Marilia.- Primera parte por Marisol Santiago

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Marilia, prometida con un hombre veinte años mayor, deseaba permanecer soltera y dedicarse a la enseñanza y el estudio de la música. El día de su boda, saltó del carruaje y echó a correr, sin que nadie lograse alcanzarla.

Encontró  refugió en un caserón que creyó abandonado. Allí solo halló algo de vino, un poco de pan mohoso y una vela prendida en un candelabro que descansaba sobre un piano desafinado. Para despistar el hambre, Marilia interpretaba aquella aria que tanto adoraba. Avanzaron los días y la vela se fue consumiendo, al mismo tiempo que su vida.

Al regresar los dueños de la casa, encontraron a la muchacha inerte sobre el teclado del piano. Conmovidos e impresionados por su valor, decidieron enterrar su cuerpo en el patio y guardar silencio sobre su muerte. Sin embargo, el espíritu de Marilia continuó, cada noche entonando aquella
melodía.

Pasaron sesenta y seis años y nadie reunía el valor suficiente como para habitar aquella casa. Cuando la heredera de los anteriores propietarios estuvo a punto de derruirla, la casa fue alquilada por un joven estudiante de medicina, que, en secreto, investigaba sobre vampiros y almas en pena.

Aquel caserón resultó ideal para sus experimentos de alquimia, absolutamente prohibidos por sus padres. Conocedor de la leyenda de la pianista y la vela, deseaba ver el fenómeno y tratar de ayudar a aquel espíritu a encontrar la paz mediante alguno de sus remedios químicos.

Desde las tres de la madrugada hasta el amanecer, Ricardo creía percibir cómo el reflejo de las velas formaba la silueta de una mujer que, sonriendo, tocaba el piano y cantaba, con nostalgia. No era el primer espíritu que descubría. Sin embargo, Marilia no parecía sentirse atrapada en absoluto.

Al contrario, cada noche interpretaba su pieza musical con mayor emoción y orgullo.

Continuará…

@Marisol Santiago


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