domingo, abril 5 2026

La capa de barniz de Nacho Valdés

Son innumerables las propuestas morales, sociales y antropológicas defensoras de la necesidad de establecer un sustrato ético para disimular, o más bien esconder, las tendencias amorales propias del ser humano. Bajo el rótulo de capa de barniz están amparadas todas las teorías defensoras de la naturaleza agresiva y misántropa de los individuos. Desde el homo homini lupus de Thomas Hobbes, que establecía en su Leviatán la condición egoísta y competitiva del homo sapiens, lo que conducía a la bellum omnium contra omnes, hasta Sigmund Freud y las primitivas pulsiones sexuales y violentas que supuestamente orientan nuestro inconsciente incidiendo en la acción subsiguiente. Esta consideración para con nuestra propia condición determina de manera clara el modo en el que debe organizarse lo político y lo social, pues, si no podemos confiar en nuestros semejantes difícilmente será posible establecer una sociedad igualitaria y fundada en los derechos fundamentales suscritos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Desde luego, este tipo de documentos o proclamas no son más que papel mojado en un cosmos marcado por la competitividad y la falta de escrúpulos puestos de manifiesto por las teorizaciones mencionadas.

La historia está cuajada de ejemplos que conducen a este aserto y son innumerables las situaciones históricas en las que la depredación entre semejantes se ha convertido en la norma. Los casos más flagrantes nos conducen a episodios oscuros como el de nuestra Guerra Civil y posterior dictadura o el nazismo, por ofrecer un par de muestras universalmente aceptadas como aberrantes. Podríamos continuar haciendo una prolija enumeración de acontecimientos luctuosos, pero resultaría algo tedioso y poco efectivo para desarrollar el escrito presente. Queda claro, pues, que las muestras son incontables y podrían desembocar en una concepción antropológica negativa capaz de sumirnos en la depresión o el descreimiento. A esto habría que añadir un presente marcado por innumerables sucesos terribles, tanto colectivos como individuales, que podría terminar con nuestra confianza en el género humano. La prensa, las conversaciones e incluso la ficción parecen regodearse de una circunstancia terrible en la que sería posible encajar a nuestra especie.

El hecho de fijarnos en esta negatividad no implica que sea el elemento determinante para establecer la medida de nuestras acciones particulares y colectivas. Es innegable la existencia de un trasfondo combativo, incluso cruel, entre nuestros semejantes. La selección de eventos particulares puede conducir a esta consideración, pero no por ello debe convertirse en la norma, pues, por un lado, debemos marcar cierta distancia para con el relato heredado y, por otro lado, resulta patente nuestra capacidad para salir adelante de manera solidaria. Los acontecimientos pretéritos, si bien pueden enjuiciarse desde una escala de valores actual, cuenta con una perspectiva propia que los convierte en categorías en cierta medida independientes. Por ejemplo, podemos hacernos eco de la Grecia clásica y sus virtudes fundadas en el heroísmo, la amistad o incluso hacer mención del modelo democrático y asambleario como muestra de la colaboración en el seno de la comunidad. Ahora bien, también es posible poner de relieve el carácter aparentemente injusto de una sociedad esclavista en la que, de manera natural, tal y como defendía Aristóteles, se entendía que existían individuos marcados por la sumisión y otros por el mando y la autoridad. Podemos, sin irnos tan lejos, congratularnos por la defensa estadounidense de la libertad, la democracia y los valores emanados del Estado de derecho. Aunque, por otro lado, también se trata de la única potencia que ha empleado un arma atómica contra población civil, ha derrocado gobiernos y realizado asesinatos selectivos en América latina o, por terminar con la breve enumeración, se dedica a día de hoy a las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe bajo el pretexto de acabar con el narcotráfico. Todo, pues, depende en cierta medida de la perspectiva que queramos adoptar y los casos que pongamos de relieve. Sin embargo, bajo la violencia explicitada nos encontramos a los seres humanos conformando innumerables comunidades a lo largo del tiempo.

Queda clara nuestra fascinación por lo truculento, pero esto no es más que una herramienta evolutiva que nos permite percatarnos del peligro o de las situaciones de algún modo comprometidas para nuestra integridad. Lo cotidiano y dentro de la normalidad no es destacable precisamente por su falta de novedad. Que todos los días el panadero esté en su negocio, que vayamos a trabajar, que salgamos a tomar algo el fin de semana o que el vecino del tercero se haya comprado un coche nuevo no son elementos que llamen nuestra atención por su vulgaridad. Sin embargo, si el mismo panadero no acudiese a su negocio o si el mencionado vecino fuese un tipo hosco y taciturno que no da los buenos días sería un problema que estaríamos tratando con cierto grado de preocupación. En definitiva, es lo anómalo lo que despierta nuestra curiosidad dado que desde un prisma adaptativo podría suponer la diferencia entre la supervivencia o el peligro mortal. Es por esto que dedicamos innumerables horas al consumo de ficciones terroríficas y que ahondan en las facetas más oscuras de la humanidad. Tampoco hemos inventado nada, la cultura griega hacía esto mismo por medio de la tragedia que llevaba a la catarsis del espectador. De esta manera, somos capaces de procesar emociones difícilmente digeribles al margen de este tipo de narrativas.

De manera concluyente, y frente a esta tendencia a lo macabro, la única realidad clara y patente es que somos capaces de organizarnos en innumerables modelos sociales que, al fin y al cabo, se establecen sobre algún tipo de solidaridad comunitaria, pues, en caso contrario, resultaría imposible que ningún conglomerado humano prosperase. En último término, la cooperación se ha vuelto ineludible y el género humano se ha convertido en la especie dominante del planeta gracias a nuestra capacidad intelectiva que, en último término, consiente con las organizaciones complejas que hemos desarrollado. A pesar de las catástrofes puntuales a las que asistimos podemos sostener que la vida y redes de cohesión entre los individuos no han hecho más que mejorar, aunque, en última instancia, sigamos fascinados por el terrible espectáculo de la brutalidad. Son millares los ejemplos que podríamos traer a colación, pero se enmarcan en el terreno de lo habitual y, por este motivo, no despiertan nuestra atención. Contamos con una aplastante mayoría de individuos que colaboran o mejoran su entorno, que se preocupan por los demás o que hacen de su profesión, como los profesores, sanitarios o cuerpos de seguridad del estado, una extensión de la cohesión que verdaderamente nos caracteriza. Sería importante, frente a la corriente de negatividad e individualismo que nos envuelve, destacar estos casos que permiten la construcción de la vida en común.


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