lunes, mayo 11 2026

LA VOZ DE LA TIERRA by Marina Díez

Escúchame, hija de mis entrañas,

que soy más que suelo bajo tus pies.

Soy sangre que fluye en ríos,

pulmones que respiran en bosques,

y un corazón que late

en cada volcán que despierta.

Me has olvidado,

pero sigo aquí, bajo el peso de tu desdén,

con mi piel cubierta de cicatrices,

con mis venas ahogadas en veneno.

¿Qué fue de la promesa que hiciste al nacer?

De cuidar mis montañas

y cantar conmigo al ciclo del sol.

He dado todo por ti.

Te ofrecí campos fértiles

para tus sueños de cosecha,

te enseñé el milagro

de la semilla que duerme

y despierta en primavera,

bailando en verdes brotes

que alcanzan el cielo.

Pero ahora las semillas tiemblan.

El calor las sofoca,

el agua que las nutría

es ahora un susurro lejano.

Y yo, la madre que todo lo da,

me estoy quedando sin aliento.

Mis mares, antes vastos y plenos,

cargan tu olvido en sus profundidades.

Plástico, petróleo,

sombras de criaturas

que nunca más se alzarán.

El cielo, que abrazaba la vida,

se rompe en llantos de lluvia ácida,

y mi suelo arde,

gritando en lenguas que ya no entiendes.

Pero aún tengo esperanza.

Porque he visto cómo,

tras la furia de un incendio,

la hierba vuelve a brotar,

cómo los árboles, aunque heridos,

ofrecen sus ramas al cielo

en un acto de fe.

El ciclo no termina.

El grano que cae al suelo,

aunque pisoteado,

vuelve a germinar.

Y tú, que me has herido,

aún puedes volver a mí.

En tu interior también vive la semilla

de algo nuevo, algo limpio,

algo que me recuerde

por lo que realmente soy:

tu principio y tu fin.

Soy la tierra,

la que sostiene tu andar,

la que te acoge al nacer

y te recibe al morir.

Escúchame,

porque mi voz está cansada

de hablar entre tormentas

y terremotos.

Quiero cantarte suavemente,

como lo hacía antes,

cuando tus manos sembraban y cuidaban

y no destruían.

Aún hay tiempo.

Regresa a mí,

reconoce mi dolor,

y juntos sanaremos.

La siembra puede comenzar de nuevo,

y la cosecha será abundante

si vuelves a escuchar

el susurro de mis ciclos,

la canción de mis estaciones,

el latido eterno

de lo que nunca se rompe.

Escúchame, hija,

porque aunque estoy herida,

mi alma aún florece.

Y si me cuidas,

te daré todo de nuevo:

la sombra de los árboles,

el canto del río,

y el milagro de la vida

que nunca deja de renacer.

 


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