La humildad es esa luz tenue que no deslumbra, pero orienta.
Cuando se comete una torpeza —una palabra fuera de lugar, un gesto precipitado, un silencio que hiere— el orgullo levanta murallas y la soberbia inventa excusas. Pero la humildad… la humildad desarma.
Pedir disculpas no es inclinar la cabeza por debilidad, sino por valentía. Es reconocer que no somos infalibles, que nuestras manos también tropiezan, que nuestras palabras pueden hacer daño
Hay grandeza en quien sabe decir: “Me equivoqué.”
Porque en esa confesión breve habita algo inmenso: la conciencia de nuestra imperfección y el deseo sincero de reparar.
La humildad no borra la metedura de pata, pero la transforma. Convierte el error en aprendizaje, la herida en puente, la distancia en posibilidad.
Y al final, pedir perdón no nos empequeñece; nos humaniza. Y nos engrandece
Albacete, 18 de febrero 2026
María de los Ángeles Díaz-Marta ha sido librera y escribe (madiazmarta@gmail.com).
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