Para Immanuel Kant la filosofía se ha preguntado recurrentemente por tres cuestiones fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? Estas preguntas las sintetiza en la siguiente: ¿Qué es el ser humano? Por tanto, todos los interrogantes convergen en la pretensión de conocimiento sobre nuestra propia realidad. Somos, como indicaban los griegos clásicos, un verdadero microcosmos a partir del cual interactuamos con el macrocosmos o realidad. Nuestra propia existencia resulta ineludible y es el filtro privilegiado a partir del cual conectamos con el entorno. No queda otra opción y esto, además de situarnos en el centro de nuestras cavilaciones, podría tener importantes ramificaciones epistemológicas sobre las que no vamos a entrar en este escrito. Aunque, a manera de tanteo, podemos dejar flotando una posible vía para el análisis: ¿es posible la objetividad o todo conocimiento es subjetivo? Queda claro que una cuestión de tanto calado debe reservarse para otro momento, pues, en caso contrario, nos distraeríamos del objetivo presente. La pregunta que nos interesa es una variante de la anterior: ¿es el ser humano el que determina el propio conocimiento, la moral o la política? La respuesta inmediata es que no queda otra opción ya que todo debe adaptarse a nuestras necesidades. Exploraremos en los próximos párrafos esta posibilidad, aunque, como siempre, con la mente abierta para recibir rectificaciones o matizaciones. Ya sabemos que lo filosófico solo puede construirse desde el contraste dialéctico, aunque sea de manera diferida mediante la lectura de ideas y texto ajenos.
El ser humano es una realidad esquiva, llevamos estudiándonos desde que el primer chispazo de racionalidad nos diferenció del resto de homínidos y no hemos llegado a conclusiones definitivas. No obstante, se pueden intentar aproximaciones desde múltiples perspectivas. Para comenzar, y de manera evidente, somos un ser vivo con unas condiciones biológicas compartidas con otros animales y con elementos privativos que nos particularizan como especie. La configuración de células, tejidos, sangre y huesos viene determinada en nuestro caso por el desarrollo de un complejo sistema nervioso central. Esta es nuestra ventaja evolutiva y el rasgo que nos ha permitido dominar el planeta durante los últimos trescientos mil años; un breve suspiro en los ciclos cósmicos. Hasta aquí la biología puedo alumbrar soluciones y determinar en gran medida nuestros rasgos característicos. Ahora bien, de esta amalgama de nervios e impulsos eléctricos y químicos emerge lo que podríamos denominar conciencia o psique, la dimensión no física del ser humano. Es más, esta faceta es la que nos define como individuos, pues el yo viene a demarcar lo que somos y a lo que aspiramos. En este punto son la psicología y la psiquiatría las ramas del saber adecuadas para aclarar esta dimensión. Sin embargo, no son pocos los vanos y las contradicciones entre teorías que se dan en este escurridizo terreno. Podemos llegar a contraponer visiones prácticamente antagónicas sobre el mismo objeto de estudio: el ser humano.
Parece que aquí la cuestión se complica ya que vamos acumulando estratos superpuestos que dificultan nuestra propia condición. Pero es posible añadir un estrato adicional, pues, siguiendo por este derrotero, es claro que somos animales gregarios, aunque vamos más allá de la mera acumulación de especímenes como puede suceder en un rebaño o cardumen. Somos, como decía Aristóteles, animales políticos dado que estamos dotados de logos o razón para determinar lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Nos topamos con otra lámina que remite a lo social y, por añadidura, a la construcción cultural en la que estamos insertos. Somos capaces de transformar las condiciones naturales mediante la cultura y la técnica, aunque sin dejar de estar sometidos a ellas. Esto, por supuesto, es algo inédito en el resto del reino animal ya que la producción de componentes civilizatorios resulta única en nosotros. Aquí proliferan las especialidades dedicadas a este conjunto de creaciones: sociología, economía, antropología, filosofía política, filosofía cultural o estética son algunos ejemplos que dan buena muestra de la complejidad de este componente. Como sostiene Kant en la Crítica del juicio, el ser humano es el único capaz de crear arte bello, ya que este requiere libertad, intención y genio. Pintura, música o literatura son elementos en apariencia ajenos a las necesidades propias de nuestra supervivencia, pero puestas en práctica desde tiempo inmemorial. Es más, y aunque el arte pueda elevarnos a niveles de conciencia y espiritualidad únicos, no cabe duda que puede convertirse en una rémora a la hora de luchar por la supervivencia. En otras palabras, estamos capacitados para la génesis de productos en principio sin utilidad práctica, pero fundamentales para ofrecer un sentido identitario relativo a nuestra propia condición. Esta podría ser la clave puesto que, como se indicaba en al comienzo de estas líneas, la pregunta fundamental nos remite a nosotros mismos. La producción artística se establece sobre el trasfondo de la curiosidad por nuestra propia condición. Por último, y por destacar otra visión adicional, somos, siguiendo a Miguel de Unamuno, animales sentimentales preocupados por su condición agónica. Oscilamos, según el vasco, entre el todo y la nada, entre la pervivencia y la desaparición, y esto condiciona de manera fundamental nuestra propia realidad. La cuestión existencial se vuelve perentoria y de aquí surge la religiosidad: Al fin y al cabo, un mecanismo para satisfacer nuestra curiosidad. Algo mundano a pesar de su disfraz divino. Por tanto, el ser humano es una tremenda amalgama de elementos que hacen de él algo inclasificable y, al tiempo, el objeto de deseo de la reflexión filosófica, científica y religiosa. Atendiendo a la propia naturaleza filosófica y científica queda claro que nunca obtendremos una respuesta definitiva. Algo, por supuesto, mucho más estimulante que el vulgar dogmatismo.
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