Las dudas fueron sustituidas –no sin algo de vacilación- por la certeza de que debía hacer algo. La inmensa turba caminaba justo hacia el precipicio y, al parecer, ni siquiera lo había notado. Cuando estuve más cerca de ellos creí haber comprendido por completo: todos eran ciegos. Me acerqué hasta uno de los primeros del grupo, lo sujeté por un brazo y le previne, espantado.
–¡Imbécil! –me gritó- ¡Déjanos en paz, no te metas en nuestros asuntos!
Con una fuerte sacudida me empujó y caí al suelo; y aún repetí mi advertencia.
–¿No ves que eso es lo que queremos, probar que el abismo sólo existe para ustedes, los videntes? Lo que no podemos ver no existe, no está allí. Haz la prueba: cierra los ojos y caminarás como si un puente de hierro te sostuviera. Pero claro… nunca lo intentarás, porque sólo eres otro idiota.
Y todos seguían caminando mientras él hablaba. Me incorporé, desesperadamente. Pero ya todos habían desaparecido; no tuve oportunidad…
Ahora, cada vez que veo a un ciego acercarse al desfiladero, simplemente le deseo feliz aterrizaje.
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