A propósito de este inminente 1 de noviembre, día de todos los santos, y del 2 de noviembre, día de todos los difuntos o día de los muertos, venía siendo tradición representar la obra romántica Don Juan Tenorio de José Zorrilla. Todavía en algunas localidades como Alcalá de Henares, se sigue representado, me consta que, en Sevilla, en Guadalajara en sus calles y plazas, quizá también en Córdoba, desconozco si en Valladolid. El caso es que, sin denostar esta pieza teatral, vengo a hablar del personaje en sí mismo y lo que simboliza. Personaje que nunca me ha gustado.
Las sombras acechan a don Juan Tenorio. Un tipo duro, engreído, bravucón, pendenciero, delincuente, fanfarrón, orgulloso, mentecato, asesino… y guapo. Nadie podrá con él, excepto las sombras. Las sombras no le dejarán en paz, porque él mismo las genera.
Nunca he entendido el fervor popular con esta lectura y esta visión del clásico romántico. Juan Tenorio debe dejar de ser un modelo al que seguir. Quien se jacte de sus conquistas, de sus desmanes, de su agresividad, de su falta de ética, de su prepotencia, en definitiva, no merece ser laureado. Ni admirado, ni refrendado. Tolerancia cero con esta clase de personas.
Afortunadamente, hoy hablamos de un personaje. Un personaje que en nuestro acervo cultural hemos vanagloriado porque su lenguaje era extremadamente bello, porque, al final, triunfaba la apoteosis de ángeles y dioses. Pero don Juan no se merece ese tratamiento deferencial, no se merece el don.
Traído a nuestros días sería un don Juan mafioso que va por libre en sus fechorías. Sería un alias encubierto y despectivo, el líder de una banda violenta, con poca cultura y muchas ganas de sangre, drogas y sexo, o un refinado “marquésdesade”, “casanova” y “alcapone” presumido y sin amigos. Y creo que, incluso, aún me quedo corto. Pido perdón por intentar desmontar un mito y un texto claramente conocido, y sobrevalorado. Pero, sin querer ser excesivamente cruel con los apasionados lectores y espectadores que lo veneran, la puesta en escena de este texto teatral debiera convertirse en un poema en verso dicho en libertad sin ensalzar al personaje, por muy mítico que sea. Quitarle la musicalidad sobrenatural y dársela terrenal. Cierto es que, en estos tiempos de Halloween, de culto al género de terror, de satanización y morbo gore y sangriento, los lugares sombríos, las lápidas grises y las paredes húmedas y plagadas de murciélagos, los amores románticos pasan a ser claramente sexuales; los protagonistas no son héroes sino canallas, fieramente humanos. Es difícil en este misterio distinguir los haces de luz entre tanta sombra. Sombras que deambulan a su antojo porque tienen un terreno abonado en la mente del protagonista.
Don Juan ni siente ni padece amargor, ni sudor, ni dolor, ni remordimientos. Va de guapo, no va de galán, va de chulo verbenas, va de fantasma vivo. Los fantasmas que no se cobrarán venganza porque están en su cabeza y nosotros, ellas realmente, debiéramos ser su mala conciencia, que se visualicen como mujeres capaces de escupirle a la cara sin necesidad de recurrir a estatuas de piedra que cobran vida.
Suba o baje a cabañas o palacios, que el Tenorio, alias don Juan, suba siempre a los escenarios sin la calidad de héroe, sin ser adalid de nada, ni paladín ni valiente, sin telarañas ni mendacios que valgan.
@Alberto Morate
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