miércoles, septiembre 2 2026

EL VASO DE AGUA by Anabel García

Debe ser uno de esos días en que el vaso está medio vacío, por lo menos desde cintura para arriba. La respiración es diferente, coges el aire como globos que revolotean a tu alrededor, alargando las manos y agarrando con los puños cerrados los nuevos colores, antes de que se escapen los que se suponía tenías bien sujetos.

El pelo se me seca, y sin la plancha a mano las ondas me dan un aspecto fiero. No está mal, así no parezco desvalida y con los chorretones del rímel por la cara se enfatiza mi gesto de gata, a punto de sacar las uñas o de enroscarme para dormir una eternidad.

Desde dentro del vaso la curva del cristal me hace parecer más gorda, pero soy consciente del engaño, es mucho peor cuando está la otra mitad sumergida, entonces se me hincha la ropa, los papos la imitan hasta que me acuerdo de que no voy que ahogarme, y relajo la cara porque eso ya pasó hace tiempo y sobreviví a aquello.

Los pies mojados, en cambio, son un incordio, las medias actúan como una piel doble, pesan, así que dentro del espacio que hay, pegas botes, saltos que buscan la ingravidez antes de que la gravedad te diga que eres demasiado densa para el agua. «Hagas lo que hagas, estás jodida». Estás condenada a hundirte como los cadáveres que reconocen su fase de avanzada putrefacción y se dejan hacer, se relajan y extienden como un velo que se balancea en su descenso armonioso hasta alcanzar el fondo y descansar en paz.

Cuando se combina esta mitad seca, y la mitad empapada de cintura para abajo, me transforman en la sirena de una película en la que se puede convivir en ambos mundos. Un espectáculo terrible en cuanto lo analizo un poco porque la gente de tierra firme, y la del mar, no terminan de creérselo y tienes que enseñarle tus escamas, tus pulmones de aire volátil, demostrar todo el rato que puedes hacer las dos cosas al tiempo para que te tomen en serio de una puta vez.

Probemos con la otra perspectiva, el vaso medio lleno, ahora mi pelo revolotea como algas en plena meditación. Mis ojos ganan un brillo especial, de nuevo es efecto del cristal, mientras hago gorgoritos y las burbujas son luces de discotecas acuáticas. Pienso en los juegos de natación sincronizada, en los anuncios de pueblos vecinos, «de arriba» y «abajo» que se llevan a matar antes de hermanarse lavando platos y llego a la conclusión de que en mi caso no he tenido que pasar por eso, ni por la oportunidad de compartir.

Tal vez es porque estoy sola en mi tubo de precipitados, y en este espacio reducido es complicado tener otros invitados, aunque sea durante un ratito. Pero de menaje del hogar y lo que se dice vasos, de esos, los he tenido siempre cerca.

Vasos con marcas de pintalabios, otros con bordes rotos, de tanto lavarlos, y que tienen ganas de probar la sangre, vasos translúcidos por el roce del agua y del aire, vasos engañados con alcohol barato o rellenos con uno de esos refrescos de colorantes fluorescentes y taurina concentrada. Vasos medidores para preparar las recetas favoritas sin equivocarme. Vasos con pajitas, y una sombrilla azul para dar vueltas entre los dientes y sentir que estoy de vacaciones.

Pero volvamos con la otra mitad, mi mitad inferior seca, mis piernas, bien flexibles, jóvenes y con unas ganas tremendas de andar, de correr un poco para jadear, cantar sin que se me entienda, por el mero placer de escuchar mi voz hasta que me canso y me tapo la nariz para alcanzar un nuevo récord aguantando la respiración antes de buscar el bordillo con la punta de los dedos, bien estirada, con un pequeño impulso y deseo de alcanzarlo.

Porque en todas estas opciones, medio seca o medio mojada, alternando el uso de los pies descalzos con el de las botas, añadiendo un impermeable o mostrando un desnudo integral, el agua, el aire, el puñetero cristal, que está en medio, me separa lo justo como para no impedir que los demás me estéis mirando, cotillas atentos desde las direcciones más inverosímiles. Hay ratos que esto lo llevo especialmente mal, olvido la parte filosófica de esta vida en continuo balance entre lo positiva y lo negativo, y lo que quiero es gritaros, arrancaros los ojos para que os metáis en vuestros asuntos. Luego recuerdo la teoría de los vasos comunicantes y me hace hasta gracia que se me mire tanto, se analice hasta la saciedad el medio lleno o medio vacío, la actitud aérea frente a la submarina cuando lo más inquietante es lo que tenéis vosotros, la ausencia que debéis de tener los que observan tanto a los demás.

¿No es posible decantarse por uno de los extremos? Estoy aburrida del equilibrio que en realidad no se alcanza. Y con un gesto desmelenado, quiero ser desmesurada, saltar a otro recipiente y tomar las aguas en otro sitio o algo mucho mejor, buscar el estado de estar completamente llena o vacía. ¿Me entendéis? Pedir que alguien abra el grifo y dejar que el agua suba, me rellene hasta desbordarse. No hay que asustarse. Que no, que no me ahogo, que de eso estoy segura, que ya pasó.

O todo lo contrario, expulsar al agua y aprender a vivir en un vaso intacto de aire…Después de achicar la inundación con mis propias manos, salpicar, estrujar la ropa de puntillas al otro lado, para después de estar un rato entretenida descubrir que esto va para largo y que no tengo tanta paciencia. Necesito un método más rápido porque definitivamente ahora toca vaciarse.

Entonces me pongo a beber el agua. Tragos, una borrachera de agua cristalina, del que puedo extraer los dos hidrógenos y el oxígeno necesarios para combinarlos a gusto y probar de una puñetera vez el alcohol de verdad. Pero tengo un límite, y al final todo lo que entra en mí acabará saliendo así que voy a optar por la opción más revolucionaria, la que nunca he probado, los golpecitos al cristal. Tocs. Tocs. Continuos. Toquecitos con el borde de mis uñas. Empiezo con suavidad, midiendo el efecto, el ruido y ritmo en cada toque hasta que la euforia pide puños, golpes con la frente, patadas, gritos que lo enfatizan. Hay que buscar la imperfección, y siempre hay una, y en cuanto la localices insistir en ese punto delicado, como las piedras, diminutas y afiladas, contra las lunas de los coches, de algo casi invisible, de una espina insignificante golpea, golpea, golpea, golpea, golpea, golpea, golpea hasta que crassssss….

Este es el fin del espectáculo, un ruido definitivo, una raja irregular y velocísima de diferentes cristales rotos que tiemblan hasta pararse sobre un charquito de agua.

Por fin quedo fuera. Por fin se ha roto el vaso.


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