El sicario por Ricardo Mazzoccone

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El autor nos comparte una verdadera pieza de género negro. Un cuento con todos los elementos de un buen thriller. Seguimos sembrando de intriga este verano. Feliciano

El sicario, por Ricardo Mazzoccone

—¿Fue fácil?

—Nunca es fácil matar a alguien. Además era muy hermosa y algo salvaje. Luchó hasta que pude hundirle el cuchillo en el cuello y aplastarle la cara. Quiero lo mío.

El hombre de sobretodo negro sacó de uno de los bolsillos un fajo enorme de billetes y el de sobretodo gris lo tomó y lo guardó entre sus ropas.

—Te llamaré para otro trabajo.

—Será el último—dijo y se fue en su auto rojo.

Conducía por la ruta hacia su casa, sumido en el silencio, hasta que encendió un cigarrillo y la radio. Un tema de bossa nova comenzó a sonar…

 

Un día antes…

—Estará en el club Embassy y su nombre es Grace. Es preciosa, por lo que debes seducirla y matarla antes del amanecer. Deja el cuerpo tirado en el callejón de Smith y vendré a verte. Te estamos vigilando. Si lo haces bien, la paga será generosa—dijo y cada uno se fue por su lado.

En horas de la noche, Mauro entró al club y la buscó, algo que no le costó mucho pues su belleza deslumbraba y el desfile de hombres era incesante. Ella estaba sentada en la barra tomando un cóctel, luciendo un vestido corto negro. Sus labios rojos eran una invitación a besarlos hasta la eternidad, sus ojos eran océanos misteriosos, fríos, sus senos, montañas blancas en las cuales reposan la ternura y la belleza y sus piernas abofeteaban a la imaginación.

La observó durante horas. Mientras caminaba hacia ella, su imaginación se adelantó y se vio perdiéndose con ella en una cama, sobre una alfombra o en un oscuro callejón donde los gemidos los gemidos gritaban “somos uno”.

La saludó y se presentó.

—Hola, soy Grace —dijo ella, acercándole la mejilla para besarlo. Su embriagador perfume lo enloqueció. Su cabeza solo podía imaginarla desnuda, tendida en la cama, jadeando del deseo.

—¿Puedo invitarte a una copa y conversar hasta que no pueda más?

La mujer no sonrió, tampoco habló, solo lo miró, se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta, desde donde lo miró. Fue hacia ella y sin decir palabra tomaron un taxi.

No se tocaron, no hablaron, solo se miraron. El coche estaba a punto de estallar por el calor.

El cuarto se transformó en una burbuja ardiente, en la cual una mujer y un hombre satisfarían todos sus sueños y sus más profundos deseos al destrozar la ropa que traían puesta para desatar antojos añejados en sus cuerpos desnudos. Se atacaron con pasión salvaje, liberaron las penas del otro, alejaron sus fantasías más reprimidas, mientras sus besos se perdían en la piel.

Nadie supo cuánto tiempo pasó. Mauro, embriagado de sensaciones, tomó la daga de su padre y se la clavó en el cuello a la mujer, después la tiró al piso y le pisó la cara hasta deformarla…

 

Mauro conducía en silencio por la ruta hasta que al llegar al puente y tomar una nueva ruta, Grace, acostada y tapada en el asiento trasero se levantó y se pasó adelante.

—¿Lo lograremos, Mauro?

—Sí, solo debemos alcanzar la frontera antes de que caiga el sol.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no me mataste? Eres un sicario.

—Sí, pero estoy cansado de tanta muerte. Y hoy cuando te vi supe que no podría matarte. Nadie hizo el amor conmigo como tú. Sentí cosas que nunca había sentido. Crecí en un orfanato hasta llegar a la calle donde me reclutó una banda de malhechores. Con ellos aprendí a mentir, robar y matar. Quiero una vida tranquila con una buena mujer al lado.

La mujer lo abrazó y recostó la cabeza en su hombro.

—La última, ¿Quién era la mujer que tomó mi lugar? ¿Cómo es que apareció? ¿Merecía morir?

—Estando en el bar la llamé y la cité, una vez me traicionó y solo me vengué. Era parecida a ti.

—¿Qué te hizo?

—No quieres saberlo. Ahora me toca a mí, ¿Por qué te quieren muerta?

Grace suspiró, cerró los ojos y comenzó a hablar…

 

Cinco años antes…

 

Estaba en mi mansión, bah, de Jerónimo, un capo de la mafia leyendo una revista cuando entró Juan  desencajado y a los gritos “Señora, su esposo está muerto, lo emboscaron”

—No, no…¿Cómo fue?

—Estaba en una reunión con los del cártel, cuando entró un ejército de encapuchados, armados hasta los dientes. Murieron todos, el jefe, con cuatro nuestros y los cinco del cártel. Fue una entrega.

—Hay que averiguar quién fue. Y me imagino que fue la banda de Goose.

—Bien, habrá que borrarla del mapa entonces. Ahora ve y organiza el velorio.

El funeral de Jerónimo fue multitudinario, llegaron de todas partes del mundo para expresar sus condolencias aunque la realidad es que eran pocos los acongojados, muchos disimulaban su felicidad. Grace, con un vestido negro apretado y tacos aguja que se enterraban en la tierra, llevaba un velo negro que no permitía ver sus expresiones. La caravana de autos colapsó la autopista.

Ya en su hogar, Grace se desvistió, se puso un vestido floreado y le pidió a Juan reuniera a todos.

A las dos horas estaban en el salón principal, los seis sottocapo, el consigliere Juan y Grace.

—Quiero vengar la muerte de mi esposo. Tenemos que idear un plan para acabarlos. PARA SIEMPRE.  Que dejen de existir como dejó de hacerlo mi Jerónimo.

Habló el sottocapo mayor.

—Señora, con todo respeto, no es posible erradicarlos porque…

No terminó de hablar porque una bala le atravesó el pecho.

—¿Alguien más cree que no es posible?—preguntó la mujer.

Todos se miraron y mantuvieron el silencio hasta que el más joven de los sottocapo habló.

—Yo conozco el búnker de la banda de Goose, pero para entrar necesitamos al menos veinte hombres y armas pesadas, de gran calibre.

—Bien, bien, “niño”. Si les doy las armas que piden y la cantidad de hombres, ¿Cuándo lo pueden hacer?

—A la noche siguiente—respondió el joven, mirándolos a todos.

—Ok, Juan, llama al cabo Suárez y pídele las armas, págale lo que pida y ustedes recluten a treinta hombres, ni uno menos. No podemos fallar porque si fallamos estaremos muertos en poco tiempo.

Todos se levantaron para irse menos el “niño”.

—Te quiero en el cuarto, desnudo—le dijo ella mientras se sacaba el vestido para quedar desnuda.

A los dos días, llegaron tres camiones del ejército a la mansión y dejaron en el depósito decenas de armas, municiones y hasta granadas “Van de regalo”, dijo Suárez mientras tomaba el maletín.

Mas tarde, Juan le avisó que tenían a los treinta hombres.

—Esta noche, entonces.

—Esta noche—respondió el niño cuando salía del cuarto

Salieron en siete camionetas hacia el bunker de Goose. Grace se quedó con el niño mientras Juan en la casa monitoreaba todo con los drones. A doscientos metros del búnker se detuvieron, apagaron los motores, las luces y aguardaron. Se produjo una tensa calma.

De pronto desde todas partes se encendieron decenas de luces iluminando todo el perímetro.

Comenzó una balacera a ciegas por parte de los hombres de Grace que comenzaron a morir sin saber desde donde les disparaban. Las bombas de Goose hacían estallar los vehículos. Juan, desesperado, ordenó la retirada.

Grace, que estaba recibiendo placer por parte del niño en uno de los sillones, escuchó los gritos de su consigliere y preguntó que estaba pasando.

—Nos entregaron otra vez, nos estaban esperando.

De pronto Juan corrió y se puso delante de la mujer para recibir el disparo que tenía otro destino.

—¿Por qué?—preguntó ella.

—Tenía siete años cuando la banda de tu esposo entró a la panadería de mi padre para cobrar su “protección”. Papá había gastado todos los ahorros en la operación de mi madre. Lo mataron a sangre fría. Cuando se enteró mi madre, se murió de un infarto. La policía estaba comprada. Desde ese día juré matar a Jerónimo y desintegrar su banda. Solo quedás vos.

Pero cuando le iba a disparar, Juan, desde el piso le disparó al niño en la espalda, cayendo de inmediato.

—¡Huya señora, sálvese!—gritó antes de morir…

 

—Tomé algo de dinero, joyas y me fui de la ciudad en uno de los autos. Crucé todo el país hasta llegar aquí, Mauro. Evidentemente me siguieron, no van a parar hasta matarme.

—No llores por favor, estás conmigo y falta poco para llegar a la frontera.

—¿Cómo haremos para cruzar?

—Abre la guantera y fíjate si algunos de los pasaportes tiene una foto de mujer. Saca el mío.

En la cabina de frontera no tuvieron inconvenientes en pasar.

Siguieron viajando por varios días hasta llegar a Villahermosa en el sur de México.

Allí rentaron un cuarto. Tras días de tensión, compartieron una ducha y se acostaron, exhaustos.

Grace se durmió profundamente. Solo había una pequeña mancha de sangre en las sábanas.

Mauro, mientras conducía su auto por la ruta, hablaba por teléfono.

—Está hecho y ahora sí, es el último, no me llames más.

Richard

 


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