Mientras la Alemania de Hitler invadía Polonia el primero de septiembre de 1939, desencadenando así la Segunda Guerra Mundial en Europa, al otro lado del mundo, en un lejano paraje, una solitaria y triste mujer aguardaba el arribo del tren, de pie sobre las vías, sin saber si se detendría.
Martina había nacido en un añoso circo ambulante, de penosos comienzos y dudoso presente. Fue concebida en una noche de alcohol y locura de los padres: Berta, la mujer que lanzaba los cuchillos, y Adolfo, el domador de serpientes.
Era una niña carismática, amada y consentida por toda la familia circense. Creció entre risas y algunas lágrimas, rodeada de fenómenos, artistas, bailarinas, trapecistas, monos, leones, perros.
El circo, cada año, recorría el país, de norte a sur, de este a oeste, de pueblo en pueblo.
Pero en una noche de estrellas y luna reluciente, la vida nómada de aquellas personas llegó a su fin. El dueño, Guillermo, tuvo un golpe de suerte en las cartas y se apropió de un pequeño parque de atracciones abandonado, situado en un lejano y perdido pueblo.
Cuando todos se enteraron, la felicidad estalló. Festejaron con música, baile y alcohol hasta que el sol comenzó a brillar en el cielo.
Al día siguiente, comenzó el viaje. Guillermo podía imaginar el lastimoso estado en que se encontraba. Diez años hacía, que el viento, las lluvias y el sol eran sus dueños. Y las alimañas. Pero estaba dispuesto con su gente a convertirlo en una gran atracción.
Una noche, luego de la cena, Guillermo habló.
—Amigos. Seremos el mejor circo del mundo. Rodearé los juegos mecánicos con atracciones circenses, tendremos mucha luz con colores y la música será estridente y variada. Compraremos ropa circense moderna para que todos brillen. Venderemos comidas y bebidas, también recuerdos… Así que…¡A TRABAJAR!—fue el grito.
Llegaron a los pocos días. Estaba tal cual lo habían imaginado. El abandono había hecho desastres y algunos se desilusionaron. Fue entonces que Guillermo les recordó lo que les había dicho noches atrás.
Motivados por la arenga, todos, sin excepción, se pusieron a trabajar. La labor fue ardua y agotadora. Alejar a los insectos y roedores, sacar y quemar la mala hierba que ahorcaba cada juego o lo que quedaba de él, limpiar el terreno y emparejarlo con piedra partida.
Los mecánicos comenzaron a arreglar los juegos. Otros a pintarlos, mientras los electricistas instalaban luces en cada rincón. Las mujeres fueron al pueblo a comprar telas para confeccionar distintos trajes. Los domadores se encargaron de bañar y acicalar a sus leones, perros y monos y enseñarles nuevos trucos. Las jornadas daban comienzo al alba y muy entrada la noche seguían trabajando.
Durante muchos meses dejaron su sangre, su sudor y sus lágrimas. El sueño era fuerte. La noche anterior a la inauguración nadie durmió. Se quedaron arreglando sus ropas nuevas, las viejas, lustrando los zapatos, limpiando los elementos de sus trucos.
Esa mañana, muy temprano, caminaron juntos revisando cada centímetro del parque. Todo debía funcionar correctamente. Al terminar, los artistas corrieron a practicar sus números. Al atardecer nadie podía contener la emoción. Cuando se hizo de noche, la ansiedad de todos rugía en el aire.
A las ocho en punto, abrieron las puertas. Las luces llegaron al cielo y la música, hasta las entrañas de la tierra. La gente comenzó a entrar, felices por la reapertura del parque.
Martina era la encargada de vender los boletos en la entrada y darles la bienvenida. Una vez adentro, niños, hombres y mujeres corrían hacia las atracciones: el juego de los espejos, el tren fantasma, la vuelta al mundo, los autos chocadores, las tazas.
Otros iban a la kermés para acertar y ganar el muñeco o el oso de peluche. Por allí estaba la pitonisa, sentada en su mesa redonda, queriendo leerle el futuro a quien se acercara; el hombre que caminaba sobre brasas encendidas, los fenómenos que enseñaban sus talentos, los perros haciendo malabares y muchos actos más. También estaba la ruleta girando enloquecida y entregando premios simples, simpáticos.
Era una marea humana eufórica, que se movía de un lado a otro, riendo, comiendo y bebiendo.
Martina miraba absorta la fila que se había formado hacia afuera. La trajo de vuelta una voz masculina y amable, pidiéndole un boleto.
Cuando la joven lo miró, se quedó boquiabierta. El muchacho solo sonrió.
—Sí, sí, son veinte centavos. Y si necesita algo, me encuentra aquí. Mi nombre es Martina.
—Alfredo…y gracias —respondió. Sin darse vuelta se perdió en la multitud.
La muchacha quedó atónita al verlo, pues recordó haber visto ese rostro en sueños. Y estaba enamorada desde entonces.
Cerca de las once de la noche, Guillermo, el dueño, hizo cerrar las puertas pues ya no se podía caminar en el parque por la cantidad de gente. Martina pudo dejar su puesto para recorrer y disfrutar. Se cruzaba con familiares y las sonrisas estallaban.
En un momento salió del parque a despejarse. Cuando estuvo lejos pudo ver una imagen que no la borraría jamás de su corazón. Eran las luces de la vuelta al mundo contra un cielo oscuro. Se quedó sentada en la hierba, gozando de aquel momento.
Hasta que sintió una voz masculina que le decía.
—¿Puedo sentarme a tu lado, Martina?
Era él.
—No te vi llegar—dijo ella con cierta timidez.
El hombre solo sonrió.
—Debo decir que han hecho un gran trabajo. El lugar es fantástico. Nunca vi tantas almas juntas… divirtiéndose.
—Muchas gracias… Alfredo. Sí, hemos trabajado mucho y… —No terminó de hablar que el muchacho la besó. Martina, sorprendida, se puso de pie.
—¿No es muy rápido? Hemos cruzado pocas palabras, no nos conocemos y me besaste.
No digo que fue feo, pero al menos conozcámonos un poco más.
Alfredo se puso de pie, miró a la joven y habló.
—Mi querida Martina, eres una de las mujeres más bellas que he visto. Ya tus ojos me mostraron tu pasado, presente y futuro. ¿Y sabes qué? He cruzado el mundo buscándote.
Ni te imaginas de dónde vengo ni hacia dónde voy. Te encontré, ya sé todo de ti. Ahora solo quiero que seas mi mujer para toda la eternidad.
La joven se quedó muda, perpleja, sin saber qué decir.
Aquel hombre reconoció su feroz impulsividad y dijo:
—Perdón, tienes razón. He sido brutal y lo lamento. Tómate el tiempo necesario para pensar mi propuesta.
La joven cerró los ojos, aturdida.
Mas cuando los abrió, Alfredo no estaba.
Miró hacia todos lados y no lo halló, por lo que decidió regresar al parque, extrañada.
Allí se cruzó con su madre, que había terminado su acto, y le pidió conversar. Subieron al tren fantasma y le contó lo sucedido.
—Es extraño, hija…Pero bueno, ¿Qué es normal en este mundo? ¿Acaso nuestra familia vive de acuerdo a las reglas de la sociedad? No sé, Martina, solo escucha a tu corazón; él no te va a fallar. Y trata de conocer más de su vida. Sus intenciones han quedado claras por lo que me contaste.
Se abrazaron emocionadas. Al salir, presenciaron el éxodo del público con rostros felices. Al cerrar, celebraron con moderación, pues había que levantarse temprano para limpiar y revisar el funcionamiento de los juegos.
Aquella segunda noche, Martina aguardó con impaciencia a Alfredo, pero no apareció. Sí
lo hizo la gente, que colmó el lugar en pocas horas; venían de pueblos aledaños pues la
voz se había corrido. Lo mismo ocurrió la tercera noche.
Fue en la cuarta que la joven lo vio venir y su corazón galopó como un caballo salvaje.
—Buenas noches —dijo él. —Hola, Alfredo, te estuve esperando. —¿Tienes la respuesta, acaso?
Martina no dijo nada y le pidió a la bailarina exótica que se quedara en su lugar.
Se fueron caminando y llegaron al mismo sitio del primer beso. Allí, la joven se quitó las ropas y ofreció su desnudez a aquel hombre.
—¿Acaso es clara la respuesta? —dijo sonriendo.
Se revolcaron en la hierba por horas. Aquella pasión no tenía límites; los orgasmos se sucedían uno tras otro sin interrupción. Las piernas de ella no se cerraron nunca y él embistió con furia y sin descanso, para llegar hondo, hasta la tierra donde moran las estrellas. Eran una hoguera en medio del desnudo campo.
Al amanecer, extasiados, caminaron hacia el parque. La cama de Martina los aguardaba. A esa hora, la mayoría dormía; solo una mujer los vio pasar.
La pareja se acostó. Al mediodía, unos golpes en la puerta despertaron a Martina.
Somnolienta, buscó con su mano a Alfredo, pero no estaba. Entonces se vistió y atendió.
Era la pitonisa.
—Querida mía… Te vi… ¿Qué has hecho? —dijo.
La joven la hizo entrar y le pidió que tomara asiento. —A ver… ¿Qué hice? No entiendo qué quieres decir. La mujer la miraba, lloraba y balbuceaba palabras en otro idioma.
—¡Pobre mi niña, pobre mi niña! No pudiste verlo.
—¿Ver qué?
—¡Ese hombre con el que estuviste… es el diablo que vino por ti!
La joven se quedó inmóvil. —No, no puede ser. Es una buena persona: dulce, comprensivo… —dijo cuando pudo.
—No lo sabes, Martina… ¿Acaso te dijo quién es, de dónde viene, quiénes son sus padres, qué hacía antes de conocerte o su edad? Pregunta… ¿Siempre lo viste llegar a ti o te sorprendió cada vez que se encontraron?
La joven se quedó muda y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Obtuvo lo que quería de ti y en un tiempo regresará por el hijo que tienes en el vientre.
—No, no y no. ¿Qué hago, mujer? ¡Por favor!
—Debes acabar con esa mala semilla que llevas en tu interior. Luego, luego, veremos.
Martina se quedó inmóvil, pensando. Hasta que dijo: —No y no. Es mi hijo también. Lo tendré, crecerá con amor y será una gran persona. Y no aguardaré a que venga. Me voy a donde no pueda encontrarme. Puedes irte, mujer. Solo te pido que les cuentes esto a mis padres.
La mujer le dio un collar para su protección y algo de dinero; la abrazó y se fue. Martina empacó pocas cosas y huyó sin que la viera nadie. Caminó hasta llegar a la vía y allí aguardó a que llegara el tren. Cuando se detuvo, subió. ¿Su destino? El más lejano.
Fue un largo peregrinaje. Se detuvo en ciudades importantes y en pueblos ignotos donde la población no superaba las veinte personas. Atravesó campos y mares hasta llegar a un convento perdido en la montaña.
Allí se quedó y nació su niño…
@Ricardo Mazzoccone
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours