domingo, septiembre 20 2026

Mujeres en femenino y en plural.- Sueño en traspaso por Maripau González Bodeguero

Esto pasó hace tres años. Coincidimos en un tren. El vestía de azul marino, y yo de gris. Ambos teníamos por delante tres horas de viaje. Sé que antes era frecuente entablar conversaciones en los viajes, pero hoy en día, con los smartphones, y en mi caso, el e-book, se ha convertido en una rareza.

Esa vez tenía también la lectura en mi mano, cuando lentamente me deslicé por sus palabras. Cruzó las piernas, girándose hacia mí.

─Señora, me dijo, ¿puedo explicarle el sueño que he tenido?, siento ser un pesado y le pido disculpas de antemano, pero lo tengo en la garganta, como un huevo que quiere explotar.

Su mirada me conquistó, porque era de una transparencia limpia que apenas se ve en los adultos. Me picó la curiosidad, así que apagué el aparato, a sabiendas de que ese gesto era una declaración de intenciones.

─ Casi que me alegro que me lo proponga, ─ le dije─, ya que yo no sueño, o no recuerdo jamás lo que he soñado, que viene a ser lo mismo.

Sonreímos ambos, y me explicó un sueño. Parecía un lugar con un puente, e imaginé que era el Ponte Vecchio florentino, y con esa imagen recién atrapada recordé Florencia entera. Fue extraño porque a medida que el tipo de azul marino me relataba una persecución por las callejas, que desembocaba en la biblioteca florentina, yo iba teniendo en mi mente la historia entera. A esa mujer que le perseguía vestida de vampiresa la imaginé perfectamente, parecía loca. Noté cómo le tironeaba del brazo y le robaba un talismán de un bolsillo. Revivía su sueño, escuchándole, anhelante por seguir la historia, él narrando y yo escuchando.

Tras reconocer que no sabía qué significaba lo soñado por él, pero agradeciendo que hubiera tenido la generosidad de compartirlo, fui al vagón de la cafetería sin invitarle a que me acompañara. Al regresar a mi asiento el tipo no estaba. Me despertó el sonido de megafonía. Avisaban de la próxima parada, Zaragoza Delicias. Deduje que estaría en el aseo porque, en teoría, ni él ni yo nos apeábamos antes de Atocha, pero, sin sentarse, el sujeto me daba su refresco precipitadamente, me deseaba un feliz viaje y salía corriendo, como quien huye. Yo quería contarle algo, pero quedé con la boca abierta sin emitir sonido alguno. Quería haberle dicho que, habría sido una cabezadita, pero en ese tiempo había soñado exactamente su sueño, salvo que yo era la mujer disfrazada y él llevaba una gabardina larga que ondeaba con la carrera entre las callejas. El tipo jamás regresó al tren. Tomé su refresco naranja, pues estaba por abrir. Ahora sé que ese líquido no tiene nada que ver con el traspaso de sueños, pero justo tras beberlo me entró un pánico atroz. ¿Y si estaba envenenado?, pensé, muy tarde ya.

Desde entonces tomo trenes y visto de azul marino, esperando a alguien con traje gris, que no tenga su mirada, y no sueñe. Esperando que alguien me escuche, porque tengo “un huevo en la garganta a punto de explotar”. Llevo en el bolsillo el talismán, que es una piedra azul cobalto, reluciente, y que cada vez que me deshago de ella, acaba por volver a mí.

Una vez la tiré bien lejos desde la playa, y regresé a mi casa aliviada por no tenerla, pero, tras soñar de nuevo la misma persecución, me desperté con la piedra en la mesita de noche. Eso de soñar siempre lo mismo es agotador. Noche tras noche antes de dormir, con hipnóticos últimamente, recuerdo al tipo de azul marino, me concentro en soñar cualquier cosa, o simplemente no soñar, pero persigo incasablemente a un tipo con gabardina azul marino, le robo una piedra y me despierto una y otra vez agotada de correr.

Mi psiquiatra actual me ha pedido que busque ayuda en algún soñador que sueñe por mí. Pero yo sé que no existen.

@Maripau González Bodeguero

@Imagen Pinterest


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