sábado, agosto 29 2026

LOS ELEFANTES DEL FIN DEL MUNDO by Esther Bajo

No sé en qué momento el elefante empezó a ser mi animal favorito, pero cuando, en la adolescencia, leí los motivos por los que también lo era del señor Keuner, en las historias de Bertolt Brecht, supe que también eran los mías; entre ellos, por la unión de astucia y fuerza, buen carácter y sociabilidad con los suyos y con especies diferentes, ser rapidísimo a pesar de su enorme tamaño y peso, con orejas adaptables para oir sólo lo que quiere, por su longevidad, una piel gruesa y un corazón tierno, su capacidad para manifestar alegría y tristeza, su amor a los animales pequeños –incluidos los niños-, ser buen trabajador, no ser comestible y que en todas partes se le ame y se le tema, incluso en algunas se le adora.

Si el señor Keuner añadió que “hace algo por el arte: proporciona el marfil”, fue sin duda porque entonces no era un animal en peligro de extinción y quizá no sabía lo importantes que son para los elefantes estos grandes dientes con los que protegen la trompa, levantan y mueven objetos, remueven la corteza de los árboles y cavan agujeros para encontrar agua bajo la tierra. Los colmillos de los elefantes están conectados al cráneo, tienen terminaciones nerviosas y una vez se rompen o arrancan, no vuelven a crecer… y no hay obra de arte, en mi opinión, que merezca causar ese daño a un animal tan formidable y con un papel vital en la naturaleza.

Después, todo cuanto fui aprendiendo de estos animales fue alimentando mi devoción por ellos. Por ejemplo que, siendo tan fuertes, sean exclusivamente herbívoros; que puedan ser diestros o zurdos (por eso suelen tener el colmillo que más usan más pequeño que el otro); que tengan un cerebro enorme que les hace ser muy inteligentes y, por ejemplo, sepan utilizar herramientas y auto-reconocerse; que se organicen en forma de matriarcado y adopten a los elefantitos huérfanos; que busquen la espesura para morir y tengan comportamientos de duelo. Es más, no sólo reconocen la muerte dentro de su familia, sino que muestran interés y pesar por el cadáver de cualquier elefante de otra manada, como si entendieran que forman parte de un mismo pueblo. Incluso dedican al elefante muerto un cierto ritual: le acarician suavemente, apartan la tierra y las ramas que hay a su alrededor y permanecen un rato, silenciosos, a su lado, a modo de despedida.

Brecht mencionaba también que “por donde pasa este animal, deja una amplia huella” y eso que quizá entonces no se sabía hasta qué punto, pues sus pisadas, al llenarse de agua, permiten que se desarrolle un micro-ecosistema, hogar de renacuajos y otros organismos. Y no son éstos los únicos ecosistemas que crean, pues hacen caminos a través de los densos bosques que permiten que otras especies transiten por ellos, y su tracto digestivo hace posible que germinen numerosas especies de árboles. Son motivos por los que los elefantes ayudan a mantener el equilibrio de la biodiversidad y desempeñan un papel clave en los hábitats en los que viven.

No lo entienden así los cazadores de elefantes, que no son pocos y son, además, extremadamente mortales. De hecho, hay un club de los que han cazado más de mil elefantes y, al parecer, lo encabeza un español –un tal Tony Sánchez Ariño- que además de matar a más de cuatro mil elefantes por todo el continente africano, escribió más de treinta libros igualmente letales, defendiendo su caza y alardeando de haber llegado a matar a veinte en poco más de una hora. Ese tipo es -¡sorpresa!- amigo íntimo del rey emérito de España, y ése es otro de los motivos por los que los elefantes me parecen admirables. Hay un vídeo que se hizo viral hace pocos años en los que un grupo de cazadores matan a un elefante y el resto de la manada corre tras el que disparó para mostrarle su ira aunque, menos dados a matar que los humanos, una vez le dieron el susto de su vida, lo dejaron partir. Pues del mismo modo, los elefantes dejaron con vida –una vida a todo lujo, añado- a Juan Carlos, pero consiguieron hacerle pedir perdón públicamente, destronarle y abrir la puerta a que se conozcan muchas de sus otras fechorías.

Pues bien, recientemente se ha descubierto que los elefantes tienen otra cualidad asombrosa: saber esconderse. Un reportaje y un documental –dirigido por Werner Herzog- de National Geographic da cuenta de la presencia de alrededor de un centenar de elefantes que llevan decenios escondidos en un lugar que nada tiene que ver con su hábitat natural, la sabana de Angola, para huir de los seres humanos. Ese país ha sufrido más de cuarenta años de guerra casi continua: primero para independizarse de Portugal (1961-1974) y luego en un conflicto civil terriblemente cruento (1975-2002). Durante esos años, los elefantes, que antes ocupaban vastas extensiones del país, sencillamente desaparecieron por completo. Un grupo de exploradores locales, junto con la Fundación Lisima, ha pasado años haciendo incursiones por el país en busca de algún elefante y colocando cámaras en los lugares más inusuales. En la última expedición, el pasado mes de junio, en tierras de interior conocidas como “Terras do fim mundo”, encontraron sutiles huellas de la presencia de dos manadas, de alrededor de una veintena de animales cada una: “Ambos grupos habían socializado y estaban molestos, pues arrastraban las patas delanteras para demostrar que sabían que los estaban siguiendo”. No pudieron verlos porque “habían destrozado las cámaras sin pasar ante el objetivo”. De hecho, sólo una de las cámaras, en un lugar aún más recóndito, a 1.200 metros de altitud, pudo grabar a una elefanta.

Los estudios genéticos demostraron que se trata de elefantes de sabana que jamás se habían hallado a tanta altitud y que tienen modificaciones genéticas “como si llevasen siglos aislados”. Son elefantes que sobrevivieron a la guerra sin salir jamás de su escondite; elefantes fantasmas que se desplazan al atardecer y durante la noche para evitar a los humanos y, pese a su gran tamaño, lo hacen en completo silencio.

El jefe de la expedición, Steve Boyes, sueña con “convencer a los elefantes de que los humanos han cambiado y vuelven a ser de fiar y luego convencer a las personas de que puedan venir a verlos”. Personalmente, creo que, tal como van las cosas en el mundo, no sólo no debieran volver a dejarse ver sino que muchos humanos tendríamos que hacer lo mismo: ponernos a salvo de los depredadores de nuestra especie.

  Esther Bajo


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