miércoles, julio 29 2026

Dono mi cuerpo a la ciencia por Mirna E. Gennaro

Elías Rosenberg estaba en la puerta del galpón del que nadie salía. O, por lo menos, nadie salía con
vida. En su rostro se reflejaba el miedo y el hambre por partes iguales. Su espíritu casi quebrado lo
hubiera impulsado a pedir clemencia a sus agresores, pero su mente clara le indicó que no era una
buena idea, porque a los que se atrevían a hablar les rompían las piernas.

La cámara de gas funcionaba a pleno. Por una puerta, entraban de pie. Por otra, salían en camillas
o en carretillas, apilados. No había más opciones. Solo las había al salir. Unos médicos
seleccionaban los especímenes más interesantes e indicaban a los guardias que condujeran esos
cuerpos a una universidad donde trabajaba el Dr. Pernkopf, donde se reunían con más cuerpos
procedentes de ejecuciones en Viena.

Allí se operaba la transformación. El arte de la aniquilación y el arte del dibujo se ponían de
acuerdo para plasmar músculos, órganos, todo lo que resultara de interés científico, en detallados
dibujos que formarían parte de un manual precioso para cirujanos. Tanto arte se ponía en práctica
que las imágenes parecían un despiadado homenaje a tanta muerte insensata.

Algunas décadas después, Ariel Rosenberg, descendiente de los pocos Rosenberg que habían
alcanzado a emigrar de Alemania, antes de la guerra, debía ser operado de una dolencia en su
estómago. El cirujano, uno de los más renombrados del país, abrió su libro de cabecera para
planear la operación. Cada detalle del dibujo de la zona a intervenir parecía un calco de los
órganos, de los tejidos, de la realidad.

Si Ariel Rosenberg hubiera sabido de dónde procedía el arte que asistía a su cirujano, tal vez
hubiera desistido de operarse con él. Ese día no lo supo. Pero tiempo después, cuando fue a
consulta para controlar el resultado de la intervención, vio el libro sobre el escritorio de su
médico.

─Este libro es alemán, ¿verdad? —dijo en alusión al Atlas de Anatomía de Pernkopf.

─Sí. Es un manual muy bueno y completo. Tiene imágenes muy precisas.

─¿Sabe que las imágenes provienen de los cadáveres de judíos, gitanos, homosexuales y otros
perseguidos por el régimen nazi?

El médico se lo quedó mirando. Abrió el libro, buscó la nota de edición: “Primera edición, Frankfurt
1937”.

─No lo sabía ─respondió el médico que, para aquel entonces no había nacido.

Corría el primer año del nuevo siglo. Ariel Rosenberg llegó a su casa y se quitó la camisa. Se paró
delante de un espejo y miró su cicatriz aún rosada. Tomó un cuchillo y abrió la costura. Sus
vísceras saltaron al exterior. Con un último y penoso esfuerzo, tomó el celular, sacó una foto y la
envió.

El destinatario, su médico, recibió la imagen y vio con espanto la lenta agonía a la que se había
sometido a sí mismo su paciente. Sin perder tiempo, llamó al servicio de urgencias, pero llegaron
demasiado tarde.

Junto al cuerpo sin vida se encontró una nota: “Dono mi cuerpo a la ciencia”.

@Mirna E. Gennaro

@Imagen Pinterest


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo