Pañetes por Manu nuevo autor de Global y Latinos EEUU de Masticadores de Letras

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Estaba cocinando, y al ir a coger el pañete me he dado cuenta que alguien se lo había llevado al salón para limpiar algo. Es curioso, porque un pañete (así los llaman en mi tierra, o al menos mi madre) no es más que un trapo de cocina. Una tela o paño (me gustan más los que no son de tela sino que parecen fibras de algodón o de toalla), un retal. Nada que aparentemente sea una prenda de esas que uno elige o regala.
Mi madre tuvo una época en la que por su cumpleaños quería pañetes nuevos porque los iba destrozando por el uso. Y yo he heredado esa costumbre suya, y cada poco renuevo. Eso y los mozos de cocina (esos pequeños cuadrados para coger cosas calientes).
El caso es que me ha dado por pensar en cómo me hacen falta cuando me remango y me meto en faena en la cocina. En la importancia de un sencillo trapo. Sin él siento que me falta algo. Suelo ponerlo colgado del hombro cuando no lo estoy usando, pero lo necesito cada pocos minutos, para secarme las manos que acabo de lavarme por enésima vez, secar algo que ha salpicado o mil pequeños detalles. Mi compañero por unas horas.
Hasta lo más sencillo, lo que casi no sirve para nada, lo que se puede sustituir sin más aparentemente tiene su cabida en mi mundo. El mundo de los mil pequeños detalles, cada uno con su valor, con su lugar, con su momento.
Hay días en que nos sentimos así, como un trapo. Maltratados, ensuciados, mal usados, dejados en cualquier parte por descuido. Otras sentimos ser ese paño de lágrimas, y parecería que sucede como con los kleenex, que son de usar y tirar. Pero no es verdad, porque el pañete no se tira. Se usa, se lava (y yo hasta los plancho) y vuelve a servir. Como el último elemento necesario en la cocina, pero tan necesario para mí como los demás.
No me siento como un trapo ni como algo inútil si alguien me emplea de esa manera porque puede que a su manera le de la misma importancia a mi personas que la que le doy yo al pañete al cocinar. Que no eres un objeto, sino que formas parte del todo en ese momento.
Así que hoy, mi pensamiento ha ido a algo tan bobo que ahora al mirarlo me pregunto si me funcionan las neuronas. Pero lo he cogido, he secado la cafetera que se estaba terminando de secar, y me ha servido para poner también una cafetera. Ha cumplido su función.
Una vez más el pañete ha cumplido, porque secar lágrimas ajenas, limpiar la piel con una tela suave como lo es un abrazo, no es ser nada, sino casi todo. Ya con la cafetera seca, podemos poner el café, que ya toca☕
☕Manu sin más ☕
Manú es profesor de matemáticas, ciencias y tecnología en un colegio de secundaria desde hace más de quince años, tras haber dejado atrás su vida laboral como ingeniero.
Colabora desde hace unos años en la página «Café entre líneas» publicando algunos textos, y ayuda en su gestión. Lleva desde 2012 escribiendo en un blog, aunque solo los últimos tres años de forma casi diaria, recogiendo sus reflexiones y pensamientos sobre sus hechos cotidianos.
Reflexiones simples que podría tener cualquiera y que le han servido para hacer casi un diario de una vida invisible para muchos aunque fácilmente reconocible. Siempre dice que la poesía ha sido un descubrimiento tardío, muy reciente, y con mucho pudor se ha acercado a ella al descubrir que hay pensamientos que no se pueden expresar con mil palabras, sino con apenas unas pocas que parecen escaparse de uno mismo.
¡Bienvenido!

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