viernes, abril 17 2026

El hijo de la montaña por Ricardo Mazzoccone

La montaña del fin del mundo siempre fue una incógnita para el hombre. Se debían recorrer miles y miles de kilómetros para llegar a ella. Y a su alrededor, solo vientos, lluvias, soles y lunas. Los primeros habitantes de la tierra, no dejaron legado.

Solo nació con el planeta y desde siempre estuvo allí, majestuosa, fría, perenne, eterna, inalcanzable, guardando arcaicos secretos y miles de historias. Era algo excepcional, con pastizales de altura, bosques, manantiales sobre las faldas, con aristas y puntas de rocas capaces de matar.

Cientos de leyendas se han escrito sobre ella. La más antigua narra que cuando aún no se había enfriado el planeta, la tierra terminaba a sus espaldas y quien se aventurara a rodearla, solo el abismo hacia lo desconocido lo aguardaba, se caía del mundo. Otra dice que nadie ha conquistado su cima, pero el que lo haga, tendrá hecha la mitad del camino al paraíso.

A pesar de lo inhóspito del lugar y lo alejado de la civilización, un pequeño grupo de hombres y
mujeres eligieron vivir allí, a sus pies. Con el tiempo comenzaron a llegar desde todas partes, algunos escapando de la justicia, otros de historias dolorosas y muchos huyendo de un gran amor. Aquellos primeros moradores sentían en sus almas que la magia y la poesía los gobernaba. Aceptaron la creencia que era transmitida por la montaña a través del susurro de los vientos.

Las historias de amor tejidas por los moradores, traspasaban los límites llegando a los lugares más
recónditos del planeta en forma de cuento o poema. Había festivales de cuentos y se declaraban el amor con versos. Había una necesidad de volcar en un papel, lo que sentían viviendo allí.
Pero hubo una, la más bella historia de amor nunca antes concebida, que terminó recorriendo el
mundo entero.

Era la de María, José y la montaña.

Ella era la joven más bella del lugar. Tenía cabellos rojizos largos hasta la cintura y su piel era blanca, como de porcelana. Tenía gestos de niña, era delgada y en su rostro brillaban ojos maravillosamente cristalinos, límpidos. Ademas su sonrisa hipnotizaba. A través de sus ojos verdes podía hallarse un alma frágil y hermosa, delicada como las alas de una mariposa. Su alegría era contagiosa y amaba la vida. Escribía poesía y hacía alfarería.

José era un joven callado y taciturno, por demás generoso y noble, de brazos fuertes, trabajador, por
demás soñador. Hacía esculturas con la madera y también escribía historias de lobos. No había nacido allí. Llegó una noche sin luna, oscura, con cinco, quizás seis años, asustado y temeroso. Lo encontró Daniel, uno de los cazadores del pueblo, perdido en el bosque y lo llevó a su casa. Con este buen hombre encontró un techo, comida, calor y un nombre.

Creció entre algunos pocos libros, trampas para osos, armas y animales muertos, con sus cueros
secándose al sol. Fue difícil la relación al comienzo pues el pequeño no hablaba. Daniel lo llevó al médico del lugar y nada.

Pasó el tiempo…

Ella, María se convirtió en una bella mujer.

El, José, en un fornido trabajador. No faltaba nunca al aserradero.

Pero algo ocurrió en un mediodía de sol, calor y viento, que cambió sus vidas para siempre.
María cruzaba la calle de tierra distraída y no vio que un carro tirado por dos caballos, estaba a
punto de embestirla pues su conductor se había desmayado.

José que estaba mirando todo, corrió con todas sus fuerzas para empujar a María hacia un costado.
Quedaron uno encima del otro mirándose a los ojos. Sus corazones latieron con furia y sintieron el
aliento del otro en el alma. Él vio su fragilidad, ella, su soledad. El amor temblaba alrededor de
ambos.

Se incorporaron, el cochero al despertar comenzó a gritar de la vergüenza y los transeúntes, al ver
que estaban todos bien, regresaron a sus menesteres. José decidió acompañarla hasta su casa. Se despidieron y acordaron verse al día siguiente. Esa noche llovió con furia y los lobos se refugiaron bajo los aleros de las casas. Aquella manada cuidaba a la gente de cualquier peligro. En la nueva mañana, el sol brillaba.

María y José se encontraron al amanecer en la puerta de la capilla. Fue entonces que el muchacho le pidió con señas, ascender la montaña. Se tomaron de la mano y comenzaron el ascenso. A medida que avanzaban el clima era más benévolo y el viento suave, los abrazaba. Los besos no tardaron en llegar y la desnudez de ambos en aquella cueva los hizo libres.

Se amaron con el tiempo detenido, con los relojes hechos cenizas, sin pasado ni futuro. Al rato continuaron su camino y la montaña, generosa comenzó con los regalos. Frutos deliciosos que caían de sus árboles a sus pies, agua limpia y cristalina de sus cascadas, un sol embriagador. Además, contaban con la seguridad que les brindaban los lobos, acompañándolos a la distancia. Ella recordó el Paraíso que le había narrado su abuela siendo una niña.

—María, debes saber la verdad—dijo él.

Sorprendida, aunque no del todo pues siempre sospechó que podía hablar, María se aprestó a
escuchar.

—Soy el hijo de la montaña, no soy de aquí abajo. Esta es una montaña sincera, poética, madre de
todo. Ella no me dio leche, me dio el agua de sus torrentes. No me vistió, me cubrió con su niebla. Me reveló sus secretos, los secretos de los vientos, de las rocas y me dijo que esperara a la mujer que me devolvería la voz.

Viví aquí hasta los seis años. En un atardecer rojo, me empujó hacia el pueblo para que el hombre
continuara con la labor de educarme. Lloré cuando mis hermanos lobos me dejaron. Por eso siempre estaban en el pueblo, para cuidarme. Como sigue, lo sabes, conviví con ustedes y aprendí mucho.
Pero era por un tiempo tan solo, mi vida está aquí arriba. Y fue que antes de partir hacia el pueblo,
me hizo jurarle que una vez hallado mi gran amor regresaría con ella y jamás me iría—dijo con la
voz quebrada.

Conmovida María, abrazó a su amado.

— Y soy yo ese gran amor, soy quien vivirá aquí contigo, quien tendrá a tus hijos, quien amará a tu
madre montaña como la amas tú. Quiero conocer sus enseñanzas, sus secretos y que ella conozca
los míos. Quiero sentarme en una roca y conversar con ella, en una tarde roja cuando cae el sol
mientras la luna y las estrellas ascienden al cielo.

Que la eternidad sea nuestra compañera y aliada, que nuestros hijos crezcan libres y accedan al
verdadero conocimiento. Quizás el día de mañana cuenten nuestra historia. Escribiré mi vida, día por día. Te amo a ti y a la montaña, crecí a sus pies y ahora viviré en ella.

Fue en ese preciso instante que el sol los abrazó con calidez y el viento los envolvió mientras los
animales los rodeaban y los árboles se inclinaban hacia ellos. No se los vio nunca más. Según cuentan, hay días en que pueden escucharse risas de niños que provienen de esa cima inalcanzable, desde donde pueden verse todas las venas de la tierra, surcos de agua que corren presurosas para llegar al mar.

Y fue en un atardecer, que un extraño encanto se desprendió de la montaña y un viejo lobo apareció
en la puerta de mi cabaña con el diario personal de María. Lo dejó y corrió para perderse en el
bosque. Mi cuerpo se estremeció, mi garganta se anudó, mi emoción estalló.

Me había elegido sin saber porque, para escribir y dar a conocer la más maravillosa historia de
amor. La montaña sabía que algún día, todos los hombres y todas las mujeres del mundo la leerían.

@Richard


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