Como todo ser malvado, carente de cualquier atisbo de sentimientos o emociones, se le teme en distintos mundos por su fría y despiadada manera de comportarse, ejecutar y actuar.
Su nombre es Inerte. No tiene forma humana ni bestial, sino que se manifiesta como una mancha viscosa, semejante al petróleo, que se arrastra y ondula con vida propia. Su cuerpo oscuro refleja apenas un brillo metálico, como si tragara la luz misma para después escupirla en destellos que hieren la vista. Puede moverse a una velocidad que rivaliza con la de la luz; aparece de repente, sin aviso, y escapar de él es, casi siempre, una ilusión vacía.
En Alegoría, nuestro mundo, su sombra se extiende como una advertencia permanente. Alegoría se encuentra dividida en seis comarcas, cada una con sus propias leyes y guardianes, pero todas unidas por un mismo miedo: el día en que Inerte decida arrastrarse más allá de los linderos prohibidos.
Nuestra comarca se llama Era, y aunque desde lejos parece la más tranquila, los viejos aseguran que aquí se escuchan primero los ecos de lo que está por venir. Dicen que cuando Inerte atraviesa un territorio, lo que queda atrás no es ruina, ni cenizas, ni siquiera muerte: es vacío. Como si jamás hubiera existido nada en aquel lugar. Como si el recuerdo mismo fuese devorado.
La primera vez que se le vio en Era fue al anochecer, cuando la bruma cubría los campos y las lámparas de aceite titilaban en los hogares. Nadie escuchó sus pasos, porque no los tiene; tampoco hubo rugido, porque carece de voz. Lo único que delató su llegada fue el silencio absoluto, tan denso que hasta el canto de los grillos se extinguió.
Quienes sobrevivieron a esa noche —pocos y marcados para siempre— cuentan que Inerte apareció en medio de la plaza mayor. No destruyó edificios ni atacó a nadie en concreto. Se limitó a extenderse, lento al principio, hasta rozar con su superficie oscura la fuente de piedra. Y cuando la fuente fue tocada, desapareció. No quedó ni polvo, ni agua, ni memoria de que hubiese existido. Solo un hueco, un vacío imposible de llenar.
Al amanecer, nadie podía recordar con claridad qué había ocupado ese espacio. La fuente, los niños que jugaban junto a ella, los puestos de frutas… todo había sido borrado como si jamás hubiera sido real. Solo los ancianos, de memoria férrea, balbuceaban nombres que a los demás no les sonaban de nada. Era como intentar despertar de un sueño que nunca fue tuyo.
Desde entonces, un rumor recorre las seis comarcas: Inerte no devora cosas, devora recuerdos. Y con cada recuerdo que arranca de nosotros, se fortalece. Algunos lo comparan con un cáncer del espíritu, una enfermedad que empieza en silencio, casi invisible, y cuando al fin se reconoce ya ha avanzado demasiado. Así es Inerte: crece donde nadie lo ve, se alimenta de lo más íntimo, y cuando nos damos cuenta, ha consumido tanto que apenas queda nada de nosotros.
Los ancianos lo explican con palabras que hielan la sangre:
—El cáncer destruye al cuerpo desde dentro, célula a célula, hasta convertir la vida en ceniza.
Inerte hace lo mismo con la memoria de los pueblos: borra un instante, luego otro, y cuando quieres recordar quién eres, ya no existe la respuesta.
Ese miedo es lo que mantiene unidas a las seis comarcas, aunque siempre al borde de la desconfianza. Cada cual vigila sus fronteras, convencida de que Inerte atacará primero a los otros.
Pero en Era lo sabemos: cuando vuelva, no habrá muralla ni guardián que pueda detenerle.
@Vanessa Zamora.
@Imagen Pinterest
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours