Los recreativos by Nacho Valdés

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Los que crecimos en los ochenta y noventa recordamos con cariño los recreativos. Locales cerrados, cuajados de máquinas arcade, billares, pinballs y futbolines. Todo un universo lúdico que también funcionaba como núcleo de la vida social. La organización de estos lugares solía responder a los mismos parámetros: maquinitas contra la pared, futbolines entre medias y, en una zona aparte, el billar y los flipper. Todo vigilado por el encargado, señor que se nos antojaba muy mayor y que cargaba con su zurrón repleto de monedas de cinco duros para ofrecer cambio. En mi caso, un tipo afable que nos vigilaba y cuidaba sin paternalismos. Si tenía que darte una colleja te la daba y si veía alguna bronca la cortaba de raíz. Un buen hombre. Cada cual contaba con una ubicación natural y poco a poco se iba ascendiendo en la jerarquía implícita en este ecosistema. Cuando eras muy pequeño entrabas con cierto temor. Observabas con disimulo a los mayores con sus pitillos en la boca y sus poses adultas, y te sentías fuera de lugar; temías ser descubierto como una especie de infiltrado. También estaba por ahí la chica que te gustaba y que no sabía ni que existías. Una oleada de estímulos incontrolables para un adolescente recién lanzado al mundo.

De manera progresiva te ibas adaptando y hacías de este entorno el lugar de reunión para quedar y después dar una vuelta. En esa época la zona de billar y pinballs estaba restringida, aunque los adultos no se fijasen lo más mínimo en ti. Era territorio vedado y exclusivo para los decanos del barrio. Pasaban los años y te hacías tu propio hueco: los futbolines suponían la primera parada y un hito recurrente, siempre resultaba motivador entrar en una partida después de dejar la moneda como reserva en el lateral del terreno de juegoEra habitual contar con alguna pareja de baile para complementar tu juego. A mí me gustaba jugar en la defensa, pero para ser competitivo necesitaba un buen delantero. Los gritos y los pequeños escándalos eran usuales por la emoción de la competición. La última parada, tras ir ascendiendo en la escala social, era el billar y los pinballs. El primero también despertaba las bajas pasiones y me ha regalado momentos de intensa emoción, pero yo tenía debilidad por el flipper. Me había especializado en El corsario y desarrollé tal pericia que era capaz de sacar bolas extras y partidas adicionales después de conocer los entresijos de la máquina. Todo un dineral y tiempo invertidos en la disciplina. Se podía jugar solo, claro está, pero lo más motivante era entretenerse con varios amigos (también había sitio para los desconocidos que se deseasen unirse). Era posible reunir hasta cuatro personas en una partida simultánea y la gracia estaba en prolongar tu turno con bolas adicionales y salvadas increíbles. Si tenías control y un poco de suerte podías estar un buen rato haciendo esperar a los demás mientras sumabas puntos. En otras ocasiones, cuando se producía algún choque raro o una torpeza podías perder en pocos segundos y te verías obligado a esperar un buen rato. La máquina era para nosotros un apéndice festivo al que sabíamos cómo golpear o zarandear para que no nos anulase la bola. Si perdías los papeles el mecanismo se apaga y perdías inmediatamente. Era imprescindible dar lo justo para conseguir ese movimiento mínimo que permitía rescatar la bola perdida.

Veo en este cosmos de la juventud un paralelismo con lo que es la vida. Llegó un momento en el que era yo el que andaba por ahí con mi pitillo en la boca y mis melenas sin hacer caso a los chavales más pequeños. Con respecto a las chicas siempre había alguna que te gustaba y que no te hacía caso, pero ya no resultaba tan preocupante por haber encontrado tu propio público. Había momentos en los que había que decidir qué hacer. Te quedaba una única moneda y podías volver a El corsario y pasar un buen rato, aunque sin demasiadas emociones. Era un camino ya transitado y podías predecir con bastante exactitud cómo iba a ser la jugada. Por otro lado, habías comprobado que el gerente había renovado parte de los arcades y te apetecía probar. Ya no eras bisoño y tenías experiencia en juegos parecidos, pero era probable que perdiese con antelación. Ahora bien, era posible encontrar una nueva fuente de entretenimiento y un reto que te sacase del hastío. En ese punto, y ya con unos pocos años a las espaldas, los recreativos comenzaban a perder magia a pesar de seguir siendo el lugar para el encuentro. La dicotomía era clara: ir a lo seguro y pasar un rato aceptable o asumir un nuevo reto capaz de volver a despertar emociones dormidas. Solo quedaba una moneda y debías decidir.

Ya cercano a los cincuenta no me quedan demasiadas monedas laborales y me encuentro en una situación parecida. ¿Sigo como hasta ahora? He llegado al punto de encontrarme cómodo y haber alcanzado cierto prestigio —restringido a mi entorno, claro está—, pero comienzo a perder la motivación connatural a las nuevas empresas. ¿Echo la moneda en un nuevo ámbito más incierto, aunque ilusionante? La decisión es compleja y cuento con la suerte, gracias al camino ya recorrido, de poder resolver el embrollo con cierta comodidad. En ningún caso se produciría una renuncia absoluta o terrible. Simplemente una reconfiguración y un par de pasos atrás más bien estratégicos. Veo los cinco duros en la palma de mi mano, brillan frente a las dos opciones; ambas buenas y deseables, pero en cierta medida antagónicas. La renuncia al estatus alcanzado y el comienzo de un nuevo recorrido, probablemente el último. No tengo mucho más crédito y la peripecia novedosa exige estudio y preparación. Ahora bien, también supondría, de producirse, una alteración profunda de lo que vengo haciendo los últimos veinte años; algo que entiendo como controlado y en cierta medida superado. Sé que voy a tirar por la novedad. No puedo dejar pasar la oportunidad de emprender un último viaje. Con todo, la duda y el vértigo me obligan a cuestionar mis propias intenciones. Menos mal que cuento con la escritura para estos momentos.


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