Cris cerró con doble vuelta mientras el ascensor sonaba a su espalda. Siempre le llamaba cuando salía, ya que vivía frente al elevador. Ventajas y desventajas de vivir en el centro del pasillo.
Las puertas se abrieron en el momento en que ella quedó frente al elevador. Entró y pulso el 0. Se miró en el espejo y se colocó los auriculares. Buscó la lista de reproducción para entrenar mientras el ascensor la posaba en el portal del edificio. Estaba preparada para correr o eso esperaba, porque en un mes se había apuntado a una carrera bastante dura y no recordaba hacer ese deporte desde el instituto.
—Buenos días Cristina. ¡Qué madrugadora! —saludó la señora Aurea que entraba con su Yorkshire— Y deportista.
—No tanto como usted —sonrío la joven dejándola paso. —Que tenga un buen día.
—Igualmente hija—sonrió mientras el perro ladraba al entrar en el ascensor. —Cristina, te dejas algo aquí.
Cris se dio la vuelta extrañada para ver una bolsa estanca negra que estaba en una esquina del ascensor.
—No la había visto, pero no es mía. Gracias. Y siguió su camino mientras la señora y su perro pulsaban el tercer piso para llegar a su casa.
La señora Aurea intentaba alejar a su perro de aquella bolsa, que alguno de sus vecinos había olvidado, con excesivo esfuerzo. Su perro era pequeño, pero ella era ya mayor y su vitalidad era cosa del pasado.
Algo le llamaba la atención a su perro, que no dejaba de ladrar e intentar olisquearla. Pero ella, con toda la fuerza que le era posible no le dejaba acercarse. Aquello no era suyo, asique nada de jugar con ello, pensó.
Las puertas del ascensor se abrieron en el descansillo de su planta, pero aún tardo más de un minuto hasta que consiguieron entrar en casa. Fue directa a la cocina para poner comida en el plato de su mascota, quien, velozmente y antes de que ella se hubiera retirado, se abalanzó sobre el plato de comida.
—Tenías hambre ¿eh? —sonrío la anciana al intuir el motivo del comportamiento de su perro.
Con los ojos aún pegados, Juan, llamó al ascensor. No debió salir la tarde anterior con sus amigos sabiendo que hoy tenía que repasar con su cliente los últimos flecos antes de que el lunes empezara el juicio.
—Último sábado que trabajo —se dijo a sí mismo, sabiendo que era mentira.
Nada más entrar en el ascensor se percató de la bolsa que estaba en el suelo y salió disparado de nuevo a casa. Tenía tanto sueño, que ni siquiera había cogido el maletín del despacho.
Entró de nuevo en casa y se sentó en la silla del escritorio, sacó su móvil y llamó a un taxi. No estaba en condiciones de conducir, si ya se le había olvidado lo único que necesitaba en la mañana.
Salió de casa y bajó andando hasta la calle, al ver que alguien le había quitado el ascensor. Así haría tiempo a que llegara el taxista, pensó, y despejaría un poco esa resaca que sobrevolaba su mente.
Del ascensor, salía Juliana, una señora de mediana edad con un carrito de la compra. Un cordial saludo se cruzó entre ellos, mientras Juan abría la puerta para que su vecina pasara con el carro de la compra, quien agradeció el gesto del joven.
El taxi esperaba en la puerta y Juan se subió en él, mientras que Juliana se dirigía calle abajo hasta la frutería de Pedro.
Una discusión, como tantos otros días, se intuía en el ático del edificio, donde Roberto y Claudia discutían acaloradamente, mientras buscaban y rebuscaban en la bolsa de deporte una bolsa estanca que Roberto había perdido de camino a casa.
Horas más tarde, de nuevo en el portal, Juan y Juliana se reencontraban, con otro cordial saludo y pocas palabras.
Los dos entran en el ascensor y cada uno pulsó su piso, ella el segundo, él cuarto. Solo un “hasta luego”, cuando Juliana salió del ascensor, se dijeron los dos vecinos mientras compartieron el trayecto.
Cuando las puertas se abrieron en su descansillo, el abogado escuchó a sus vecinos discutir. Su siesta iba a tener que esperar a que aquellos dos se calmaran, pensó mientras entraba en casa. Fue a la nevera, cogió una de sus cervezas premium y se sentó en el sofá, encendiendo la televisión pensando a qué restaurante pedir para comer ese día.
Pedro estaba exhausto por el trabajo en la frutería. Los sábados eran especialmente duros, pero los que coincidían con el fin de trimestre eran mucho más. Pero por fin, era fin de semana para él, a pesar de ser las ocho de la tarde.
Entró en el ascensor y le pareció eterno el tiempo que este tardaba en llevarle al tercer piso. En un rincón del cubículo, vio la bolsa estanca. La recogió y la colocó en la barandilla que había bajo los botones del ascensor. Alguien la abría dejado olvidada. Las puertas se abrieron y recorrió el pasillo que le separaba del descanso merecido.
El despertador sonó en la habitación de Cris, mientras ella, con poca energía lo apagaba. Era el día dos de su entrenamiento, pero su mente la incitaba a que fuera un día de pellas, como cuando le tocaba gimnasia en el instituto. Con desgana, se preparó y se intentó motivar para salir a la calle. Llamó al ascensor y cerró la puerta de casa, mientras este subía en su búsqueda.
Al igual que el día anterior, se colocó los cascos mientras buscaba la música que la acompañaría en tan duro domingo. Se percató de que la bolsa estanca había cambiado de lugar. Sin darle más importancia, salió hacía la entrada, con una canción que le sacó la primera sonrisa del día.
Cuando volvió tras una hora, era una persona nueva, y se encontró a Juan intentando abrir el portal. Estaba claro, que, para él, aún era sábado.
—Buenos días vecino, ¿una noche larga? —sonrío Cris mientras abría la puerta.
Los ojos del muchacho fueron directos al suelo, llenos de vergüenza. No dijo nada, entrando tras ella. Rezó para que la mujer subiera andando, porque él no tenía fuerzas para hacerlo, pero no tuvo suerte y los dos entraron en el ascensor.
—¿Has perdido esa bolsa estanca? —preguntó Cris intentando entablar algo de conversación.
—¿Cómo? —preguntó extrañado por no haber entendido la pregunta.
—Alguien la dejó olvidada. Ayer también estaba. Tal vez sea de alguien de las oficinas del primero.
—Ni me había fijado. Y eso que ayer usé el ascensor en varias ocasiones, creo.
—Eres de los míos ¿eh?, no recuerdas más allá de lo que está pasando —dijo sonriendo mientras el ascensor se paraba en su planta. —Me alegro de verte. A ver si un día nos vemos tomando una cerveza, que seguro que sabes sitios geniales.
Cris le guiñó un ojo y se giró para abrir su puerta antes de que Juan pudiera responder y el ascensor le cerrara una vista increíble.
La joven entró en casa con el corazón acelerado. A pesar de que su vecino oliera a alcohol y estuviera con cara de muerto viviente, hubiera deseado que el ascensor se parara y hacerle todo lo que vivía en sus sueños más inconfesables. Cada vez que le veía se insinuaba, pero él no hacía absolutamente nada. Sonreía, o respondía de forma amigable. Pero le había pillado mas de una vez mirándola el culo y el escote, y eso significaba algo, o era lo que ella pensaba.
Juan se quedó pensando en aquella proposición con parte de su cuerpo rígido, pensando en poder disfrutar de cerca de aquella diosa que el mundo había puesto en su edificio, pero que no era capaz de acercarse a ella. Desde el primer día que la vio, sintió una atracción que nunca había sentido con nadie, y deseaba que algún día, sus cuerpos fueran uno.
Entró en casa y se fue directo a la cama. Escucho de nuevo gritos en la casa de al lado. Daba igual, pensaba dormir con gritos y con excitación incluida, porque pesaba hacer en sus sueños lo que desearía estar haciendo ahora.
Roberto y Clara preparaban las maletas mientras discutían sobre cómo llegar al aeropuerto, y de porqué no haber sacados billetes para ese mismo día. Necesitaban escapar de allí o la cabeza les iba a explotar. La perdida de aquella bolsa era la guinda del pastel. Deberían estar ya tumbados en las playas de Cuba.
Las puertas del ascensor se abrieron y la señora Aurea y su perro entraron para hacer su paseo mañanero. El animal, nada más pasar, se puso a ladrar a la bolsa que hoy se encontraba en la barandilla colgada.
—Ponte como quieras, pero antes de desayunar hay que pasear—riñó la anciana a su mascota.
Al volver de nuevo al edifico, un policía prohibió su vuelta a casa. Tras un cordón policial, sus vecinos Pedro y Juliana observaban la escena. Ella se acercó y preguntó lo que sucedía, pero ninguno supo decirle nada.
Varios coches de policía se agolpaban en la puerta y dos efectivos estaban en la entrada para evitar que nadie pasara sin permiso, y suponían que tampoco salieran. En la cochera, otro coche cortaba el paso a cualquiera que quisiera salir.
La policía estaba en el ático del edifico buscando pruebas, mientras unos compañeros bajaban por las escaleras con un hombre esposado, que gritaba que aquello era ilegal. Nadie le hacía caso, pero su verborrea no cesó ni cuando le introdujeron en uno de los coches de policía y se lo llevaron. Los vecinos que se encontraba abajo, no se sorprendieron al ver quien era el detenido
Mientras, por el ascensor bajaban otros dos policías con una mujer, que aseguraba su inocencia pero que quedó muda al darse cuenta de lo que había colgado en la barandilla.
Desvió la mirada para evitar ser descubierta, pero estaba claro que aquel era el final de los dos. Era consciente de que tarde o temprano aquella bolsa hermética sería abierta y sería la explosión que volaría sus vidas en pedazos.
Pedro salió de casa temprano, como cada lunes. En el ascensor seguía estando aquella bolsa colgada. Si esa noche seguía allí, la colocaría en un lugar más visible.
Ningún vecino la abrió, a pesar de que todos pasaron por el ascensor y se percataron de su presencia en algún momento. Ningún vecino sabía, que, en aquella bolsa, se encontraba un cuchillo. Ningún vecino sabía que aquel cuchillo era el arma de un crimen. Ningún vecino sabía que el asesinato que estaba en todos los medios de comunicación tenía relación con la bolsa que perturbó sus vidas el fin de semana. Ningún vecino sabía que aquella bolsa iba a desaparecer aquella noche y nunca más se sabría de ella.
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