martes, abril 28 2026

Sant Jordi: EL JARDÍN DE LOS AUSENTES by Marian Ramentol

El jardín de los ausentes es un viaje íntimo hacia lo soterrado, una exploración de la memoria emocional, de los silencios heredados y de la potencia creadora de la palabra. Una novela que habita al lector y lo invita a preguntarse qué puertas de su propia casa siguen sin abrirse…

Formato libre descarga en: https://lanausea.art/2026/02/06/el-jardin-de-los-ausentes

Nota Editorial

Esta novela, bajo el título original «Quién te dio permiso», fue merecedora de accésit y mención especial en el Certamen de Novela Corta Katharsis 2008.

Hoy, La Náusea Ediciones la publica en esta versión corregida y ampliada, bajo el título «El jardín de los ausentes» (2026).

«El jardín de los ausentes» trasciende la reconstrucción familiar, adentrándose en la memoria y trazando una topografía de los vínculos que sostienen y desgarran a sus personajes. En estas páginas, el pasado, con una magnitud imponente, murmura y se encarna en habitaciones detenidas, en objetos que tiemblan y en los ecos de voces que todavía habitan la casa, a pesar de que los cuerpos se hayan marchado.

A través de la mirada de Amira, el relato se adentra en los recovecos de una herencia tanto material como espiritual y emocional. Cada diálogo, cada silencio y cada grieta revelan la persistencia de un linaje atrapado entre el deber y el deseo de huir del peso de lo heredado.

La prosa, lírica y precisa, busca fusionar lo doméstico y lo sagrado, lo íntimo y lo teatral. Su objetivo es transformar la casa familiar en un organismo vivo, donde polvo y luz dialogan con los recuerdos. En ese territorio intermedio que oscila entre la confesión y el exorcismo, la autora medita sobre la identidad, la pérdida y la necesidad de revisar el pasado para progresar.

Esta edición no solo recupera una obra premiada, sino que la reintegra a su respiración original con nuevos capítulos y pasajes que amplían su arquitectura emocional.

«El jardín de los ausentes» es una ceremonia de despedida y una invitación a reconocer que las casas, como las vidas, solo revelan su verdad cuando se atreven a mostrar sus grietas.


Nota de la autora

«El jardín de los ausentes» responde a la urgencia de abrir el símbolo de una casa clausurada, atender a los pasos que persisten en la ausencia y pronunciar los nombres de quienes ya no contestan, pero siguen habitando la memoria.

He querido que la escritura avanzase como una corriente subterránea, paciente y obstinada, excavando los muros de la historia familiar hasta hallar, bajo capas de polvo y objetos dormidos, aquello que todavía late, la persistencia del vínculo.

En este jardín, las raíces se entrelazan y las heridas germinan en la tierra oscura de lo no dicho. Lo cotidiano se convierte en revelación. Una fotografía, una carta, una habitación abandonada, un gesto apenas recordado. Todo lo visible se abre hacia lo invisible.

Los personajes de esta novela, con sus silencios, manías y pequeñas fidelidades, conforman un retrato coral de una época en retroceso, pero también de una herida que pertenece a una generación entera, aquella que creció entre la obediencia y la fractura, entre el mandato de la apariencia y la urgencia de ser.

«El jardín de los ausentes« busca ser una experiencia de descenso, una invitación a entrar en una casa donde el tiempo no se mide por relojes, sino por la duración de los recuerdos. Su lectura invita  a mirar el vacío que sostenemos sin saberlo, porque, en realidad, toda pérdida es también una forma de permanencia.

Las ilustraciones que abren cada capítulo no son simples adornos ni meras ventanas visuales, son huellas del propio espacio que habitan los personajes. Cada rincón, cada sombra y cada trazo pertenecen a la casa y a su historia, esa presencia silenciosa que observa, acoge y retiene las huellas de quienes la transitan.

La casa, en esta obra, es un personaje más. Tiene memoria, lesiones, resquicios y una mirada que atraviesa generaciones. Por eso, las imágenes simbolizan la penumbra de una buhardilla, el eco suspendido de un pasillo, la ternura o el miedo adheridos a una puerta entreabierta.

Han sido creadas mediante inteligencia artificial, pero bajo una dirección íntima, minuciosa y humana: la mía.

Cada ilustración ha sido concebida con cuidado obsesivo para que refleje con exactitud el clima emocional y simbólico. Su trazo a tinta busca la verdad del espacio, esa verdad que no siempre está en lo visible, y su tono nostálgico prolonga el latido de la novela.

Estas imágenes son, en definitiva, fragmentos de la simbología de la casa: retratos de su  modo de guardar y revelar secretos.


Marian Raméntol, (Barcelona, 1966).

Artista multidisciplinar que aborda la poesía, traducción, música, fotografía y cinematografía. Directora de la Plataforma cultural La Náusea. Miembro del grupo musical Orquestracions Dissonants Internes con el que ha editado vídeo-libros y diversos álbumes además de bandas sonoras de cortos y mediometrajes. Ha trabajado con músicos experimentales en múltiples recitales y performances. Ha traducido a poetas contemporáneos al catalán, castellano e italiano. Ha publicado diecinueve poemarios y ha sido incluida en dieciocho antologías, así mismo es autora de una novela corta «El Jardín de los Ausentes» LNEd. 2026.. Ha sido premiada en diversos concursos nacionales e internacionales, y su obra ha sido ampliamente difundida en revistas especializadas donde ha publicado poesía, prosa, ensayo y artículos de opinión. Ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, rumano, armenio, portugués, búlgaro, bosnio, montenegrino y estonio. Su actividad en el ámbito artístico y poético le ha llevado a formar parte de festivales (tanto poéticos como de cinematografía), exposiciones, recitales y diferentes actos patrocinados por ayuntamientos, editoriales y otras entidades culturales. Es autora de varios guiones cinematográficos y también conductora (junto a Cesc Fortuny i Fabré) del podcast de arte y cultura mensual SINTAGMA de la Plataforma Cultural La Náusea.


CAPÍTULO I. UN INTRUSO DE GOZNES OXIDADOS

Llegar a la verja obliga a detenerse. No hay otra forma de cumplir con el ritual.
Cerrar los ojos. Dejar que el aire te atraviese. Jazmines, gardenias, madreselvas, rosas. Todo eso.
El jardín entero te invade como un animal que olfatea. Manuel, con sus manos llenas de tierra, lo ha cuidado bien. Demasiado bien. Cada maceta en su sitio, cada arbusto podado con precisión quirúrgica, las ramas que no se tocan entre sí. Las piedras del camino, alineadas como si alguien midiera cada centímetro. La manguera enrollada perfecta junto al grifo, aún húmeda, como si acabara de terminar su ronda diaria. Todo habla de él. De los más de diez años pasados entre flores y raíces, martillos y tuercas, arreglando lo que nadie más sabe que se puede romper.

A veces el aire duele. Corta por dentro. Los pulmones no obedecen, y justo en medio —ahí donde no hay nombre—se instala un pinchazo que crece.
Abrir los pulmones es una difícil tarea.
El hierro de la verja, frío, se vuelve lo único firme. Te agarras. Esperas a que el vértigo pase.
Y cuando pasa, ya no eres la misma.

El empedrado guía hacia la escalinata. Mármol blanco. Impecable.

Y allí está la casa.

No parece una casa. Parece una disculpa.
Sus grises y sus blancos te miran como si nunca te hubieras ido. Limpia, pulcra, ordenada. Abelina la ha mantenido viva, como siempre. Hasta la barandilla brilla con un cuidado natural. Cada balaustre limpio, sin polvo que delate el paso de días. El borde del porche, barrido con precisión, sin una hoja fuera de lugar. Los escalones pulidos, hasta que la luz se refleja en ellos como si quisieran avisar que alguien los vigila. Los maceteros alineados con rigor, las flores doblando ligeramente sus tallos hacia el sol como agradeciéndole su cuidado. Incluso el felpudo de bienvenida parece haber sido peinado, sin una mota de tierra, sin un hilo fuera de sitio. Todo habla de su meticulosidad y de su amor por la casa, de una rutina que no conoce pausa ni olvido, de alguien que deja huella en cada rincón.

Al menos hasta hoy.

Hoy, la perfección titubea.
Las flores parecen menos erguidas, los arbustos dudan de su poda. Un par de tijeras olvidadas entre los setos. Un guante manchado de tierra sobre la terraza. Una hoja que sobresale del borde de la barandilla, minúscula, casi ridícula, pero suficiente para romper el orden de Abelina.
Todo lo que debería estar en calma, ahora grita ausencia.

Abelina no ha salido a recibirme.
De repente, la casa parece más grande, más vacía, como si alguien hubiera borrado la costumbre de sus manos. Como si la rutina que la sostenía se hubiera fracturado y nada ni nadie pudiera sustituirla.

No, Abelina no ha salido a recibirme.
Solo mi madre, esperándome con esa sonrisa que nunca se sabe si es bienvenida o advertencia.

 

—Hola, mamá. He visto el anexo de Manuel y Abelina cerrado a cal y canto. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están?
—Bienvenida, hija mía. El hermano de Abelina ha sufrido un ictus. Han tenido que marcharse a Alájar. No querían dejar a Victoria, pero no había elección.
—Vaya por Dios… Espero que se quede todo en un susto. Este verano va a ser duro para todos.
—Tu padre está en el salón.
—¿Dónde si no? Voy a saludarlo y luego subo a ver a la abuela.
—Está descansando, hija. Mejor la ves más tarde, ¿te parece?
—Claro, mamá.

A la derecha del descansillo está el salón. La luz del sol entra por las ventanas altas y dibuja franjas doradas sobre el poco suelo de madera gastada que dejan al descubierto las alfombras. El aire huele a densidad, a tiempo detenido. Él está allí, sentado, rígido, esperando.

—Hola, padre. Acabo de llegar.
—Hola, Amira.

—¿Que qué tal el trayecto? Muy bien. ¿los exámenes? Genial. Gracias por preguntar…y tú como siempre en este salón. En perfecto silencio, ¿verdad, papá?
—Hablar puede ser peligroso.
—¿Peligroso?
—El silencio nos mantiene vivos.
—¿Vivos de qué?
—A salvo de perder lo que tenemos.
—¿Qué has perdido tú? Me exasperras, padre, a ver… 1964. ¿Lo recuerdas?
—No sé de qué hablas.
—¡Pero si hace apenas dos años!. Obreros que se organizan en secreto, que desafían la ley, que arriesgan su libertad para que se escuche su voz. Hombres y mujeres que luchan en fábricas, talleres y calles, enfrentándose al miedo y a las conductas impuestas. Gente que grita aunque todo a su alrededor diga que se calle.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
—Todo. Ese grito es nuestro. No puedo quedarme callada mientras otros arriesgan su libertad por la justicia. No puedo aceptar que el miedo o la costumbre decidan qué podemos decir o hacer en esta casa. Cada abuso que toleramos, cada palabra que nos guardamos, fortalece el control, refuerza el miedo, mantiene intacto lo que queremos cambiar. Papá, no es solo política, es nuestra vida, nuestra voz, nuestro derecho a existir fuera del orden. Es hora de dejar de callar.
—Fuera del orden no hay nada, Amira. Por mí que griten cuanto quieran. Yo no pierdo el tiempo en cosas que no me importan.

—Incorregible. No se puede hablar contigo. Me voy a mi habitación.

Dejo el salón atrás.

Subo despacio, los escalones gimen. La casa se siente distinta sin Abelina.

Iba a encerrarme en mi habitación, dejar que el aire del verano me empujara a olvidar la conversación. Pero algo me detiene a mitad del pasillo. No sé si es la quietud suspendida o el polvo bailando con la luz.

Miro hacia arriba. La trampilla de la buhardilla parece observarme.
Cambio de idea.

Siempre he defendido que romper el silencio, cuando éste es habitable, suele ser relativamente fácil. Sin embargo ahora no tengo más remedio que reconocer que no siempre se consigue ensanchar la garganta lo suficiente como para que la luz no te apuñale.

 

Todo se vuelve absurdo, hasta mis propios pasos han perdido su partida de nacimiento.

Voy dejando migas de mi nombre por el camino aunque sé que lo malgasto en cada metro que avanzo y ni siquiera me importa.

Si de verdad hay que seguir viviendo tendré que buscar la forma de inyectarme una realidad que me haga alucinar lo suficiente para seguir recordando quién soy o quién era. O quizá no, puede que no haga falta recordar nada, quizá lo mejor sea olvidar toda la sabiduría que, sentada a las cinco de la tarde en una silla de cáñamo, compartía conmigo los juegos de infancia.

Ahora parecen tan lejanos que también han encanecido en la memoria.

 

Olvidarlo todo y empezar de nuevo. Construirme con ladrillos nuevos, aunque pesen, aunque se caigan. Quizá así el aire deje de doler.  Qué extraño…hace frío. Nada encaja, ni la casa, ni yo.

Subo el último tramo. Puede que en la buhardilla halle refugio.

Recuerdo esa luz grisácea asaltando sin piedad la delgada medialuna de mis pupilas. Intento centrarme en mi propia consciencia y distinguir una serie de manchas azulonas, trazos informes y un fuerte olor que acrecienta mi aturdimiento. Siento los brazos inertes sobre una superficie rugosa con sabor a carcoma. Me cuesta girar la cabeza, la espigo apenas un poco. Sigo intentándolo y me encuentro con un proyectil amenazador apuntándome directamente a la nariz, como si quisiera deshacerse de la ligera presión de mis dedos para practicar esgrima con el aleteo impaciente de las fosas nasales.
Y entre aleteos caigo en la cuenta: mi vieja pluma. Tan vieja como la falda corta a cuadros y los calcetines de lana azul marino, esos que nunca quisieron abrazar otra cosa que no fueran los tobillos. Qué haría yo sin su impertinente y siempre inoportuna pérdida de tinta.

Me costó un mundo incorporarme.

Parece mentira cómo los hombros pueden intercambiar las articulaciones por herrajes oxidados.

Ese tufo tan característico seguía haciéndome compañía. Olía a delantales negros, a balas de heno deshechas, a quienes no les importa la prisa de un reloj. Ahora que los años han asimilado el concepto de “perspectiva”, se sienten generosos y me dejan etiquetar las sensaciones: la buhardilla huele a cuentos, a historietas de abuelos.

Miro mis manos.

Los lunares amoratados vuelven a morder el lateral de mis dedos, señal inequívoca de que la musculatura de mi pobre pluma olvida los pasos de baile y se desliza coja sobre el papel, como siempre.

No será elegante, pero hay en ese trazo grueso y desgarbado una sensualidad que se cuela sin permiso en la zona salvaje del estómago de celuloide. Una vez allí, conspira contra la nuez del lector, detonando explosiones de un color indefinido pero húmedo.

Me gusta provocar desde los márgenes en blanco, paginar el cosquilleo que sube venenoso hasta la boca y esperar a que los ojos segreguen más saliva de la cuenta.

Hay un trozo de papel delante de mí. Lleva un nombre a oscuras bajo la lengua, una caricia negra en mis iniciales. Una nota ejerciendo de verdugo me abofetea la sien sin piedad mientras salgo a buscarme en la memoria de sus aguas.
La desdoblo despacio.
La tinta, corrida, ha dejado heridas en el papel, como si alguien hubiera intentado borrar su propia voz.
Puedo leer apenas unas líneas:

“No toques lo que duerme.
No despiertes la casa.
Si recuerdas, no regreses.”

No está firmada. Ni fechada. Solo esas tres frases suspendidas como un conjuro.
La miro, la vuelvo a doblar, la dejo sobre la mesa.
Parece una despedida. ¿De quien?
De quien me había descubierto un mundo lleno de imposibles. Mi pequeño mundo de bolsillo. Apto solo para los lobos que saben volar sobre un bosque con ruedas.

No está lloviendo.

Apenas un par de gotas se fugan del lagrimal para aumentar mi sensación de naufragio.

Entre nosotras hay un vínculo más viejo que mi memoria. Y ahora, como en un tributo póstumo, me toca pintarle el último retrato: reinventar las pecas de sus manos, alinear con sumo cuidado las arrugas de la frente, cada beso hecho rehén en la retina.

Mi intención es peinar cada desierto cauterizado en la explanada inválida del pecho, abrir los armarios donde juntas lapidábamos las palabras acusadas de sedición y construir un nuevo escenario desde donde adiestrar a los gusanos como cazarrecompensas del volumen de la muerte.

Ese es el mejor regalo que puedo hacerle.

El caserón se está quedando frío y las perspectivas no son halagüeñas.
A menos que decida quedarme.

Tendría que hablar con la familia y decidir, en consensuada comunión, cuál será la mejor manera de proceder con los bienes de los abuelos.
No somos muchos, pero todos querrán la tajada más grande.

Y como siempre, entre sonrisas amables y posturas correctas, se sucederán varias noches de prostitución facial, disfrazadas de entrañables reuniones familiares para la ocasión.

Solo de pensarlo me sale urticaria en la sesera.
Me sé la escena de memoria.
Casi puedo masticar los gestos: todos dignos de un Óscar al mejor actor, interpretando con impecable habilidad el mayor dolor, entre pastelillos de almendra y copitas de vino dulce.

—Amira, baja ya que los tíos se marchan. —
Oigo su voz, aguda y nerviosa, desgarrando la quietud desde el descansillo.

—¡Ya voy! —Uf… mamá— ‹‹Te quiero muchísimo menos cuando tu voz escala dos pisos de golpe…››

Respiro hondo. Sé que debo preparar mis ojos para la guerra: ametralladoras en la mirada, dientes afilados.
No me apetece dar más besos correctos ni escuchar comentarios con sabor a frambuesa.
La última ración fue suficiente para provocarme un agudo ataque de diabetes emocional.

Vale, me doy prisa, sí, sí, sí, pero antes de bajar…, antes de que se me vaya de la cabeza…

«Siempre sospeché que los secretos de una familia se parecen a bisagras oxidadas: chirrían, se resisten y nunca se abren del todo. Por eso, cuando apareció aquel «intruso» en la buhardilla, supe que mi historia debía empezar ahí. No con las palabras de los vivos, sino con el aliento de la madera vieja que aguardaba, obstinada, a ser forzada.

Recuerdo levantarme y bajar despacio por la escalera de caracol —esa que intenta reconciliar mi pequeño universo con el resto de un mundo de conductas estudiadas que, muy a mi pesar, también me pertenece—. Poso la mano en la barandilla y encaro los peldaños. En ese instante salta la alarma en mi inconsciente: algo extraño, todavía indefinido, como una nebulosa en el cerebro, me detiene en seco.

La barandilla me devuelve un rumor frío, como si en su hierro quedaran grabadas todas las manos que antes la rozaron. Y entonces lo comprendo: la casa se estremece conmigo, esperando que yo escuche lo que hasta ahora había callado.

Vuelvo atrás; repito los movimientos. Nada. Lo intento de nuevo, más despacio. Reparo en el espejo oval de marco barroco que me queda enfrente, el que al bajar la escalera sólo se acaricia con la mirada. Inspecciono las imágenes reflejadas en busca de no sé qué; intento captar sensaciones antes que entender lo que mi cerebro computa. Cierro los ojos. Los abro.

Y lo veo.

Un arcón.

Ahora está perfectamente definido en el espejo; estoy segura de no haberlo visto nunca antes. Me doy la vuelta y me acerco al extremo de la buhardilla donde se materializa en todo su volumen y consistencia.

Intento abrirlo y descubro que los goznes están completamente oxidados. Recupero del escritorio el abrecartas del abuelo Ernesto —la primera vez que lo vi pensé que habría servido de palillo de dientes a algún dinosaurio—. Hago palanca con él con ansia, con furia; casi quiero reventarlo. Ya no sé si lo intento para destruir la presencia ultrajante de aquel extraño en un espacio tan privado y familiar, o si lo hago para conocer los secretos que guarda».

—Amira, ¿no bajas? ¡Te estamos esperando!

Aurelia me espera al pie de la escalera, erguida, con esa compostura suya de quien se cree depositaria del orden familiar.

—Ya voy, mamá, ¡un segundo! —‹‹Seguro que Tía Aurelia y Tomás, están ya con un pie en el zaguán y el otro en la calle, enfundados en idénticos tubos de pana, crema para tía Aurelia y azul marino para Tomás››. —Hasta luego tía, cuida de ella Tomi. Vaya, veo que tío Tono ya está en el coche, dadle un beso de mi parte, si?

—No tan deprisa jo-ven-ci-ta. Si no fuera por el respeto que le debemos a mi hermano —se le llena mucho la boca al pronunciar el parentesco, como si tuviera que saborearlo para que no se le atragantara la dignidad.— te mereces un par de tortas que no me importaría darte. Si fueras hija mía otro gallo cantaría.

De cerca, su perfume a agua de colonia huele a domingo y a armario cerrado, a tiempo en conserva.
Sus manos entrelazadas, pero los nudillos tensos, como si se resistieran a la idea misma del descanso. Cada gesto parece siempre un intento de enmendar algo: alisar el delantal, cuadrar un marco, recolocar un cojín que nadie había movido.

No hay gesto en ella que no aspire a corregir el mundo.

La observo desde los últimos peldaños con esa mezcla de irritación y ternura que provocan los muebles heredados: útiles, pesados, imposibles de mover sin despertar fantasmas.
Aurelia levanta la vista y el aire se tensa.

—Pero tía Aurelia… estaba arriba del to…

En su mirada no hay desprecio, sino un miedo ancestral: el miedo a que la libertad se parezca demasiado al desorden.

Recuerdo cuando me obligó a repetir una oración hasta pronunciarla sin dudar. Yo tenía siete años y sólo quería salir al jardín.

—“La fe se ensaya como el piano”, dijo entonces..

Desde ese día supe que nunca tocaríamos la misma melodía.

Ahí empieza nuestra guerra: ella defendiendo el mármol, yo el aire.

Una brisa rancia sale despedida de la boca de Aurelia, tiñe el ambiente y arruga el paisaje. Miro a mi tía y la reto sin lanzar todavía mi munición.

—¡Más de diez minutos!, ¡diez!, ¿qué te parece, niña? —La textura de la palabra niña suena a enfermedad, a oscuro presagio y la dice despacio, separando mucho las sílabas— Siempre haces lo que te da la gana, guapita,  no sé de dónde has sacado esos modales. ¡De mi familia no! ¡por descontado! Lleva razón Merino con eso de que “La tardanza de uno genera una espiral de tiempo perdido en los demás.” y no me gusta perder el tiempo, María —vuelve a separar mucho las sílabas al pronunciarme y entorna los ojos sibilinamente—  ya sabes lo que dice Mahler: “No hay más que una educación, el ejemplo.”

Me preparo, ahora sí, ha llegado el momento de los obuses.

—Y según Evelyn Waugh “La puntualidad es la virtud de los aburridos.”, además tía no se lo tome usted así, por favor. Estaba en el baño de la buhardilla, y le aseguro a usted que no he podido acelerar más mi proceso intestinal, por más control que tengamos sobre nosotros mismos, el esfínter tiene vida propia, usted ya me entiende…ah, y por cierto, nadie me llama María —imito el tono angulado y la postura cursi de Aurelia— procure usted recordarlo, si no es mucho pedir, claro está.

—¡Esto es el colmo! Y no me mires con tanta sorna ¡ni busques la complicidad de tu primo, que no te va a servir de nada. Tomás, espérame en el coche, ¡ahora!. María, esto es inadmisible, si no pones remedio tú que eres su madre, tendré que hablar yo misma con mi hermano, ¡Habráse visto!.

Agarrarme a la cintura de mi madre minimiza el lumbago del que son víctimas mis costillas ante el ataque de risa que invade por completo mis pulmones. Mi madre me acompaña, a su manera, noto el tímido tintineo de su abdomen bailando conmigo, acompasado.

Se van.

Fase superada. Sin intrusos. Mi pluma y yo volvemos al frente, a construir andamios con el crepúsculo y permitir que el horizonte nos muerda de nuevo las rodillas mientras jugamos al escondite por calles de jabón.

Siempre que me interrumpen huesos ajenos, respiro hondo porque sé que toda mirada acaba escrutando lo que observa y nos devuelve la libertad. Así que ahora, en la buhardilla sigo manchándome los dedos de azul.

«Con el abrecartas en la mano haciendo palanca con todas mis fuerzas. Un ruido irregular me hace pensar que las bisagras ceden.

Falsa alarma.

Un cosquilleo agudo corre como cien metros lisos por mi estómago.

¿Por qué me tiembla todo ahora que estoy tan cerca? No es solo la bisagra; es la posibilidad de que algo —o alguien— me mire desde adentro.

Mis manos, ¡mis putas manos!, se convierten en ladrones torpes que no saben robar más que su propio miedo. Hago palanca; la madera gime, un lamento metálico que parece el primer suspiro de la casa. ¿He venido a abrirlo o a escuchar su latencia?

No abre… no cede… se ríe. ¿Y si nunca quiere abrirse? ¿Y si este baúl ha estado aquí desde siempre, esperando a nadie, esperando a alguien que ya no existe?

Recuerdo a la abuela: sus manos arrugadas pasando las hojas como si fueran animales diminutos; la manera en que me enseñó que ciertos nombres son bombas y otros, catálogos de ausencias.

 ¿Qué clase de ausencia se puede empaquetar dentro de un arcón?

¿Y si dentro no hay nada sino el rumor de lo que debería haber sido? ¿Y si abro y me encuentro con la nada perfecta —ese vacío aristocrático que salda cuentas con la dignidad—?

Pero no puedo aceptar la nada.

Vuelvo a intentarlo. El hierro chirría como un animal herido.

Es un grito ahogado, un grito que me pertenece, que me traga. No sé si estoy abriendo un cofre o una garganta. ¿Y si el arcón respira? ¿Y si lo que encierra no soporta la luz?

Aprieto más fuerte. El filo del abrecartas se clava en mi palma con un dolor seco y eléctrico. El dolor es real, eso me salva: me recuerda que sigo aquí, que sigo siendo yo y no el eco de lo que hay dentro.

Pero, ¿qué hay dentro? ¿Qué espera, qué se agita, qué me llama sin voz, qué me reclama como si hubiera estado escrito que debía encontrarlo? ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?

Me arden los ojos, el sudor dibuja mapas efímeros sobre mi piel y se desliza como ríos invisibles con su húmeda prisa. Goteo como lluvia tardía.

¿Y si el vacío me traga? ¿Y si me quedo atrapada en él en vez de abrirlo?


Mi pulso sube. Jadeo y me parezco a una máquina que funciona mal. Quiero gritar: ¡Dadme permiso! Pero el permiso no está ahí fuera; es una palabra que nos enseñaron a pedir y que ahora me repugna. Si espero permisos, moriré esperando. Mejor robo el secreto.

La buhardilla murmulla. El aire se espesa. El espejo me observa de reojo.

No cedas Amira… no cedas… una última vez. Solo una. Si no ahora, ¿cuándo? Si no yo, ¿quién?

Se resiste… se burla. Juega conmigo, con mi hambre, con mi miedo. No puedo más. No puedo menos. Estoy atrapada en esta bisagra como en una condena. ¿Soy yo la que la fuerza o es ella la que me devora, devorando también mi instinto y mis dedos?

El arcón cede apenas un resquicio. Un soplo de aire denso me golpea en la cara, frío y antiguo, con un sabor que no sé si es polvo, tiempo o ceniza.

La oscuridad huele. Huele a encierro, a espera, a siglos apilados. Huele como si me oliera a mí misma desde dentro. No veo, no entiendo, pero siento que algo palpita al otro lado. No es luz, no es sombra, es otra cosa. Un susurro de memoria atrapada entre los tablones. Algo que me mira sin ojos. Algo que me reconoce sin nombre.

Cierro los ojos. Los abro. El mundo da vueltas.

¿Abrir del todo? ¿Cerrar para siempre?


El arcón me atrae como un pozo. La bisagra chirría otra vez.

No puedo más. No quiero más. Pero tampoco puedo parar. No ahora. No nunca. Mientras esta madera siga el vaivén de mi cuerpo, estaré aquí.

Lo abra… o no… ya me ha abierto… a mí.» 

Hay espacios que superan la sombra del aire y con ella se crecen aunque no siempre en el buen sentido… sigo ante mi cuaderno enlutado expectorando siluetas y patrones.


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