domingo, abril 5 2026

NEFERTITI, PODER, BELLEZA Y HEREJÍA. Por Elvira Martínez Ropero

De la sección «EnfemeNILO»

Más allá de las pirámides, sarcófagos y momias, si hay una pieza de arte egipcio emblemática, es el famoso busto de Nefertiti, en el que en caliza quedó reflejada para siempre la enigmática belleza de la esposa del llamado faraón hereje, un matrimonio que cambió durante un breve periodo de tiempo todo el pensamiento que Egipto conocía hasta entonces. Pero si la fama de su belleza ha atravesado el tiempo y nos hace contemplar aquel busto con admiración, sin duda la posición que alcanzó lo es aún más.

El conocido busto de Nefertiti

De su origen se sabe muy poco, se ha planteado que su nombre egipcio “Nefertiti” se le atribuyó como esposa real de origen extranjero, pues su significado es “la bella ha llegado”, también es probable que no tenga origen en la realeza dado que en ninguno de los documentos en los que se la menciona lleva un título que sugiera una vinculación a ella antes de su matrimonio con Akhenatón. Otras teorías la vinculan con Ay, sucesor del trono tras la muerte de Tuthankamón (hijastro de Nefertiti), esta última parece ser la teoría más apoyada en la actualidad.

Amenhotep IV, hijo de Amenhotep III, accede al trono, tras la muerte de su padre aproximadamente en el 1.348 a. C. y, en el cuarto año de su reinado toma una drástica decisión, emprende una reforma religiosa en la que da por finalizada la religión politeísta y declara a Atón verdadero y único dios, cambiando su nombre de faraón por el de Akhenatón (esto último ya en el quinto año del mismo). Es en este mismo año en el que comienzan a aparecer en los documentos reales la reina Nefertiti, que a partir de este momento aparecerá siempre siguiendo a su esposo, con el título de “Gran Esposa Real” en todas las representaciones, en las que ya el Atón aparece presidiéndolo todo, sin rastro de ninguna otra deidad.

La reina Nefertiti haciendo ofrendas al dios Atón

El poder que pudo llegar a alcanzar la reina está fuertemente ligado a su antecesora Tiyi, quien logró un hito en su posición como esposa real, dado que cada vez que aparecía el nombre y títulos de su esposo, Amenhotep III (padre de Amenhotep IV à Akhenatón), aparecía el nombre de la reina, como si formaran parte juntos de un único poder. Además, a la reina Tiyi el faraón le dio y legitimó su poder para dar cada vez más relevancia a la familia real, crear y fortalecerla como entidad divina. Esta tarea fue continuada por Nefertiti que adquirió así una gran importancia política y religiosa, incluso antes del cambio de capital que llevaron a cabo. Tal fue su importancia religiosa que llegó a tener templos dedicados a ella en exclusividad, apareciendo incluso oficiando y dando ofrendas al dios Atón, una tarea de intermediaria entre los dioses y lo terreno que era realizada por los faraones (varones) y que por tanto demuestra el poder que había adquirido, igualado al de su esposo, al menos en lo religioso.

Nefertiti y Akhenatón con sus hijas mientras los rayos de Atón llegan a ellos

Ante la ruptura de la dualidad matrimonial que representaban muchas de las parejas de los dioses, comienzan a endiosarse también la propia figura del matrimonio real compuesto por Nefertiti y el faraón, rellenando así todos aquellos huecos relacionados con la fertilidad, el matrimonio, la creación de vida que estaban fuertemente arraigados en la creencia egipcia. Así, el momento en que nacen sus hijas empiezan poco a poco a aparecer también en las representaciones de la familia real para constatar su poder y la legitimidad tanto de su religión como de su poder en el trono. Es el año séptimo de su subida al poder, cuando su reforma le lleva a trasladar la capital de Egipto a una nueva ciudad, principalmente porque continuar en Tebas dificultaba su meta dado que allí la vieja religión tenía unas raíces demasiado profundas. La ciudad del horizonte de Atón, conocida entonces como Akhetatón y en la actualidad como Amarna, fue llenada de templos, edificios, palacios, necrópolis, etc. regado todo con una suntuosidad espectacular que continuaba la visión de vinculación con la deidad. A partir de este cambio de capital, la religión amárnica entró en un apogeo que acompaña también al crecimiento de la familia real. Nefertiti y Akhenatón aumentan la familia con varias hijas que aparecerán en las estelas reales, piezas que se convertían en objetos de veneración para el pueblo, llegando a haber estelas en los hogares que representaban a la familia real para ser venerados. Toda esta fertilidad y poder se observa en las representaciones de la familia, en las que aparecían regados por los rayos solares, representadas en el extremo de esos rayos las manos de Atón llegando a ellos y llenándolos de vida (no en vano esas manos llevaban muchas veces el símbolo de la vida o ankh). En todas estas escenas se observa también cómo el arte egipcio cambió durante este periodo, en el que las escenas dejan de ser estáticas y duras para convertir a muchas de esas representaciones en un fascinante álbum del matrimonio real en escenas más cotidianas, relajadas, junto a sus hijas, con gestos cariñosos, incluso con llanto ante la muerte.

La sensación al  acercase a la historia de esta reina y su esposo es la de que se trataba de un matrimonio monógamo, pero ser la Gran Esposa Real implicaba que había más, un hombre con tanto poder poseía un harén que también le dio otros hijos, entre ellos el futuro rey Tuthankatón (posteriormente conocido como Tuthankamón).

Nefertiti abatiendo a los enemigos de Egipto

Además de la importancia religiosa, Nefertiti adquirió también un importante poder político que queda demostrado de nuevo en sus representaciones, entre las que cabe destacar cómo aparece en una de las escenas más típicas de poder de un faraón, una escena que comienza en los orígenes de Egipto y que llegará a ser parte de su imaginario hasta sus últimos días, se trata de la representación del faraón masacrando a sus enemigos, escena reservada al faraón pero que también fue usada para representar a Nefertiti, así como muchas otras escenas propias del faraón que simultánea con su marido.

Entre el año 13 y 14 del reinado de Akhenatón, desaparece el nombre de la reina de los documentos, no sabiéndose qué es lo que sucede con ella a partir de ese momento. Algunas teorías dicen que falleció debido a la epidemia que asolaba el país,  antes de que lo hiciera  su esposo en el año 17 de su propio reinado, aunque no tenemos constancia de ello ni registro alguno que demuestre que así fuera y que no se trate solo de una pérdida de status, pues desde ese instante,  comienza a ser sustituido su nombre por el de Neferneferuatón y se dice que quizá la reina estaba consiguiendo demasiado poder y Akhenatón precisó quitarle su lugar. Pero nada de esto parece ser la realidad, dado que la reina había cambiado su nombre de Neferneferuatón Nefertiti a Ankheperure Neferneferuatón, por lo que es probable que haya sido simplemente un cambio de nombre relacionado con su poder y probablemente con una corregencia, teoría más ampliamente aceptada. Incluso se ha llegado a proclamar que es ella, gracias a esa corregencia, quien subió al poder tras la muerte de Akhenatón, con un nuevo cambio de nombre por el de Ankheperure Esmenkhare, nombre del sucesor de Akhenatón. Fuera como fuere, el monoteísmo y poder de Akhenatón y su esposa cayeron en desgracia, fueron considerados herejes de la historia del Antiguo Egipto y Amarna fue considerada maldita y abandonada bajo las arenas del desierto, que protegería los secretos de la misma hasta su descubrimiento en los albores del siglo XX.

Ante el desconocimiento sobre cómo fue el final de su vida, el único registro de que la reina fuera enterrada en su ciudad es la aparición de los pies de un Ushebty (figurilla destinada a servir en la otra vida) con el nombre de la reina y su nomenclatura de Gran Esposa Real y una estancia en la tumba que había sido diseñada para su cónyuge que parece haber sido pensada para ella pero que no tiene indicios de haber sido usada. Quizá fue trasladada como Akhenatón a Tebas, pero hasta la actualidad no hay rastro de la misma.

Las representaciones de Nefertiti nos hacen llegar un rostro de gran y delicada belleza, de proporciones calculadas, que estaban pensadas para que la divinidad brotase de ella, una divinidad y atractivo que queda eternamente proclamada en su busto, una representación magnifica de una mujer que alcanzó grandes cotas de poder en un momento muy curioso y convulso de la historia del Antiguo Egipto. Una belleza que,  a mi parecer, ha sido usada para eclipsar un poder que llegó a igualarse al de su esposo y que tardaría en repetirse.


Elvira Martínez Ropero. Escritora

Nací y crecí en Trobajo del Camino, León. Estudié Filología Hispánica en la Universidad de León, completando estos estudios con el CAP y un Master de Literatura Comparada. He participado en varios congresos de la Sociedad Española de Humanistas y en algunos recitales de poesía, afición que desembocó en la publicación de mi poemario Luciérnagas en el desierto y que ha impulsado mis ganas de seguir creando versos.  La predilección por las culturas antiguas nunca ha salido de mi formación, desde el estudio de lenguas antiguas: latín, griego, hebreo, egipcio e incluso un poco de sumerio; hasta la obtención del título de Egiptología del Museo Liceo Egipcio de León.  Mi carrera profesional se ha volcado en la enseñanza de Lengua y Literatura en secundaria y bachillerato. También estoy trabajando en el Museo Liceo Egipcio de León en la traducción de textos jeroglíficos con un maravilloso equipo, así como realizo en el mismo una visita teatralizada nocturna que escenifica los ritos de muerte y resurrección del Antiguo Egipto.


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