Este poemario nace de una intención poética en proceso de indagación. El libro es eso: una exploración de formas estéticas que buscan la pureza del lenguaje, la sencillez en la construcción de los versos y una ruta de contar lo experiencial desde un prisma conceptual alejado de coloquialismos o lugares expresivos comunes.
Los temas son el tiempo que acompaña la vida, la memoria intimista que huye del sentimentalismo o el patetismo. La voz poética se presenta desde un yo inmerso en lo circundante, que reacciona ante lo observado desde la distancia que le permite abstraer los elementos de lo real para presentarlos con una anchura capaz de abarcar más de lo que a simple lectura se capta: es una poesía para la reflexión, de lectura lenta y pausada.
Son versos en su mayoría de arte mayor, blancos, sin rima, que seccionan los versos en una irregularidad de espacios y efectos rítmicos que contribuyen al contenido y a la propuesta estética de cada poema.
El título Cavidades indica la introspección del poeta en sí mismo para asimilar el mundo y a continuación devolverlo tamizado por su propio ser, provocando reacción anímica que impacte en quien se adentra en los poemas. Se trata de que lo que le dice al lector la poesía no se disuelva sin dejar una herida abierta que hay que entender, que reformular y asimilar. Cavidades es también uno de los poemas, que transcribo ahora:
La vida me llama
por las venas.
Una mina profunda
encharcada
de carbón blanco,
de amor extraído
de las cavidades interiores,
me dice que otro día
en la caravana vagabunda
que empujamos.
En su prólogo la poeta y profesora de la universidad de Granada, Sara Toro, menciona dos cavidades en el poemario: La de la huella de nuestro pasos y la de la naturaleza que se abre paso, que es la vida. Ella advierte también un cierto aire machadiano en la contemplación de la naturaleza, en los pasos despojados. No es casualidad que el libro comience con un homenaje a Antonio Machado con el poema titulado Colliure:
Es insignificante
morirse en los lejanos
sembrados del destierro,
que una silla vieja
te sirva de sustento
y sostenga
tu ataúd;
tal es el gesto adusto
de la miseria sobria,
del poeta
arrojado
en brazos de la ausencia,
de un devenir de bueyes
con la memoria enferma.
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