jueves, septiembre 3 2026

MY GENERATION by Esther Bajo

“La tarea del ciudadano es recordar todo aquello que hemos abandonado”, Walter Benjamin.

 

Nací en 1960. Estudié en un colegio de monjas en el que también había niños, pero en un piso superior, al que sólo accedíamos las niñas como castigo y ese castigo pasaba, indefectiblemente, por la humillación. Cuando entrábamos en clase, cantábamos el Himno Nacional –“Viva España, los siglos de los siglos del pueblo español, que vuelve a renacer”, etcétera- y la divisa del colegio era la igualdad (aunque no, no eran monjas comunistas), porque se hacía todo lo posible para que ninguna niña destacara. Por lo demás, tengo los magníficos recuerdos que cualquiera suele tener de su infancia: monjas muy queridas (y otras de  pesadilla), algunas amigas del alma, los juegos infantiles en la plaza y el programa de la tele durante la merienda de pan con nata y azúcar, “Los chiripitifláuticos”, de los que cincuenta años después aún recuerdo las canciones. Fugazmente, también pasaron por la pantalla los vaqueros de “Bonanza”, los alienígenas de “Los invasores” y, con el tiempo, Heidi, Marco, la abeja Maya y la maravillosa Pipi Calzaslargas. La banda musical de mi infancia fueron las canciones de Palito Ortega, Karina y Raphael, aunque tangos y boleros estaban siempre en boca de mis padres. Lo mejor de todo, el domingo: en verano iba con mi madre a comprar un helado de mantecado a La Coyantina o con mi padre a tomar yogur en El Vitoria; en invierno, iba al cine de los Padres Franciscanos a ver una película con mi padre y mis favoritas eran también las suyas: Luis de Funes, Fantomas y el Gordo y el Flaco, con las que nos reíamos mientras nos sacudíamos las cáscaras de pipas que nos caían de arriba, hasta la gran revelación, que pude ver en un cine “de los de verdad” con mi madre: Mary Poppins, en el Cine Azul.

Veía la televisión, al principio, del lado exterior de la cristalera del Bar Begoña, sin oír nada y viendo poco, porque los reflejos del cristal y los parroquianos de la barra creaban más sombras de las que la pantalla en blanco y negro ya tenía. Después, veía la televisión en casa de mis tíos, que vivían un piso más arriba y nunca olvidaré los tres acontecimientos que reunieron a toda la familia ante el pequeño televisor: el asesinato de Kennedy (el de Robert, en 1968) y, al año siguiente, la llegada del hombre a la luna y el concierto de Navidad de Raphael.

Pertenecí a la última promoción del Bachillerato (había Elemental y Superior), que realicé enteramente en otro colegio de monjas, pero éstas eran peculiares porque no llevaban hábito ni exigían uniforme, las Teresianas, y mi madre las eligió porque daban un poco más de importancia a los estudios que otros colegios femeninos; por decirlo de algún modo, contemplaban la posibilidad de que las mujeres llegaran a tener una profesión que no fuera la de ama de casa o, al menos, buena conversación con un marido de profesión liberal. Así que teníamos buenas profesoras, por ejemplo, de Matemáticas.

Y allí estaba, en el último curso del Bachillerato, cuando cumplí 15 años (iba un año adelantada) y apenas llegamos al colegio se nos informó que volviéramos a casa, que ese día no habría clases porque el país estaba de luto: había muerto Franco. Yo no le tenía simpatía, porque mis hermanos mayores ya estaban en la Universidad y, por tanto, eran de izquierda; incluso llevaban a casa libros prohibidos, como el Manifiesto Comunista –aunque Mafalda era mejor guía política que Marx-, además de discos de Quilapayún y Paco Ibáñez. Yo me fui directamente al Barrio Húmedo, a ver si encontraba amigos con los que comentar la noticia y, efectivamente, encontré a algunos. Nos pasamos por dos o tres bares a tomar butano y en todas las mesas reinaban el silencio, las sonrisas y los brindis mudos y cómplices.

Comenzaba la Transición, una época en la que los protagonistas de la dictadura se dejarían –no hubo más remedio- acompañar de sus antagonistas en un juego de la cuerda en la que unos tiraban hacia la democracia y otros hacia el inmovilismo. Ganó el cambio, por supuesto, pero las fuerzas eran muy poderosas en ambos sentidos y esos cambios no estuvieron exentos de grandes sustos, como el golpe de Estado del 23-F, de una enorme represión (se calcula en cerca de 700 las personas que murieron en esos años víctimas de la violencia policial y política) y de bruscos bandazos. Los adolescentes, por supuesto, queríamos más y más; queríamos la revolución, la utopía, una sociedad en la que nada oliera a rancio.

Después de la pandemia, cuando empezaron las vacunaciones masivas por orden de nacimiento, tuve la ocasión única de reencontrarme, en una larga cola, con el resto de mi generación. Era, en ese momento y también ahora, muy crítica al respecto. Creo que pertenezco a una generación que ha esquilmado hasta extremos inconcebibles y quizá irreversibles el Planeta; que ha malcriado a sus hijos y ha dejado sin futuro a sus nietos. Sin embargo, reconozco que mirando una a una a todas las personas nacidas en el mismo año que yo, puestas una detrás de otra como en una exhibición, sentí un cierto orgullo. ¡Qué poco nos parecemos a los sesentones que fueron nuestros padres y, por supuesto, nuestros abuelos! Sobre todo, ¡cuánto nos parecemos a nosotros mismos! Educados en una auténtica sinrazón y una sociedad hipócrita, clasista y represora, hemos conseguido llegar hasta aquí siendo lo que elegimos ser. Escuchamos la misma música. Hemos conseguido adaptarnos a todo lo nuevo, pero vestimos con el estilo que elegimos de jóvenes, inasequibles al estado civil o a la vejez: somos más libres y más nosotros y nosotras mismas de lo que han sido todas las generaciones anteriores.

Ese íntimo orgullo requiere también reivindicación porque mi generación, la que dio sus mejores frutos entre la muerte de Franco, en 1975, y el triunfo de la socialdemocracia, en 1982, supo construir su identidad –cultural, política y ética- sin ningún referente y transgrediendo la establecida. Emparedada entre “los héroes de la Transición” y “la Movida”, fuimos los artífices de la contracultura y de los primeros movimientos feminista, ecologista y pro derechos de los homosexuales y, en León, fuimos el último gran movimiento juvenil; el que, por ejemplo, puso en marcha la Universidad, el que se la jugó en Riaño y el que consiguió –en uno de los actos más románticos de nuestra historia reciente- que el edificio Pallarés sea hoy el Museo de León en lugar de un edificio de oficinas.

Conscientemente desmovilizada y relegada al olvido a lo largo de los años 80 y 90 por la nueva clase política del “pelotazo” y la “beautiful people”, lo cierto es que aún podemos ser un ejemplo para las nuevas generaciones que, como nosotros, se encuentran en la encrucijada entre dos mundos, separados por una profunda brecha que han creado la globalización, el neoliberalismo y la tecnología; factores que les aboca hacia un futuro más que incierto para el cual quizá hayan de utilizar la fórmula que utilizamos nosotros: creatividad y altruismo.

 

 

Esther Bajo


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