miércoles, septiembre 2 2026

Preguntas by Nacho Valdés

¿Qué? La primera de las cuestiones parece de evidente respuesta: se ha producido una intervención militar en Venezuela para acabar con el liderazgo de Nicolás Maduro. La claridad de la respuesta adquiere, tras una reflexión más bien superficial, una tonalidad ambigua. No se ha liberado a nadie, como supuestamente venían clamando los voceros de la derecha, más bien se ha materializado el ascenso de las políticas expansionistas y autoritarias alimentadas durante las últimas décadas y aceleradas en el presente. Lo que se ha dado es una llamada de atención al resto del mundo: a amigos, aunque es difícil hablar de socios en este contexto, quizás de sometidos, y enemigos. Estamos, pues, ante un síntoma de una dolencia largamente incubada: ya no hay aliados fiables y no quedan más que restos de los tratados internacionales y de los usos contemporáneos heredados de la Modernidad. Se necesitan nuevos paradigmas para clasificar lo acontecido. También es posible la recuperación del lenguaje pretérito para lo político por lo primitivo de la propuesta geopolítica actual. No hay nada nuevo bajo el sol.

¿Quién? Donald Trump y sus secuaces sería la respuesta fácil, pero debe profundizarse. Quién ha puesto la tortuga en el poste, un tipo así no puede llegar por sí mismo a la presidencia de la primera potencia mundial. Aunque es sitio cómodo para él como alimento para su autoestima, debe ponderarse el apoyo recibido; máxime en un país como Estados Unidos en el que las campañas presidenciales se nutren de fondos privados. Podría argüirse que le han aupado sus votantes, aunque estos necesitan de estímulos: campañas calculadas, redes sociales volcadas en el candidato, victimismo en forma de atentados (no se sabe si reales o ficticios), sensación de superioridad para con el débil que sitúa al elector por encima del inmigrante, derecho del más fuerte como un torpe retorno a una sofística escasamente elaborada y, por encima de todo, la sensación de impunidad vinculada al sentimiento de agravio que se ha ido estimulando con paciencia. Estos son los rasgos del sufragante que respalda a Trump. Ahora bien, tiene cabida una pregunta secundaria: ¿A quién beneficia? En el caso concreto con el que se arranca el texto a la industria petrolera estadounidense. Se ejerce el control de la competencia, el acaparamiento de la producción mundial y el acceso a recursos naturales fundamentales. Ahora bien, es la clase empresarial alzada por el votante frustrado la que encuentra un rédito directo de estas políticas. Gente en las sombras, pero capaces de materializar estos cambios profundos.

¿Cuándo? Ahora es el momento, pero el futuro es el horizonte que toma pie en el pasado. Hay innumerables evidencias del largo recorrido intervencionista de los Estados Unidos en todo el planeta. Ahora bien, América Latina, o su patio trasero como señalan con desdén, ha estado bajo su influencia histórica: ataques, derrocamientos, apoyos y obstáculos dependiendo de la orientación política (no hay más que recordar a Salvador Allende). La administración Trump no solo agrede militarmente, también amenaza tal y como se ha visto en la presión contra la justicia brasileña o los apoyos a grupos políticos neoliberales y tradicionalistas que persiguen la atención estadounidense. En Europa los tentáculos trumpistas también se dejan ver en el respaldo a los radicalismos contrarios a nuestro Estado de derecho, como el aplauso de Musk a los nazis alemanes. La pretensión es dinamitar el sistema desde dentro y esto se produce gracias al alcance derivado de la capacidad económica y el dominio de las nuevas tecnologías; ya ha quedado dicho que están en el mismo barco y quedó de manifiesto en la toma de posesión del actual presidente. No obstante, y si queremos precisar un poco más, es posible aseverar que esto comenzó con el ataque al Capitolio y lleva fraguándose cinco años a los que habría que sumar el primer mandato de Trump. En tan breve espacio de tiempo se ha dado el vuelco necesario como para que no nos sorprenda nada y se acepte con gesto torcido este nuevo escenario.

¿Dónde? El mundo es global y no se puede circunscribir la influencia norteamericana a un solo territorio, aunque sus pretensiones universales chocan con el poderío chino y ruso. Los primeros a la espera, dedicados al comercio, aunque con una férrea dirección política críptica e impermeable a las críticas, algo a lo que pretende acercarse la administración Trump con sus vetos a la prensa, desplantes y frenos para la libertad de información. Las redes sociales monopolizan gran parte del discurso, diletantes al mando de la estrategia de comunicación, aficionados en el sentido de carestía, pues no asumen ningún código deontológico. Desinformación, ocultación, exageración y negación de la realidad para el propio provecho; estos son los únicos principios aceptables. Las cámaras de eco generadas para confundir provocan no pocos problemas para encontrar información veraz. En Rusia ya se ha materializado este cambio, hace tiempo que la oposición, incluida la periodística, está perseguida y clausurada. Se cierra este párrafo destacando las advertencias a Europa, Groenlandia en el punto de mira. Aviso a navegantes.

¿Por qué? Cambio de tendencias, inclusión en lo político de nuevos actores. Los antiguos planteamientos tácitamente aceptados han volado por los aires, se está dando el lógico desarrollo de las propuestas individualistas y agresivas del capitalismo y el libre mercado. Se concibe lo social, entendido en un sentido amplio, como campo abonado para la competencia: gana el que hace la mejor oferta o el que posee el derecho de la fuerza. Prueba implícita de la ausencia de regulación en los mercados, el enfrentamiento es feroz y la gestión de lo público se entiende al servicio de la avidez empresarial. Lo político convertido en un apéndice de lo económico. Rigen los mismos presupuestos: se impone el más fuerte. No hay discusiones al respecto y la opinión popular queda sepultada bajo el peso de las tendencias electorales. Esta preeminencia permite, tal y como se ha expuesto, la dirección de la opinión pública para ofrecer una clara ventaja en el campo electoral. Se genera un círculo vicioso: a mayor empleo de la fuerza, más poder. Esto permite la consecución de una situación ventajosa que, a su vez, consiente con la inclusión de la agresión para denigrar al rival: descalificaciones, mentiras, agresiones, todo vale. No estamos, ni de lejos, ante la defensa de los valores democráticos y humanitarios. Ni están ni se les espera.

¿Cómo? No se trata del simple empleo de la brutalidad militar, pues esto lleva fraguándose a fuego lento más de una década. Este abordaje al poder encuentra su punto de partida con el cambio de mentalidad de la población en las democracias occidentales. Se acepta lo hasta hace no tanto considerado imposible: representantes estultos e ignorantes que hacen de la arbitrariedad su modus operandi. El secuestro del líder en un territorio soberano es el último eslabón de un camino con el que hemos consentido. La clase política ha sido en gran medida fagocitada, se premia la dirección impositiva con la que gran parte de la sociedad se identifica. Hemos claudicado ante el empuje de estos réditos ajenos al interés general. Ha triunfado el provecho particular disfrazado de populismo. Solo queda, pues, la respuesta de la comunidad.


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