Es la voz del hombre y de la paz,
cuando sin maldad e inocencia,
agazapa la nostalgia
en cualquier esquina de su embriaguez
sin temer a la cólera divina,
aunque martilleen los hierros del pecado
y entre el lodo abandonen otros a sus muertos.
¡Solo escuchen mi canto!
Son lazadas de amor en las memorias,
que se elevan al aire en un cristal de rizos
donde el corazón de bronce la perpetuidad eterniza
en locas turbas que a la luz refulgen,
y no hieren las voces del escarnio
ante el terror de las tormentas en otros pueblos.
Dice el poeta, en el carisma de las fuentes,
que los pies horadados son alma de todo tormento,
más no es la espina la que apuñala la rosa,
ni las hojas muertas las que incógnitas encierra.
En el herbaje de la tierra negra
hay cierto lugar que a la tristeza alegra
porque el rugido de la mar está tranquilo
y en heráldica vigilia se escuchan místicos rezos,
retumba la voz del hombre que vive en paz
sin levantar su voz, cobarde que idolatra su suerte.
@Esther Martínez Carne
@Imagen creada por IA
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