Empezó con las sesiones de radio el viernes. Le parecía un día muy incómodo para comenzar la nueva etapa de su tratamiento.
—¿Por qué no el lunes? —insistía a la doctora.
Ésta le caía bien. Era simpática y Sabina no era un número de historial para ella. O, al menos, así la hacía sentir.
—Porque el viernes tenemos el hueco. Y además conviene hacerlo cuanto antes. No vaya a ser que quede algo…
—¿Tengo mala analítica? —la cara de Sabina mostró enseguida preocupación.
—No, todo está bien. Pero tenemos que asegurarnos.
Así que el viernes, a las once de la mañana, salió rumbo al hospital. No quedaba cerca: dos transbordos de metro.
Partía su día en dos.
Y esa tarde quería ir a bailar salsa.
***
Entró en la antesala, llena de gente. Ajustó la peluca, que se había movido al quitarse la bufanda. Las cejas nuevas, tatuadas anteayer, seguían doliendo. Un pelo inoportuno se había enganchado a la costra.
—Estás sangrando —le dijo el señor de la esquina.
Su mujer enseguida se puso a hurgar en el bolso.
—Aquí tengo unos clínex… —y se levantó para cederle el sitio a Sabina.
—No se preocupe… —las mejillas de Sabina empezaron a colorearse. Eran los calores que le daban en los últimos meses—. Me quedo de pie…
—De eso nada —dijo un chico joven que, por lo visto, acompañaba a su madre—. Siéntate.
—¿Has venido tú sola? ¿Cómo te llamas? Yo, Juanjo; ella, Rebecca; y éste es Jonás. Aquí nos hacemos una familia —el señor no paraba de hablar.
Sabina dudó un instante: normalmente el móvil era su refugio, su muro invisible, pero ahora no estaba segura de que quería esconderse. Parecían majos. Podía dejarse llevar un rato.
—¿Qué tal la peluca? —preguntó una chica con un turbante muy llamativo—.
Yo es que no puedo con ella…
—A veces da mucho calor… —reconoció Sabina, y con decisión sacó su móvil, pero lo sostuvo sin encender.
—Mira que sois presumidas —rió Juanjo, pasando la mano sobre su cabeza en forma de huevo—. Yo me peino igual que un cactus… y nadie me hace caso.
Sabina soltó una carcajada. Miró la hora y guardó el móvil. Vale, pensó, esto también es parte del día.
—¿No os pasa que los relojes aquí tienen prisa? —dijo Juanjo.
—Nunca sé si creerte —río la chica del turbante.
***
Cuando llamaron a Juanjo, la sala quedó huérfana de su voz ronca y dicharachera. El silencio se sintió un poco incómodo. Sabina volvió a sacar su escudo: el móvil. Miraba la pantalla, pero no leía nada.
De repente recordó su pesadilla favorita, la que la aterrorizaba de pequeña. Estaban en un carrusel con sus caballitos y carruajes. Solo se veía la parte delantera. La gente se sentaba en las figuras y, todos felices, desaparecían en un túnel. No volvían. Sabina estaba en la cola y se preguntaba por qué a nadie le preocupaba que los asientos regresaran vacíos… Pensó en Juanjo y su risa: si él estuviera aquí, seguramente le soltaría un comentario absurdo sobre caballitos fugitivos.
—Sabina —la voz de la enfermera la devolvió a la realidad.
Recogió los trastos y se tropezó con la bufanda.
—¡Cuidado!
—Gracias, estoy bien…
***
En el búnker hacía frío. Últimamente, Sabina no tenía pudor en desnudarse. Con total normalidad se quitaba el sujetador y mostraba al mundo el bulto que le quedó en lugar de la teta izquierda. Las manos ajenas la tocaban sin ceremonias. Nadie se espantaba al ver sus cicatrices. No apartaban la vista, con una sencillez casi diaria.
La enfermera vio su piel de gallina.
—Habrá que aguantar. Aquí manda la máquina. A mí también me gustaría subir el termostato, hija…
—Ya… —Sabina se tumbó sobre la mesa metálica y levantó el brazo lo más que pudo, agarrándose de la palanca, como le habían indicado.
No sintió nada. Diez minutos, y a poner el jersey de leopardo.
***
Antes de volver a casa, Sabina fue a la farmacia a comprar la crema Avené. La enfermera había insistido en que la iba a necesitar, y era mejor empezar a ponerla ahora mismo.
También pasó por el Ahorramás y compró un par de salmonetes, aguacates y nata agria. Los viernes, las comidas con Iñaki eran especiales.
Pensó que no le había llamado en toda la mañana. Antes no era así.
Le mandaba correos bonitos, mensajes chorras por WhatsApp…
—Estará ocupado —le disculpó para no calentarse la cabeza—. Trabaja mucho. Además, hoy es viernes…
***
Sabina se dejó caer en el sofá, la manta echada hasta los hombros. Esperaba a Iñaki para comer, pero el reloj seguía avanzando y él no llegaba. Miraba los platos sobre la mesa, el mantel con los hilos plateados. Luego volvía al reloj, midiendo cada minuto que se estiraba como si fuera goma.
Pensó en la salsa, en lo que quería hacer esa tarde: bailar. Visualizó la sala, las risas al tropezar, en que le faltaría el aire, y que habría que pegar bien la peluca con la cinta adhesiva. No fuera a ser que todos vieran su cráneo con la pelusa que se le quedó aquí y allá.
Un impulso que había sentido toda la mañana se desinflaba lentamente. No tenía fuerzas. Todo parecía demasiado pesado para mover siquiera un pie. Cerró los ojos un instante, solo para abrirlos al instante siguiente, y descubrió que no le importaba.
Se acurrucó un poco más bajo la manta. El calor del sofá, el silencio de la casa, el ritmo apagado del mundo fuera de su ventana… y rogó al universo que Iñaki no llegase a tiempo, para poder quedarse allí, quietos. Sin que él se enfadara.
@Tatiana Deriabina
Tatiana Deriabina.- Los vascos nacemos donde nos da la gana. Y además llevamos tanta sangre vasca como queremos. Exactamente eso es lo que siento cuando me preguntan de dónde soy.
Elegí nacer en un país que ya no existe, en una familia peculiar, de clase intelectual —no se sabe muy bien de qué generación—, y eso no podía no influir en mi educación y en mi manera de estar en el mundo. Uno de los primeros libros que mi padre me leyó en voz alta fue El jinete sin cabeza. Y mi cuento favorito era La patita gris, de Dmitri Mamin-Sibiriak, un clásico de la literatura infantil rusa:
“A su hija lisiada la llamaban Seraya Sheyka; tenía el ala rota desde la primavera, cuando la Zorra se acercó sigilosamente a la nidada y atrapó a un patito”. ¿Y cómo no llorar aquí?
Empecé a escribir muy pronto, antes incluso de ir al colegio. Comenzaba los cuadernos por detrás y avanzaba hacia delante. Menos mal que acepté la sugerencia de mi abuelo de escribir de izquierda a derecha, porque a mí me gustaba empezar desde la derecha…
Siempre tuve claro que lo mío era escribir. Y, por supuesto, leer. En casa había una gran biblioteca y, por las tardes, a la luz de una lámpara de pie, se podía ver a toda la familia absorta en sus lecturas.
Voy a ser filóloga, dije. Y todo el mundo se desesperaba. ¿Por qué no química?
Porque no.
Me apuntaba a cursos de periodismo, a grupos de lectura y de escritura. A propósito: en mis primeros años en Madrid también me apunté a uno, en el Museo Romántico. Fue una experiencia genial.
Juré y perjuré que nunca, nunca, nunca iba a trabajar con un ordenador. ¿En qué podía ganarle a una buena máquina de escribir? De hecho, mi primer trabajo de verano fue como mecanógrafa en una oficina de impresión. Y el primer curso que hice en España fue de mecanografía. Gracias a él entré en una empresa multinacional: primero por tres semanas, para grabar datos. En el ordenador. Y ahora siempre voy con el PC bajo el brazo.
En fin: pienso con acento, hablo con acento y escribo con acento.
Prefiero los relatos cortos. Y recortarlos hasta donde se pueda. Entonces es cuando los veo bonitos.
¡Bienvenida!
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