Era sábado y por eso Papá vino antes de la oficina. Porque era sábado y porque había ocurrido algo extraordinario. Yo estaba jugando, como siempre, con una de mis zapatillas. Jugaba a que era un barco y mi muñeco del ratón Jerry navegaba por el mar de baldosas del suelo de la cocina. Papá llegó con prisa y, después de darle el beso a Mamá, dijo: “Nena, me llevo al niño para que vea la nieve”. ¿Nieve? ¿Qué será eso? pensé mientras Jerry fondeaba su lancha cerca de la costa Alfombra.
Papá me puso el abrigo nuevo, los zapatos gordos y el pasamontañas. Bajamos corriendo las escaleras y salimos a la calle. Hacía frío. Mientras caminábamos hacia el jardín, Papá me explicó en qué consistía eso de la “nieve”. El jardín estaba blanco por todas partes. Y como había salido el sol, todo brillaba como cuando acompaño a Mamá a secar las sábanas en la hierba.
Me gusta ir al jardín a jugar con otros niños. Mientras las madres se sientan en el banco a charlar y darnos la merienda. Me gusta jugar con los niños y las niñas menos con la niña que me aplastó el dedo con una piedra. Fue cuando estaban construyendo las aceras de la plaza. Los niños correteábamos entre los bloques de granito. Y esa niña me llamó y me dijo: “pon aquí el dedo”. Yo puse el índice de mi mano derecha sobre el granito, y la niña me lo aplastó como si fuera una nuez. La uña se me puso morada y Mamá me puso una tirita. Al día siguiente la uña se me cayó y pensé que que me quedaría sin uña para siempre. Pero luego, no sé cómo, me volvió a salir. Al principio estaba blanda, pero luego se puso como las demás. Pero el sábado de la nieve no había niños en el jardín. Estábamos sólo Papá y yo.
Tocamos la nieve, que estaba fría y se deshacía. Jugamos a hacer bolas de nieve y tirarlas lejos. Al cabo de un rato Papá dijo que ya era tarde y que había que volver a casa a comer con Mamá. Y como yo no me quería ir, quería seguir jugando con la nieve, Papá me hizo una bola grande de nieve y nos la llevamos para casa.
Al llegar a casa, Papá y yo metimos la bola de nieve en la nevera, en un platito para que se conservara. Durante la comida le contamos a Mamá nuestra aventura con la nieve. Que era blanca y muy brillante. Que se deshacía al tocarla. Que se podían hacer bolas y tirarlas lejos. Que hacía ruido cuando la pisabas.
Al día siguiente, domingo, nada más levantarme fui corriendo a la nevera a ver mi bola de nieve. Pero cuando llegué ya no estaba. En su lugar, en el plato sólo había agua. Papá me explicó que la nieve se había derretido y convertido en agua. Quise salir a recolectar más nieve, pero el jardín ya no estaba blanco. La nieve había desaparecido y se había convertido en agua. Le pregunté a Papá cuándo volvería a nevar. Me dijo que no se sabía, pero que era muy raro que nevara tan cerca del mar. Durante las siguientes semanas, cada vez que íbamos al jardín yo esperaba volver a ver la nieve. Pero nunca más volvió.
Veinticuatro años más tarde volvió a nevar a nivel del mar. En Vigo, en el parque del Castro. Pero para entonces, ni yo ni Papá estábamos ya allí.
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