Cenizas, por Ricardo HéctorMazzoccone

Estimated read time 8 min read

Ricardo Héctor Mazzoccone, colaborador frecuente de Masticadores, nos trae este cuento de clásico aroma negro, negrísimo, de la mejor especie. Feliciano

fotografía de Feliciano F. González

Cenizas

La ciudad se viste con una lluvia fina y melancólica. Las luces son débiles y en las esquinas el agua remueve olores y olvido.

El detective Hernán M. camina sin apuro, rumbo a la oficina. Al llegar zamarrea la puerta del viejo edificio para abrirla y putea al ver el viejo ascensor que otra vez no funciona.

Sube por la escalera. Entra agitado a su despacho. “Debería dejar de fumar”. Tose y enciende un cigarrillo.

Abre la puerta y el aire está saturado de tabaco agrio. De la radio encendida se escucha un tango triste de Piazzolla, de esos que cortan la respiración con cada nota del bandoneón.

Sobre el escritorio descansa un sobre de papel madera. Sin remitente. Dentro, solo una fotografía en blanco y negro y una dirección escrita: “El callejón de los objetos perdidos, medianoche”.

En la foto, una mujer de mirada gélida sostiene un encendedor de plata. El detective reconoce el rostro de inmediato. Ella es el tipo de error que uno comete una vez y paga el resto de su vida.

Se sirve un trago de whisky, busca algo en la heladera y al encontrar solo ecos, sale para comer lo que sea de camino al “Callejón”. Seguía lloviendo.

Come dos hamburguesas que chorrean grasa y bebe una cerveza. Sigue su camino y llega cuando las campanas de la iglesia dan las doce. El lugar es un túnel de ladrillo a la vista y charcos de agua. Entre las sombras, una figura se despega de la pared mientras se escucha el clic de un arma siendo amartillada.

—Viniste —dice ella. Su voz es un susurro de seda rasgada.

—Pensé que después de aquella trágica noche no querrías volver a verme.

En la penumbra, el diálogo oscurece más la noche.

—Puedo matarte ahora mismo.

—No tenés los ovarios para apretar el gatillo.

De pronto una bala le rozó el parietal izquierdo.

—¿Decías?

—Me pusiste nervioso ¿Qué querés, Sonia?

—Acercate, no te voy a matar todavía.

Mientras Hernán avanza, todo su cuerpo se estremece con el perfume de Sonia y recuerda aquellas noches de sexo bravío. Ella es indomesticable. O lo era.

Están frente a frente.

—Tenés que matar a alguien. Se llama Roque R. Solo eso. Te pagaré bien. Acá tenés todos los datos del hijo de puta. Una vez que lo liquides nos encontramos acá, te doy el dinero y nunca más nos vemos. ¿Tenés alguna pregunta?

—Si, ¿Quién es? Y acordate que lo hago por vos, yo no soy un sicario—dice mientras mira la hoja con los datos. Más al levantar la vista, ella desaparece. No se molesta en buscarla.

Regresa a paso lento a su oficina, cierra con candados, se desviste, se sirve otro whisky, enciende un cigarrillo y se tira en la cama pensando en Sonia. Termina masturbándose y se duerme arrullado por el sonido del agua contra el vidrio.

 

Mientras camina bajo la lluvia, piensa ¿En qué me convertí? No me alcanzó con ser una puta infiel, ahora soy asesina también. ¿Cuándo tomé este camino de mierda? Fui una buena niña, buena estudiante, me recibí de arquitecta, buena mujer, me casé con un tipo bárbaro, lleno de guita, hasta que llega este piojoso que se mete en mi cama, en mi cabeza y en mi puto corazón. Me enamoré de ese hijo de puta que fue capaz de mostrarle unas fotos íntimas a mi marido con un don nadie en una noche de borrachera. ¡Lo hiciste porque quería que fuera tuya y yo jamás lo hubiera hecho, a pesar de amarte! ¿Qué futuro tenía con vos, detective de cuarta? ¡NINGUNO! Lo voy a hacer, como que me llamo Sonia lo voy a hacer…Por él.

 

Al amanecer, lo despertaron los truenos. “¿Hasta cuándo lloverá?”, susurra Hernán.

Enciende la cafetera, se da una ducha rápida y se queda de pie, desnudo frente a la ventana de la cocina. Bebe su café con el primer cigarrillo del día. Lee detalladamente los datos que le dio Sonia y va a su computadora para rastrear a la víctima. Sabe que no era cuestión de dinero, sino por una traición el pedido de muerte. Solo espera un final que pueda soportar. Está cansado.

Se prepara todo el día y cerca de la media noche parte. Llega. La casa está a oscuras y entra por la ventana del jardín trasero.

El lugar está demasiado silencioso. Solo el segundero del reloj de pared avanza con un chasquido metálico que rebota en las estanterías cargadas de libros.

Camina a oscuras con precaución hasta llegar al estudio. La puerta está entreabierta.

Ve la vieja máquina de escribir y hojas en blanco, desparramadas por todo el escritorio.

De pronto, el sonido de una cerradura lo alerta y se esconde en un closet.

Son pasos pesados que van de un lado a otro.

El hombre entra en la sala y enciende la luz de la lámpara. Trae un vaso de whisky y se sienta en el sillón frente a la máquina de escribir. Enciende un habano.

Se queda observando las hojas en blanco de la mesa. Inmóvil.

Luego de un rato se levanta para buscar la botella que estaba en la cocina. Al pasar frente al espejo del pasillo, se detiene. Ve que una de las puertas, estaba cerrada cuando él nunca las cierra del todo. Sigue su camino.

Nervioso, sale de su escondite y encuentra una nota en un papel ajado sobre el teclado. Solo dice  “Hernán”. Lo más extraño que la caligrafía era suya.

—¿Quizás de alguna mala poesía escrita borracho en la madrugada, que le escribí a Sonia…pero…¿Qué hace  aquí?— Luego abre un cajón y halla la fotografía vieja de un niño y un sobre con cenizas. Lo reconoce y entiende todo.

En ese instante, el viento sopla con fuerza y una rama golpea contra el vidrio, como si alguien estuviera llamando a la ventana.

—Allí estás—gritó aquel hombre al entrar en la habitación.

Sin tiempo para nada, todo se iluminó con el fogonazo de un disparo y se escuchó un grito ahogado.

Sonia encendió las luces. Aún salía humo de su arma.

Hernán agoniza, la bala le partió el pecho.

Sonia se acerca. También Roque, temblando y balbuceando.

—No debiste mostrarme esas fotos de Sonia, hijo de puta. Yo sabía lo que era ella pero verla cogiendo con otro, no lo soporté. Solo trajiste muerte con esas fotos.

—Y vos no debiste matar a mi hijo en ese arranque de locura que tuviste. ¡Lo llenaste de balas!

Roque se quedó perplejo.

—Es…es que las sombras…me confundieron—dijo.

—Era mi hijo el que se escondía debajo de la escalera, idiota, no Hernán. De hecho te había prohibido las armas en casa, pero no, tenías una en el cajón donde ahora están las cenizas de Germán.

Dicho esto, Sonia vació el cargador en el cuerpo de su marido. Luego miró a Hernán…

 

La ciudad de Buenos Aires se sumerge en una penumbra húmeda. Se oye el lenguaje del acero del tren y una trompeta que narra la soledad del músico.

Camina hasta el bar de la plaza, allí donde el tiempo se detiene entre el humo y el aserrín.

Se sienta en una mesa del fondo y sin mirar al mozo, pide un café y un whisky doble.

—No es hora de arrepentirse. Ya está. Que los demonios se encarguen de sus cuerpos y de sus almas.

Pagó y salió. “Ahora voy a buscar a mi hijo” le dijo al viento, con una sonrisa triste, desdibujada por la llovizna.

Se hunde en las callecitas empedradas y esquiva los charcos que reflejan las luces débiles de los faroles. Su silueta se pierde en la sombra más profunda de la ciudad, allí donde Buenos Aires guarda sus secretos y nadie vuelve a preguntar por los perdidos.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours

Deja un comentario