Por más que acercase diferentes pócimas al espectro o tratara de alterar, con pegajosos ungüentos, el material de las velas, nada cambiaba. Al finalizar la actuación de Marilia, él siempre aplaudía, ella hacía una solemne reverencia y su imagen se disipaba con la luz del sol.
Comenzó a obsesionarse con la belleza del espectro, con su penetrante voz y aquella sensación de libertad.
Pasaba el día entre libros y pociones para hallar remedio al mal del fantasma.
Pronto se olvidó de comer, de dormir y, finalmente, de beber. Una noche, frustrado su experimento, preguntó, desesperado, a Marilia:
—¿Cuál es tu historia? —y el espectro, sin entender aquel súbito interés, cesó su melodía, sonrió y le propuso sentarse a su lado, para tocar juntos. Ricardo, exhausto, tomó asiento y comenzaron su canción.
Aquella mañana, como cada lunes, la propietaria llegó para cobrar el alquiler. Preocupada al no obtener respuesta a su llamada, entró y se dirigió hacia el salón, desde el que se oían risas y música.
Cuando abrió, su grito de terror hizo cesar la música y las velas se apagaron.
Aun en penumbra, pudo distinguir el cuerpo del estudiante, inerte, recostado sobre el teclado del piano.
@Marisol Santiago
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