Victoria miraba por la ventana hacia el extenso parque salpicado de magnolias de intenso color rosa. Esa visión le traía viejos recuerdos. Solía hacer eso a diario, antes de casarse. Mientras miraba el paisaje, soñaba despierta con el día en que un caballero bien parecido llegara a la casa, acompañando a sus hermanos, y se enamorara de ella con solo verla.
La realidad fue muy distinta para ella, fue pura crudeza, un disparo a su corazón inflamado de sueños. El caballero llegó, más no era apuesto, se trataba de un hombre mayor, casi de la edad de su padre. Venía con este, se habían conocido haciendo negocios y a su padre le pareció que la mejor forma de sellar una sociedad era entregarle a su hija en prenda.
Victoria se negó rotundamente. Su padre no le hizo el menor caso, dejó la tarea de convencerla a su madre y su tía. Ambas mujeres estaban conformes con su vida, habían aceptado su lugar en el mundo con la sumisión y la resignación que daba saberse qué era lo que se esperaba de ellas.
La tarea había sido ardua. Victoria lloró por días y semanas. Al final, la convencieron diciéndole que ese era su pasaje a la libertad. Una mujer casada es más libre que una soltera y si tenía suerte, su marido, de edad avanzada, la dejaría viuda a tiempo para que conociera el amor.
Nada de eso se había cumplido. Victoria seguía atada a su marido y cada vez más, debido a sus múltiples achaques. Su vida había sido lo que estaba pautado, había sido una esposa obediente, una espléndida anfitriona y una dedicada madre.
Pero ese día, mirando hacia el campo de magnolias, toda la furia había acudido a su pecho. Ese día, su hija mayor cumpliría los dieciséis años y su marido le había encontrado un muy buen partido. Sería tarea de ella convencerla de aceptar y resignarse. En este caso, los motivos eran evidentes, los negocios iban mal, necesitaban apoyo económico y, a la vez, su marido quería incorporarse a la nobleza.
Victoria tenía un remolino en su pecho, sentía que iba a traicionar a su hija como lo habían hecho con ella, la iba a vender por dinero y un título. Su marido no compartía sus sentimientos, para él era lo más natural, solo pensaba en los beneficios y en que su hija tendría una estabilidad que muchas mujeres envidiarían.
Lili pasó por la sala y la vio concentrada en el paisaje. Sabía que su madre estaba buscando las palabras. No se imaginaba cuáles serían, pero estaba preparada para lo que fuera. Victoria escuchó un ruido y volteó. Vio a su hija y sus ojos se llenaron de lágrimas. No pudo hablar, se puso de pie y caminó hacia ella, tomó sus manos y la miró a los ojos.
—No me hagas decir lo que no siento.
—Yo sé que para ti fue muy difícil. Siempre pensé que tú y papá vivían cada uno en su mundo y no tenían un mundo compartido.
—Tú y tus hermanos son nuestro mundo compartido. Eso vale mucho.
—¿Alguna vez conociste el amor?
El silencio de Victoria podría haberse interpretado de distintas maneras. Pero ella quiso que su hija sintiera algo de esperanza.
—Sí, lo conocí. Duró lo que duran las pasiones, algunos años en la realidad, toda la vida en los recuerdos y los sueños. Y, la mayoría de las veces, los recuerdos son mejores que la realidad.
Lili sonrió. Apretó las manos de su madre controlando el temblor. Miró hacia el cielo, luego hacia el parque. Las magnolias estaban espléndidas, su intenso color rosa parecía fuera de este mundo.
Al día siguiente, Victoria ordenó a sus sirvientes que desmontaran el jardín. Ni una sola magnolia sobrevivió a la mutilación.
@Mirna E. Gennaro
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