viernes, septiembre 4 2026

Mujeres en femenino y en plural.-En cualquier lugar por Yoly Hornes, nueva autora de Masticadores

Mis ojos distraídos y dispersos recorren indiferentes la sucesión de cuadros. Hasta que aparece ante
mi vista uno que me deja clavada en las imágenes, imán sin escapatoria. Más que un cuadro es un
espejo. Un espejo deformante.

Habitación desnuda. Interior impersonal y frío. Un hombre y una mujer en esa sala pequeña,
encerrados en una atmósfera irreal. Él lee un periódico. Ella parece aburrida o pensativa, lánguida.
Sentada de lado al piano, juguetea con las teclas con un solo dedo. A pesar de la presencia de ese
instrumento musical, la imagen me sugiere silencio. Un silencio pesado, denso, pegajoso.

Hace calor. Tal vez esperan algo. Tal vez han dejado de esperar y simplemente están ahí. No parece haber tensión entre ellos, tampoco comunicación. Relajados pero inexpresivos. La vida que transcurre afuera, con sus prisas y paisajes, no les afecta en absoluto. Lo que tenga que pasar ha de surgir de adentro. De adentro de la habitación. De adentro de ellos mismos. O tal vez podría nacer afuera del marco que recorta la escena e intentar traspasar ambos mundos.

No beben, no fuman, no comen, no hablan. El cuadro está teñido de mutismo. A medida que persisto en mi observación, que mantengo en ellos mi mirada, pienso que no se importan, no se odian pero tampoco se aman. Sin embargo, se necesitan para que todo siga igual. De alguna manera que no entiendo, ella está secuestrada, encerrada voluntariamente en esa habitación donde el aire está viciado, el justo para continuar respirando. El hombre sabe que ella está allí y con esa presencia silenciosa se conforma. No se percibe violencia alguna, ni miedo, ni siquiera disgusto. Pareciera que la mujer se hallara instalada en un mínimo de comodidad que no quiere perder.

Desea quedarse allí, no volver a su vida anterior a este encierro.

Él no parece un mal tipo ni un criminal, tal vez ni siquiera se considere un secuestrador y, desde
luego, no le interesa cobrar un rescate. La recompensa es que ella se quede a su lado sin molestarlo.
Si espera instrucciones de afuera, desea que no lleguen nunca (así prefiero imaginarlo).

Una especie extraña de síndrome de Estocolmo pero mutuo, de los dos. Ni contigo ni sin ti. Algo
así. Dos seres solitarios compartiendo una vivienda. Sólo eso y el vacío. Una atmósfera plúmbea,
mínimamente amueblada. Una habitación. Ni siquiera una casa o un apartamento. Mucho menos
una vida.

Los espío a través de la ventana abierta, desde afuera. Desde afuera de la habitación, desde afuera
del cuadro. Desde afuera de esa vida que no es vida. Quiero imaginar la historia que los une o que los separa, o que, al menos, los mantiene allí, así, impávidos e inmóviles. Qué hilos, qué incomprensibles incentivos o motivaciones los han puesto ahí. Por qué se quedan. Por qué persisten.

Ella piensa, deja pasar el tiempo.

Él no piensa nada. Llena su indiferencia con las noticias y los titulares de un periódico cualquiera que, a lo mejor, ni siquiera lee. Sólo un sitio al que dirigir su mirada para no mirar hacia dentro de sí
mismo o hacia el techo. O hacia ella.

La mujer intenta con denuedo recordar cómo era su vida de antes del cuadro, de la habitación. No lo consigue. Está seca de recuerdos. Imágenes demasiado vagas o dispersas como las de un sueño que se deshilacha cuando uno quiere recordarlo. Por suerte hay un piano. Aunque ella no sabe tocarlo, igualmente ha abierto la tapa.

Sentada de lado en la banqueta, descansa con laxitud su brazo izquierdo en la madera lustrosa del
borde. Con un dedo de la mano derecha recorre el teclado por la superficie. Lentamente. De tanto entanto presiona alguna tecla y surge un sonido roto, una nota discordante. Cada nota, una
oportunidad perdida de recuperar imágenes del sueño de su vida anterior.

No consigue recordar cómo sonaba su nombre ni desde cuándo este vacío. Esta extrañeza de sí
misma. Lo que no tiene nombre no existe. Ella necesita existir. Se mira los brazos y las piernas. Es muy blanca. Es patente su palidez comparada con la piel tostada del hombre. Por eso piensa que podría llamarse Blanca. O Clara. O Alba. O soy soy yo quien lo piensa. Es igual. Decido llamarla Alba. Blanca me parece demasiado evidente. Clara, demasiado literario. Alba me gusta, porque evoca resonancias irreales e inasibles, como el cuadro. Alba, entonces, ha intentado el diálogo varias veces, ha lanzado con timidez algunas preguntas:

¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué hacemos aquí? ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? ¿Cómo te
llamas? Y la principal cuestión: ¿Por qué no me hablas? El hombre no responde ni una palabra. Me da rabia su silencio deliberado. Por eso a él, como represalia, no le pongo un nombre. No me hace falta. Si no quiere hablar, que no hable. Él se lo pierde. Tal vez no tenga nada que decir, el pobre.

Si Alba recordara al menos de dónde viene, de qué infancia, de qué ilusiones o proyectos…

Están en Nueva York, pero creo que Alba no lo sabe. Yo sí lo sé porque he visto el título del cuadro:
“Room in New York”, de Edward Hopper, 1932.

Nada. Sólo el silencio roto por momentos por el sonido desafinado de las notas del teclado y esos
nombres que acabo de regalarle para que, por lo menos, pueda nombrarse a sí misma. Blanca. Clara.
Alba. Que ella elija cuál le gusta más. Yo la seguiré llamando Alba. Son nombres que significan
algo, son atisbos de colores para ella, que está fuera de sí misma.

Es un comienzo, algo de lo que partir, el sentido de la vista. Sabe que su vestido es rojo y que su piel es clara. Blanca, como las teclas blancas del piano. Luego están las teclas negras. Y las letras negras sobre el periódico blanco que el hombre ojea u hojea. Sin hache o con hache, la letra muda, como el mutismo oscuro del hombre que, de tanto en tanto, se digna mirarla con una mirada extraña y triste.
Alba deja de insistir. Los primeros días, cuando se instaló el silencio, había deseado escapar, liberarse, salir al exterior y recordar qué colores o qué sonidos latían afuera. La ventana es grande y
permanece abierta de par en par, pero desde la habitación no se ve la calle. Sólo una especie de
patio mal llamado “de luces”, un patio, digamos, de sombras y un paredón sucio, grisáceo.

Tiene que centrarse en esa grisura del hueco y en ese silencio obligado sólo interrumpido por las
notas del piano y en esos colores que le van descubriendo, aunque más no sea, algo del mundo
exterior. Las paredes amarillas. El sillón rojo, como su vestido. El piano, negro. La puerta, la mesa,
los marcos de los cuadros, de madera marrón. Pasa sus manos sobre la superficie de la madera.
Ahora tiene también el tacto. La madera rugosa de la puerta y de la mesita redonda. La madera
lustrosa y tan suave del piano negro. Suave. Su piel es suave y fina. Como fino y suave es el marfil
del teclado que tal vez Alba supo tocar alguna vez aunque ya no lo recuerde.

¡Comprendo tanto su desazón y su desidia!

Es que también yo estoy aquí encerrada con un hombre callado que lee.

Para entretenerme, he hojeado un libro que me salvara de la desesperación. Es un libro de arte con
reproducciones de cuadros de Hopper que he sacado hace un rato de la estantería.

Y me he detenido en este óleo en el que creo leer o explicar qué diantres sigo haciendo aquí. Por
qué este hombre ya ni me habla. Por qué tiene tanto interés en un periódico interminable que a
veces es la televisión o el ordenador o los auriculares con la música, y casi nunca parece ser
consciente de que existo, de que respiro a su lado.

Yo no tengo un piano a mano. Y de verdad que ya no recuerdo cómo hemos llegado hasta aquí él y
yo. Cómo pudimos venir a parar a tanto silencio y a tanta opacidad.

Y no he perdido la memoria como Alba. Sólo me he perdido a mí misma y ahora no sé cómo hacer
para encontrarme.

Nada me impediría abrir la puerta, que ni siquiera está cerrada con llave, y marcharme, cuando
quiera, donde quiera, de esta casa de donde hace ya tiempo se han ido los chicos que la llenaban de
voces y de risas, de esta habitación que no está en Nueva York, de este cuadro gris cada día más
vacío y depresivo en que se han ido quedando secuestradas nuestras vidas.

No, nada me impide irme. Escapar de este marco gastado sin imágenes ni palabras.

A lo mejor mañana reúna fuerzas y el impulso necesario para acabar con este infierno callado.
En fin. Si no lo consigo, siempre puedo coger algún otro libro al azar de la estantería.

Por suerte tenemos los libros que nos habitan, que nos permiten vivir otras vidas, aunque es
inevitable que siempre acabemos leyendo la misma historia, la nuestra. Algún otro libro de arte o
alguna novela larga que se me convierta en camino, en aire, en impulso para salir de una vez sin
mirar atrás.

-Bueno… Me voy a acostar -le anuncio como cada noche, con un suspiro cansado.

-Vale -responde él, con el tono amable y monótono de siempre-. Hasta mañana, querida.

“Querida”, dice.

@Yoly Hornes

@Imagen Pinterest

 

YOLY HORNES nació en Buenos Aires, Argentina, en 1953. Es escritora y Licenciada en Filología Hispánica. Ha coordinado talleres de Escritura Creativa y Clubes de lectura.

Publicaciones: El hombre de los besos oceánicos (Harlequin, finalista de novela romántica, 1998), El juego del espejo (Nihil Obstat, 2000), Relatos de intimidad (Carena, 2010), Emma y sus sueños olvidados (novela juvenil coescrita con Rubén Mettini, Seleer, 2012), Nosotros mismos (coescrita con Francesc Mercadé, Carena, 2012), Problemas de Paula (novela infantil, Seleer, 2017) y Juego limpio, (Con M de Mujer, 2024). Finalista en certámenes literarios, publicó en revistas y antologías.

¡Bienvenida!


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