Se levantó el cuello del abrigo, caló su sombrero hasta la mitad de la frente y a paso ligero salió a la calle. Empezaba a helar y el viento era extremadamente frío. La plaza que cruzaba todos los días hacía su casa se alargaba a cada zancada que daba. No corría pero iba lo más rápido que podía. Le esperaban para cenar. Era un día especial. Sonó su teléfono móvil pero no se detuvo hasta que no acabó de cruzarla y se puso a resguardo del viento en el atrio de la Iglesia de San Nicolás. Se quitó los guantes, que aunque tenían un dedo táctil para el móvil, a él no le funcionaba, para ser sinceros no le funciona a casi nadie. Se los guardó en el bolsillo del abrigo, sacó su móvil y miró la pantalla. Tenía una llamada perdida de su compañero Antón. Lo desbloqueó para devolvérsela.
— Vuelve, amigo, te has dejado en la oficina una bolsa con un regalo.
— Oh, el regalo del cumpleaños de mi hija, ¡vaya cabeza!
— Si te das prisa, te espero y regresamos juntos a tu casa, me invitaste ¿te acuerdas? Yo también tengo un regalo, aunque el mío es más pequeño y cabe en el bolsillo.
— Voy lo más rápido que pueda.
Más fastidiado que nunca, volvió a pasar por la plaza con un viento infernal que no le dejaba avanzar a la velocidad que él quería.
Por fin en la oficina, recogió todo y salieron para volver a cruzar la plaza por tercera vez.
A modo de broma le dijo a Antón que le iba a escribir una carta al alcalde de la ciudad para que pusieran un toldo o tejadillo o algo que pudiera parar el viento en esta dichosa plaza. Siempre era huracanado.
Entre risas acabaron de atravesarla y justo cuando llegaban al atrio de la iglesia de San Nicolás otra vez sonó el móvil. Esta vez, no se paró ni a mirar quien le llamaba. Solo quería llegar a casa. Encima ahora, llevaba la bolsa con el regalo de la niña encima y no podía meterse las manos en el bolsillo.
— ¿Pero no contestas?
— No – dijo tajante.
— Mira a ver si es el alcalde y pierdes la ocasión de decirle lo de tapar la plaza para que no haga viento.
Las risas duraron hasta que llegaron a su casa donde les esperaban todos.
— Te llamé al móvil y no me contestaste – dijo su mujer un poco enfadada – se ha acabado el hielo y tienes que ir por más.
— ¿El hielo? Saca las bebidas a la terraza y se te congelarán. No hace falta hielo, yo no vuelvo a cruzar la plaza más, es horroroso el viento que hace.
Ella se quedó perpleja porque no esperaba esa reacción, pero lo entendió.
Sin duda, el cumpleaños estuvo muy bien y Antón no dejó de reír en toda la noche a costa de su amigo y compañero y del viento de la plaza.
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