Dulce niña inocente,
que tu mayor pecado,
fue ser la más bella
entre todas las bellezas.
Tus cabellos al vuelo
levantaban pasiones,
y alborotaban envidias.
Poseidón te quiso,
y allí, te tuvo.
¡Oh sacerdotisa de Atenea!
No fue culpa tuya.
Tu cuerpo, tu templo,
todo fue profanado,
y Atenea, indolente,
te castiga.
No fue culpa tuya.
Ya tus cabellos cambian,
se juntan unos con otros,
duele, duele, duele,
se enredan, se funden,
y en las puntas surgen,
cabezas de serpiente.
El injusto castigo,
torna tus ojos
en arma de piedra,
sin poder llorar,
ni amar,
ni conversar,
pero,
recuerda Medusa,
no fue culpa tuya.
@Iván A. Guerrero
@Imagen Pinterest
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