La primera vez que franqueé la entrada de mi estudio me sentí como atrapado por el abrazo de un oso. Pasado el tiempo, sentía que las paredes se desvanecían y aminoraba la sensación de agobio.
Mi hogar en planta baja es solitario y gélido, como mi corazón desde hace un tiempo. Tan helado está que no siento sus latidos. Busco refugio junto a la chimenea que no tengo.
Es la hora del desayuno. Últimamente no como nada. He adelgazado tanto que los huesos se adivinan bajo estos trapos que me cubren.
Hoy es domingo, mis padres han venido a verme. Oyen pesarosos cómo las campanas tocan a muerto. Después de misa habrá lágrimas en el cementerio y alguna oración de despedida.
Me conozco bien el camposanto y cuando salgo de mi morada observo lo que ocurre en el recinto. Ya llega la comitiva y extraen el ataúd del coche fúnebre. Lo pasean unos cincuenta metros a hombros de los seres queridos del difunto, para acabar introduciéndolo con precaución en un nicho situado en primera planta. Se filtra desde mi techo el ruido del deslizar del féretro. Mañana saludaré a mi nuevo vecino.
@ Imagen Pinterest
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