Ahora que tu sinfonía suave de truenos lejanos y breves relámpagos me despierta, comienzo a comprender la infinita diversidad de palabras que tus nubes de tinta albergan y escriben en el ruido de los techos porque al fin y al cabo la lluvia no es más que la forma más bella que tiene el cielo para besar la tierra.
Has llegado otra vez y como tantas otras veces lo hiciste por sorpresa, cuando nadie te esperaba y me obligaste apurado a sacar el lápiz para conversar con los años y los recuerdos, para afinar la mina suplicante y encontrar el texto, para limar el verso como decía Borges en aquel poema.
Llueve dentro del reloj en la cocina, en el desván dónde leímos aquellos libros y escuchamos esos discos que ahora están en el suelo después del cine, llueve dentro de tú boca que es infierno y locura, sexo y tragedia en soledad, llueve en la cama desordenada de aquella habitación donde mirabas desnuda la noche por la ventana en la gran ciudad.
Esa habitación ya no existe pero sigue en la piel, de pie frente al olvido. Llueve en los vidrios cuyas gotas resbalan y limpian la oscuridad mientras la noche se hace blanca y fosforescente cuando entré por primera vez en tu cuerpo sin saber que entraba al infierno y a la lujuria, rompiendo tus miedos y tus dudas, sin saber que me abrazabas con tus nervios de acero, y yo me aferraba a tus mares contruyéndote un castillo de piernas y brazos que te protejan del pasado muerto de ingratas palabras, sin ganas de hablar pero escribiendo, siempre escribiendo, mientras el cielo sigue explotando con furia sobre los techos sembrando la cobardía.
Y la tinta que corre sobre las páginas escribiéndose a sí misma sin saber lo que hay detrás de todo, lo que nos espera antes del abismo. La luna roja del universo de la noche ya me lo había dicho cuando volvía a casa sin historias, saludando a los cadáveres de los fantasmas en las esquinas, robando flores de los jardines desiertos, tratando de entender lo que me gritan viejas fotografías desde las paredes.Y la lluvia mágica con todo su derroche me trae el café y la música, tú sonrisa y la tortura imperdonable de los días sin verte mientras las gotas caen como metralla en las veredas azules del verano y los días que pasan sin conocerte. Y los pasos y el rumor de la gente rumbo al trabajo con sus paraguas de colores que se abren como las flores sin ahogarse, escribiendo tú nombre un millón de veces y las palabras que me cercan y los libros que me recuerdan el ángel que te abraza mientras las puertas y ventanas se golpean solas como una amenaza.
Y vos del otro lado de las cosas girando alrededor del tiempo que pasa, mirándote al espejo, buscando las llaves, quedándote unos segundos en silencio después de leer hasta el hartazgo aquellas cartas que te escribí cuando el mundo era tu casa dentro de tú amor y tú cuerpo se dormía en mi barcaza.
@Jesús María Cello.
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