La niebla se percibía en toda su crueldad cuando Marina se colocó su abrigo gris, se subió el cuello del mismo hasta cubrir completamente la nuca y, en compañía de su inseparable Zoco, su fiel mastín, se dirigió hasta el poblado contiguo, maletín en mano. Había recibido un aviso por el niño Pedro de que Sagrario la necesitaba con urgencia. Marina era enfermera rural y no tenía horario. Siempre estaba dispuesta a ayudar a quien la necesitara, fuera día o noche, laborable o domingo. Siempre supo que su profesión era vocacional y a ella se había entregado en cuerpo y alma desde el primer día. Muchas habían sido las vicisitudes con las que había tenido que bregar en cientos de ocasiones, pero la situación de Sagrario le preocupaba sobremanera. Sagrario no era una mujer cualquiera, Sagrario era su paño de lágrimas, su confidente, su compañera. Era lo mejor que le había pasado en la vida. Sin embargo, su relación estaba prohibida, a ojos de Dios y de los humanos. Nadie podía sospechar que tras sus encuentros fortuitos había algo más profundo y gratificante para ambas. De haberse conocido habrían sido quemadas en la hoguera. Sí, Marina y Sagrario se amaban, con un amor profundo, intenso, tan sagrado como prohibido. En los últimos tiempos Sagrario había perdido el brillo de sus ojos y sus andares gráciles, hecho que no se le había escapado a Marina. A solas en su alcoba se esforzaba en interrogarla, buscando indicios que le dieran alguna pista sobre cómo atajar el problema de salud que cada vez era más evidente. Pero Sagrario callaba. No le hablaría a nadie de su enfermedad, y menos a su adorada Marina. Se llevaría su secreto a la tumba. Cuando aquel atardecer llegó Pedro con el aviso urgente para que se presentara ante su amiga, Marina se puso en lo peor. Con paso veloz, tropezando en las hierbas húmedas del camino, se dirigió al convento y allí encontró, afligidas y llorosas, al resto de la congregación. Ante su presencia se retiraron, dejando a solas a las dos amigas. Solo tuvieron tiempo para una callada despedida, sin reproches, sin culpas. Abrazadas, dejaron que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas hasta empapar la almohada. Cogida de su mano, Sagrario, la abadesa del convento, se despidió de su amada con la firme convicción de que algún día se encontrarían en el paraíso.
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