil y juvenil Felipe Trigo con «El hiyab». Compagino mi afición con los estudios y mis ensayos de teatro en el grupo amateur Acebuche-Teatro. Me gustaría estudiar Filología Hispánica y seguir nutriéndome de otros autores para encontrar mi propio estilo.
Adoro las novelas negras y, en mis relatos, suelo plasmar reflexiones acerca del bien y el mal y la contradicción humana. Me gustan las historias desgarradoras y los personajes femeninos atormentados, pero en general trato de admirar el arte en cualquiera de sus formas.
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