No era la primera vez que aparecía. Otras noches, boca arriba en la cama, había sentido todo el peso sobre el pecho, hasta que dejaba de respirar completamente y los monitores empezaban a alarmar a las enfermeras por la insuficiencia cardio respiratoria. Entonces venía el oxígeno, los fármacos intravenosos, la reanimación… que nadie lo tomara en serio cuando explicaba lo que ocurría… la palabra «demencia»…
_ Son por lo menos ochenta kilos de bicho huesudo sobre mis costillas_ trataba de hacerse entender_, ¡como para no ahogarse!
Y aquellas miradas de compasión, como cuando un niño te cuenta alguna fantasía en el parque.
Esa noche, fue distinto. El anciano estaba armado con el cuchillo de untar. Me reí en su cara por lo pueril de la defensa, y me encaramé a su débil tórax, que crujió bajo mis pesados huesos. Pero entonces, lo que me había parecido infantil, fue letal. Con el cuchillito de la mantequilla, cortó el cable del oxígeno. Volví a reír, sin percatarme de que en la otra mano, tenía un mechero. Mi oscura capa ardió de inmediato en una brutal llamarada que me obligó a huir chamuscada mientras acudían a auxiliarlo.
¡Tipo astuto, el anciano! Pocos, muy pocos habían conseguido burlarme.
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