La salita de un café matinal es un hogar poblado de extraños. Un café matinal viene a ser un establecimiento comercial dedicado a servir desayunos tanto a los habituales del barrio como a los extraños que se dejan caer por él ocasionalmente. En el Café Vienés no hacen distinción alguna en el trato que dispensan a unos y a otros.
Aunque los días transcurrían en armonía envidiable, y había quien la tachaba además de aburrida, en el Café Vienés se habían llegado a observar fenómenos paranormales en algunos visitantes. Se había constatado que aquéllos silenciaban la jocosa conversación que traían tan pronto hacían el gesto de pulsar el pomo y empujar el vidrio empañado de la puerta. En ese instante, se mutaban de manera asombrosa e inexplicable en seres poliédricos y asexuados. No todo eran anormalidades: también se
habían detectado otras curiosas conductas menos intrigantes, afables o condescendientes, que desplegaban esos seres cuando se encontraban rodeados por otros seres similares entre las cuatro paredes que atendía la aparatosa máquina de café y el mostrador superpoblado de pastelería. Así era la vida íntima del Café Vienés: un constante ebullir de silencios grises, miradas mudas y sonrisas decorosas.
Un desconocido profesor de botánica del instituto municipal publicó un interesante artículo en una revista científica del Colegio de Psicólogos, en que daba por demostrada la existencia de una energía intangible, no eléctrica, de naturaleza inquietante, que establecía conexiones anímicas entre el público frecuentador del café y los inducía a adoptar peculiares comportamientos. Curiosamente, aquel profesor nunca desveló que su centro de operaciones fuera precisamente el Café Vienés. Decía en su segundo capítulo, titulado Algunos hallazgos relevantes, que había observado cómo las
referidas conexiones se establecían siempre entre sujetos de similar poliedrismo facial, y con independencia de cuáles fueran sus otros rasgos corporales. Así, por ejemplo, sujetos con rectas faciales perpendiculares en los pómulos entraban en fácil interacción.
Y algo parecido había observado entre aquellos que mostraban rostros curvilíneos abultados, o entre aquellos de trazos zigzagueantes oblicuos. Si bien el profesor se consideraba descubridor de una de las claves fundamentales para entender al ser humano, nunca fue reconocida su contribución a la ciencia e incluso hubo de afrontar la visita invasiva de los funcionarios de una institución de salud mental. No he logrado conocer cómo acabó sus días el insigne profesor.
A mí me impresionó sobremanera la lectura de ese estudio, que encontré por casualidad. Me topé con él en uno de mis paseos entre las pilas de libros y legajos descosidos de las librerías callejeras de barato que se extienden a lo largo de la costanilla que desemboca en el parque municipal. Busqué durante meses la localización del café que el profesor había evitado mencionar, sin duda por protegerse de una potencial denuncia del propietario del mismo, que era un avaro y obeso personaje de origen no identificado, que había adquirido el local en una subasta a la baja tras instigar el
desahucio del anterior cantinero, a quien el negocio le venía heredado de su padre y de su abuelo. Y lo encontré: tales eran las precisas descripciones que el profesor gustaba de prodigar entre el ramaje de sus reflexiones científicas que, aunque no mencionara el nombre del misterioso café, había dejado bien descrita una detallada pintura del mismo.
Yo nunca había pisado ese barrio, ni lo hubiera hecho de no tener una razón de peso. Comencé a frecuentarlo, a seguir los pasos del pormenorizado ensayo con la intención de desvelar lo que hubiera de cierto sobre esa enigmática energía anímica. Me sentaba siempre en la misma mesa y, como en un espejo, miraba a cada cliente que hacía sonar la campanilla de la puerta, ávido de hallar un rostro de rasgos similares a los míos y poner a prueba el flujo de tal energía. Hasta entonces yo había ignorado cuáles fueran los detalles faciales que me definían; nunca me había detenido delante de un espejo de no ser para afeitarme, y ahora dedicaba a este discreto narcisismo al menos dos horas diarias. Por más que lo ansiara, no lograba etiquetarme en ninguno de los patrones que circulaban por delante de mi mesa. Se me ocurrió pasar al ataque y proyectar algo que se asemejara a un prisma de energía imaginaria. Caí dormido sobre la mesa. Nada ocurría o, al menos, nada ocurría con la sencillez que el profesor había descrito. Pero no cejé en mi obsesión por desvelar el canal de intercomunicación etérea, como di en denominarla, que sin duda flotaba en la atmósfera del café.
Con los días, comencé a fatigarme y a no esperar otra cosa que no fuera la degustación de un café de paladar modesto en aquel rincón lúgubre del que, sin embargo, ya no podía despegarme. Una mujer batallaba con la puerta mientras empujaba un carrito de bebé al interior. La puerta, con su codo de cierre automático bien engrasado, se empecinaba en impedirle el paso por razones de todo punto
irracionales. Acudí en su ayuda y violenté la apertura destinando mayor esfuerzo del que había previsto. Logramos entre los dos colocar el cochecito en el centro de la sala.
Aquella mujer me lo agradecía con una voz suave, delicada, con un brillo inquietante en sus ojos humedecidos por el esfuerzo en la batalla librada, con unos labios que amparaban una amplia sonrisa que marcaba una línea ondulante con la pendiente cóncava de una discreta nariz que a su vez enlazaba con los arcos de las cejas ligeras, y que caracoleaban con dos racimos de rizos en el pelo. Yo había visto antes ese rostro; de hecho, cada mañana y cada tarde y cada noche, porque era el mío, el único tapiz de líneas que encajaba a la perfección con mis facciones.
Por fin, había encontrado a quien buscaba. Se sentó en una mesa individual donde contaba con un espacio amplio para alojar el aparatoso carromato. Me sonrió una vez más, o tal vez no había dejado de hacerlo, y se entretuvo mirando la carta de tés.
Observé la mano del niño, cerrada en un puño diminuto, que se revolvía entre las sábanas. Ordenado el té, la mujer intentó sin éxito calmar al impaciente vástago. Con cuidado exquisito lo sentó en su regazo, en una posición que bien podría parecer que deseaba exponerlo a todo el público presente. Entonces vi su pequeña cabeza planetaria, esférica y achatada por su norte alopécico; sus líneas faciales dividían el rostro infantil en estanterías de pliegues carnosos, sólo alteradas por la enorme hondonada de una boca redonda rabiando por alimentarse. Con discreción exquisita la madre del repentino comensal extrajo de su blusa un seno blanco de sinuosas curvas que hacían presumir el
dibujo helicoidal de todo el cuerpo seductor de esa mujer divina. Me preguntaba si la criatura era en verdad suya o tan solo ejercía de nodriza: tan radical era la diferencia entre ambos rostros. ¿Cómo podría fluir entre ellos no ya una energía etérea, sino la menor de las energías vitales? ¿Habría el profesor considerado casos como éste?
Satisfecha la alimaña, la mujer volvió a sentarla en su regazo. Se percató del retraso en ocultar su pecho exprimido y se ruborizó al descubrir que yo lo observaba sin disimulo. Lo recogió entre los encajes como a una paloma herida, sin dejar de sonreír un sólo instante.
Una señora de edad incierta, y por ello quise suponer que había superado con creces las primaveras de las últimas seis décadas, miraba con fijeza sobrecogedora al niño. Sobre los hombros poco femeninos una esfera astral cubría su pálida superficie arenosa con unos manojos de pelo teñido de brochazos rubicundos. En su expresión no había intención vertical: grandes rasgos horizontales defendían sus dominios retadores. Unos labios de al menos dos tallas menores a la que correspondería a su perímetro craneal esperaban apretados la menor provocación para redondear la hondura de la voz y deformar el resto de la caricatura. El niño la penetraba con su mirada segura y atenta.
Ella mantenía la fijeza de un lebrel ante una liebre. No cabía en mi cuerpo el gozo por haber encontrado la primera prueba veraz de la teoría del profesor sobre la energía etérea. Ante mí se electrificaban dos seres que sólo tenían en común la esfericidad de sus gestos.
Volví mis ojos a la bella mujer que servía de perchero a la criatura. Me hablaba desde su reposo con dos ojos oscuros entreabiertos. Sin dudarlo comencé a responderla en su lenguaje. Ella también sabía que aquella anciana dialogaba con el niño y que no le importaba nada. Me dijo que quizás le estaba advirtiendo al pequeño que cuidara de su madre porque el sujeto que tanto la miraba pretendía arrebatársela. Le dije que eso a mí tampoco me importaba, como no me importaba que fuera además cierto y que me la llevara en ese mismo momento conmigo. Se ruborizó de nuevo y me dijo que el niño lo impediría y la vieja nos despedazaría con sus propias manos. Le sugerí entonces que le prestara el niño a la señora y viniera conmigo a dar un paseo por el parque. Un grito estridente y horondo reclamó su segunda ración de alimento. Con ademán cansino la mujer se abrió la camisa y puso ante mis ojos su bello pecho intacto. Demoró el asalto del lactante y yo me deleité en pincelar su belleza en mi retina. Un grito aún más desgarrado lanzó al hambriento hacia el espacio hasta agarrarse con las uñas en su madre. Mientras absorbía con fiereza, ese crío no dejaba de mirar a la anciana, atento a sus instrucciones infernales. Yo no perdía de vista los ojos húmedos, la suave piel de su madre sometida al suplicio de su pecho arrebatado. La teoría del profesor quedaba plenamente demostrada.
@Feliciano F. González
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